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HERRAMIENTAS

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Voces divorciadas en la Iglesia, ante posibles extradicciones.
Por José Luis Zamora
Publicado digitalmente: 20 de mayo de 2005
En el año 1976, ante el inminente golpe de Estado por parte de las FF.AA, que se intuía en casi todos los sectores de la sociedad argentina, la Iglesia no se encontraba ajena o desplazada a los posibles acontecimientos que se cernían amenazadoramente sobre la Nación, por el contrario, poseía pleno conocimiento de ello y optó ante semejante despropósito militar, encapsularse en la política del silencio. Por lo tanto, otorgando y consintiendo, acompañaba a sabiendas sin disimulo su marcado beneplácito al horror planificado.

El último de los cuatro dictadores de turno del llamado Proceso de Reorganización Nacional, testimonió, ante cámaras de la televisión francesa para un documental denominado Escuadrones de La Muerte, entre otras cosas, que el 7 de mayo de 1977, en ocasión de un almuerzo en que tres obispos representando al Episcopado, le expresaron “inquietudes” sobre las desapariciones, torturas, secuestros que se sucedían a lo largo y ancho del país.
Siguiendo el relato de Bignone, dijo, que tras una breve exposición hipotética de él sobre la única manera de arrancarle una confesión a un detenido era con los métodos de torturas empleado por sus subordinados y así salvar vidas, uno de ellos le respondió que la potestad de Bignone llegaba hasta cuando ese detenido hablara con dominio de su mente.
Seguidamente, los prelados se mostraron conformes, retirándose del lugar convencidos y dando a entender que poco menos los embargaba a los tres por igual una sensación de “fortificación” espiritual.

La cobardía y la necedad, ante la figura de poder militar sarcástico y cínico representado en Bignone, al menos a estos tres, ese día los pudo más.

La Conferencia Episcopal Argentina, ante semejante revelación que sin lugar a duda los comprometía lapidariamente, si esa reunión tuvo lugar, como sostenía el dictador, salieron rápidamente al cruce y en tono de aparente indignación alegaron en su defensa que todo era absolutamente falso e inaceptable relacionar a la Iglesia con este tipo de crímenes que siempre fueron condenados con toda “claridad” y “energía”. Pero nada quedó claro. Se arrogaron el proceder de algunas excepciones que, para ser justo, sí existieron.

Curas que se opusieron al régimen adoptando una actitud de vida honrosa, una conducta en que la ética y la honestidad de los sentimientos, en estos casos, sí poseyeron la fuerza espiritual necesaria para el combate.

No se “emparentaron” de ninguna manera con el poder dictatorial, ni se dejaron deslumbrar, por ende, con el precepto militar de siempre: Dios-Patria-Familia.

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Monseñor Miguel Hesayne

Y está probada esta afirmación.
Está como testimonio la carta que monseñor Miguel Hesayne, obispo de Viedma, envió después de haber mantenido una reunión con el ministro del Interior de la dictadura militar, general Harguindeguy.
En ella, con absoluta y contundente claridad le expresa:

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Albano Jorge Arguindeguy

“Regresé de la entrevista angustiado y embargado de un gran temor por el futuro inmediato de nuestro país. Se debe a que no sólo encontré en la conversación mantenida con usted errores, ampliamente comprensibles, sino abierta declaración de principios de acción contrarios a la más elemental moral cristiana. La tortura es inmoral, la emplee quien la emplee. Es violencia y la violencia es antihumana y anticristiana... Ahora, desde la alta oficialidad se reniega prácticamente del Evangelio al ordenar o admitir tortura como medio indispensable en algunos casos... Dios no puede seguir bendiciendo a FF.AA que ultrajan a criaturas suyas, bajo el pretexto que fuere... FF.AA que torturen no saldrán impunes ante el Dios Creador. (...) ¿Puede un obispo no elevar su voz cuando es violado el templo vivo de Dios, sobre todo por quienes se proclaman católicos e hijos de la Iglesia? (...) ¿qué pena merecen los que violan torturando los templos de Dios... templos vivos?” Se preguntaba.

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Padre Carlos Mugica

Denunciaron y muchos pagaron con su vida porque había que silenciarlos.
Como silenciaron al padre Carlos Mugica, líder del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Su muerte fue atribuida al grupo parapolicial denominado Triple “A”, organización dirigida según diversas opiniones por el oscuro ex cabo de la Policía Federal, devenido posteriormente en “valet” del general Perón en su prolongado exilio en Madrid y posteriormente de pronto, en un pase mágico del General, pasó a ser nombrado comisario general y luego secretario de Bienestar Social de la Nación, el susodicho era José López Rega. Esa es una versión del autor intelectual del asesinato del padre Mugica.
La otra, se corresponde con que no sería la Triple “A” quién actuaba bajo las órdenes directas del “brujo” sino que era otro brazo armado fascista, compuesto por miembros de la FF.AA, destinadas como se sabe no sólo a promover intimidaciones, torturas, asesinatos o atentados, también a provocar la confusión con su dudosa y secreta procedencia a la opinión pública, atribuyéndoles acciones de su propia autoría a grupos armados diversos, llámese Montoneros, ERP, etc. que combatían el totalitarismo impuesto con la presencia militar en las calles y más tarde a la dictadura.

Otro de los tantos asesinatos a religiosos que se oponían al poder de la Iglesia y de estados totalitarios fue el del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli.
Una muerte jamás aclarada por la Justicia y con un reconocimiento escueto después de veinticinco años de ocurrido el suceso por la misma Iglesia que hoy se siente ofendida.
Angelelli, fue muerto a golpes después que volcara con su vehículo en la ruta pasando por Punta de los Llanos, el día 4 de agosto de 1976, luego de haber sido intimidado por un vehículo que lo perseguía de cerca en la ruta.

El cardenal Aramburu, se lavó las manos como Poncio Pilatos restando importancia al hecho, ya que según él, no existían pruebas que la muerte del obispo hubiera ocurrido de esa forma.

Manifestación contraria del hecho y sostenido por el cura obrero, Miguel Ramondetti, da prueba de la mentira: “Todos sabían lo que estaba pasando, que no vengan con el cuento. Si hubieran hecho lo que correspondía no hubiera muerto Angelelli y muchos miles más.”
Para agregar: “Creo que al obispo Ponce de León también lo mataron, aunque lo hicieron aparecer como accidente. Estaban en la lucha Hesayne, De Nevares y Novak ¿dónde estaban los demás?”.

Otra de las víctimas, el sacerdote Jorge Oscar Adur, que, en el marco del denominado Plan Cóndor fue desaparecido, es al día de hoy uno más de los que no se ha podido determinar el destino de sus restos.

Ya anteriormente, el 23 de marzo de 1975, un año antes del golpe de Estado, el vicario general del Ejército, Victorio Bonamín, prologaba el porvenir de la República, insinuando perentoriamente que: “¿No querrá Cristo, que algún día las FF.AA estén más allá de su función? Para continuar enfatizando: “El Ejército está expiando la impureza de nuestro país.
Los militares han sido purificados en el Jordán de la sangre para ponerse al frente de todo el país.”

La “impureza” a la que se refería, bien hacía recordar al discurso nazi sobre la “impureza de las razas” y su afán por conseguir el logro demencial de la pureza aria.
Y en cuanto al trazo dado en la purificación en el Jordán, no sólo demostró la cara de su propio mesianismo, sino que daba a conocer el mesianismo militar que siempre los caracterizó y la ilimitada ambición de poder que demandaban y querían instalar en la práctica.

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Monseñor Justo Laguna

Y como no se equivocó al respecto, y todo llega cuando se dispone de un desprecio inusitado, como en esa época por la vida con la ayuda de las armas que le fueran legadas por el pueblo, el día anunciado, un 24 de marzo de 1976, “los militares purificados” por la Iglesia en el Jordán de la sangre, se revolvían en ella enloquecidos ante el espectáculo que les daba sus pulcros uniformes esta vez manchados con sangre del pueblo.
Manchas atroces que ningún tintorero eclesiástico pudo limpiar, ni mucho menos hacer olvidar, como pretendió el obispo de Morón monseñor Justo Laguna, quien en una clara referencia a la apertura de investigaciones judiciales sobre las violaciones a los derechos humanos producidos en la ESMA y el Primer Cuerpo de Ejército, declaraba en su paso por Alemania que “no tiene demasiado sentido revolver en el pasado, sin una clara idea de lo que se busca”.
Al monseñor no le quedaba claro que los crímenes de lesa humanidad no prescriben en el tiempo y que lo que se buscaría es justamente que los genocidas no sigan enrostrando ante la cara de cualquiera la manifiesta impunidad de la que gozan.

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Emilio Eduardo Massera

Volviendo a la época, cabe destacar, que la Iglesia representada en parte por el nuncio apostólico Pío Laghi, íntimo amigo del almirante Emilio Massera y ocasional compañero en la práctica de su deporte favorito, cada quince días, el tenis, trascendió, manejaba calladamente entre las sombras del poder que le otorgaba la Iglesia, datos o informaciones necesarias como para saber incuestionablemente, treinta días antes, que el golpe era inminente.

Consideraba que “hay una coincidencia muy singular y alentadora entre lo que dice el general Videla de ganar la paz y el deseo del Santo Padre para que la Argentina viva y gane la paz”.
En una palabra, otra manifestación del acuerdo que sostenían con el accionar de la Junta Militar. Cuando Madres y Abuelas de Plaza de Mayo comenzaron su largo calvario y peregrinaje buscando sus familiares desaparecidos, solicitaron entre otras puertas de posible salvación a este prelado.
A pesar de que sólo un ciego no podía ver tanta angustia y desesperación, con gesto lacónico y por demás brutal respondía que “si habían pagado veinte mil pesos por sus nietos, ellos estaban bien”.

Más aún, sumado a este pequeño muestreo no se queda tampoco atrás el Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina explayándose a gusto el mismísimo día del golpe militar, arengando a los propios militares y fieles: “Si bien la Iglesia tiene una misión específica, hay circunstancias en las cuales no puede dejar de participar así cuando se trata de problemas que hacen al orden del Estado.” Más claro...

Pero, hay más todavía. El arzobispo de Bs. As, cardenal Juan Carlos Aramburu, no contradijo, ni se opuso tampoco: “hay que defenderse tanto contra la violencia de los enemigos del orden y del país, como de la impaciencia y presión de otras fuerzas o factores de influencia.”
A tanto comportamiento ideológico inquisidor de la Iglesia y ante tantos insoslayables ejemplos, ¿Existió por esos días un arrepentimiento sincero, un mea culpa, una reparación espiritual de la Iglesia del presente a tantas “equivocaciones?
No.

Veamos.
Para no explayar demasiado la actitud tomada en años de “democracia” posteriores, hay dos registros en las que a las claras se puede apreciar una especie de ensayos o algo así como unos escuetos y ambiguos descargos que, en 1996, defendieron la tan mentada “teoría de los dos demonios” al igual que cuatro años después en el que en otro documento se hizo referencia a una supuesta confesión de los “pecados” cometidos en contra los derechos humanos por ciertos integrantes del clero.

Sólo, como se puede apreciar, que con algún cambio de posición en actitud muy relativa, si se quiere, de ninguna manera asumiendo la “absoluta” responsabilidad que les supo caber.

Luego, frente a las posibles extradiciones a España de sus antiguos y amparados 46 “corderos de Dios”, asumieron una actitud de preocupación y alarma que los escandalizaba.

El arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Agüer, opinó enfáticamente que “los reclamos de justicia que se oyen en nuestra sociedad suenan más bien a clamores de venganza”.
En aras de una dificultad para la solución de la crisis social que se vive en el país actualmente y que dificultaría, según su parecer, una posible reconciliación, el tema judicial cerrado erróneamente o no, nos sigue encadenando al pasado, por lo tanto, hay que darlo por concluido.
Como vemos opinaba igual a monseñor Justo Laguna.
Para los dos la solución debía ser abrupta, terminante.
Borrón y cuenta nueva; un adiós a la memoria; un monumento de bronce a la impunidad de ser necesario, y ni atreverse a hablar de los desaparecidos, porque, como dijo el dictador Videla, despojando toda su miseria humana y su enardecido odio en una única frase por demás siniestra, y que la Iglesia, a rajatabla, continuó respetando en una actitud manifiesta de pretender lapidar el pasado: “Ni muertos, ni vivos, desaparecidos.”

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