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HERRAMIENTAS

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Juicio a la Dictadura
De cuando se esfumó la oportunidad de justicia.
Por José Luis Zamora
Publicado digitalmente: 16 de mayo de 2005
El lunes 9 de diciembre de 1985, en medio de una gran repercusión y expectativa a escala mundial y, después de siete meses y medio de acusaciones apoyadas en cientos de declaraciones de víctimas de la represión ilegal, infrahumana, que se había implementado bajo las órdenes directas de la junta militar que usurpó el poder político, civil y judicial de la Nación el aciago 24 de marzo de 1976, se dictó la sentencia final en el juicio a los comandantes que la habían integrado hasta fines de 1983. Haciendo referencia a una pequeña parte de la acusación de los fiscales Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo, se puede apreciar hoy día como entonces en esas palabras, el preludio de un futuro incierto:
“Esta es nuestra oportunidad y quizás sea la última.”
También finalizaban diciendo: “Señores jueces, quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: Nunca Más”.
Era, tal vez, el punto central del manifiesto de deseo de los fiscales para una incipiente y continua seguridad de justicia para los tiempos que corrían y el más importante como advertencia hacia una sociedad que quería comenzar a vivir algo distinto; la tan anhelada convivencia en estado de derecho, con pleno respeto de sus gobernantes a una promisoria vigencia de la Constitución Nacional, como “estandarte y camino” a un paulatino progreso como Nación.

Resurgimiento anunciado.

Se pensaba que con el juicio a los comandantes de la dictadura y también con los futuros juicios que se preveían iban a sucederse para con los cientos de secuestradores y torturadores que habían acatado las órdenes superiores para provocar en los centros clandestinos de detención y comisarías las aberraciones más inimaginables para la mente humana, y sin dejar de lado hacer un férreo e irrenunciable ejercicio de la memoria, se lograría tal fin.
La expectativa estaba echada como cartas que poco a poco debían ir dándose vuelta para enrostrarnos la realidad del juego político que estaba agazapado, escondido en la cobardía y que se fue convirtiendo en un terrible rostro de realidades que depositó sobre las instituciones un descreimiento por el acentuado rasgo político de impunidad manifiesta que, a lo largo de dos décadas no se logró contrarrestar, ni tan luego, por supuesto, reparar.

La “Oportunidad” y el “Nunca Más” cayeron en un vacío jurídico vergonzoso, provocado en principio por el dictado de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, impulsadas por el gobierno del Dr. Raúl Alfonsín,y acompañadas por un espantoso criterio en la formulación de la teoría de los dos demonios, ampliamente difundida sin descanso y más tarde por los decretos de indulto firmados en gobierno del Dr. Carlos Saúl Menem, y al decreto 111/98 en el cual se disponía no prestar colaboración a pedidos de información venidos desde el extranjero.

El tercer gobierno constitucional consecutivo, luego de la salvaje dictadura militar, el del Dr. Fernando De la Rúa, también se encargó de continuar amparando y desapareciendo el pasado.
En diciembre de 2001, bajo la figura del principio de territorialidad dictada en el decreto1581, rechazaba de plano cualquier exhorto de pedido de extradición para el juzgamiento en otros países por hechos ocurridos en el territorio nacional o lugares sometidos a la jurisdicción nacional.

Para los gobiernos aludidos, de manera constante, igualmente y a pesar de todos esos “esfuerzos”, se les presentó el fantasma del pasado en el reclamo obstinado de justicia universal invocado principalmente por España, Francia, Alemania etc, con pedidos internacionales de captura para los represores.

De manera que, en el gobierno del Dr. Néstor Kichner, los sucesivos errores de “políticas” de Estado anteriormente aludidos, no podían dejarlo al margen, ni ayudarlo a resolverlos, por el contrario.
Se volvieron a despertar las conciencias entumecidas como un sueño aletargado en el corazón de la sociedad argentina, las sombras nunca resueltas, provocaron diferentes reacciones a modo de resurgimiento anunciado en el pedido y la figura del juez español Baltasar Garzón, por la extradición de 46 represores, para ser juzgados por crímenes de lesa humanidad, declarados éstos, con excelso criterio de justicia universal de imprescriptibles.

Viejos conocidos, viejas costumbres.

El mes de junio de 2003, se caracterizó por hechos en la que se los vio involucrados a “viejos conocidos militares” de la “vieja familia castrense” de la dictadura pasada.

Así es que, por ejemplo, volvió a sus andadas, Luciano Benjamín Menéndez, ex comandante del Tercer Cuerpo de Ejército.
Dicho genocida, el 21 de agosto de 1984 en oportunidad de haber participado en el programa de otro conocido golpista Bernardo Neustadt, en “Tiempo Nuevo”, a la salida del canal, emprendió - aferrado a un facón que extrajo debajo de sus ropas - contra un grupo de manifestantes que repudiaban su presencia.
Esta vez no ocurriría en Buenos Aires sino en Córdoba y no extrajo un facón sino una sevillana, como para no perder su “trabajosa” fama de represor que supo cultivar en los años más oscuros de la historia argentina.

Ante actos de cobardías como éstos, son “demasiado leves”, siempre, las reacciones que provocaron, sólo, una andanada de insultos y huevazos hacia su persona de parte de quienes lo escrachaban en esa oportunidad.

Hay que recordar que la “bestia” caminaba libremente por las calles desde 1989 al ser beneficiado por un indulto presidencial, cuando debía estar, como mínimo, pudriéndose en una cárcel común luego que se comprobara ser responsable de desapariciones, torturas y apropiaciones de bebés.

Otro “viejo conocido” represor, Guillermo “pajarito” Suárez Mason, ex jefe durante la dictadura del cuerpo I de Ejército, saltó a la palestra al ser condenado a tres años y medio de prisión por haber hecho comentarios discriminatorios y apología del delito en la revista “Noticias” publicada el 05 de octubre de 1996.

Como no es de extrañarse mostró, una vez más, su perfil antisemita y de torturador al declarar que “la tortura en época de la dictadura debería haberse legalizado como actualmente lo hacen los judíos en Israel”.
Y refiriéndose a la comunidad judía expresó que “les tenía prevención”.
Suárez Mason, en 1990, fue otro de los indultados por el ex presidente Menem.
Había sido extraditado de Estados Unidos y condenado por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

A la galería de ex represores en ese mes, se le sumó la extradición desde México a España de otro “viejo conocido” torturador, también de la época de la dictadura, el ex marino Ricardo Cavallo, requerido por el juez español Baltasar Garzón, a quien acusa de genocida y terrorista. Acompañaba, en Madrid, a otro compañero de andanzas, el “arrepentido” Adolfo Scilingo.

Sérpico” procesado por 227 desapariciones, 100 torturas y 110 secuestros de los cuales 14 fueron realizadas a mujeres embarazadas con el consiguiente posterior robo de sus bebés nacidos en cautiverio, dejó aflorar desde su negro interior una vieja costumbre, querer matar al mensajero, quejándose ante las autoridades aztecas, antes de su traslado, que la culpa de su “mala imagen” la tenía el periodismo, del cual solicitaba protección hacia su persona.

Mientras en España el Juez Baltasar Garzón estaba decidido a implantar la justicia que en nuestro país se había visto denegada debido a las leyes de obediencia debida y punto final más varios decretos de indultos presidenciales, en la ignota provincia del Chaco, el juez federal de Resistencia, Carlos Skidelsky y a raíz de la Masacre de Margarita Belén, ocurrida en 1976, donde fueron ejecutados 22 presos políticos, decidió emular a su par español y ordenó la detención de diez militares retirados, de los cuales tres coroneles permanecían en actividad.

Viejas costumbres comenzaron, entonces, a sonar en las filas castrenses,como la de mostrar “preocupación” por temas del pasado considerados ya “desaparecidos” de la escena en la justicia argentina.

Tranquilos y subordinados.

Mientras el ex jefe de Ejército en épocas de Menem, general. Balza, en Chile, hacía mención que en la Argentina las heridas producidas por los militares de la dictadura de Videla y sus devotos secuaces, con aberrantes violaciones a los derechos humanos, no habían cicatrizado; una semana atrás a esta declaración, Horacio Verbitsky, en calidad de presidente del Cels, se reunía con el ministro de Defensa, José Pampurro.

Por lo poco que se dejó trascender, dicha reunión había sido impulsada por Verbitsky en un intento de, entre otros argumentos, marcar una raya entre los represores genocidas del pasado y las actuales Fuerzas Armadas.
Otra señal puesta sobre el tapete, habría sido, sostener una política clara y seria y por último que, según sus cálculos, nueve de cada diez militares en actividad no tuvieron participación en el pasado.

Por lo tanto para el Sr Verbitsky las heridas habían cicatrizado. ¿O no?

Entonces, ¿Con quién nos poníamos de acuerdo, con Balza, el arrepentido o con Verbitsky, el preocupado?

Parece ser que este último, prestigioso y reconocido periodista por otra parte, no había tenido en cuenta,que mientras uno sólo de los carniceros del pasado estuviera presente en alguna fuerza de seguridad del Estado, y que, además, no se cumpliera con el deber moral insoslayable de encarcelar como se debe a todos ellos, no era clara, ni seria la política de marcar una raya entre estos asesinos y los demás.
Para que ello ocurriera deberían estar absolutamente todos fuera de la institución castrense, única manera y medida justa de poder satisfacer el resguardo de ética y honor que se quería teorizar compulsivamente y que parecía ser el desvelo de Verbitsky.

Los tiempos para muchos, cambian, y las ideas, también.

Esta democracia instaurada a partir de 1983, atada con piolines de la más baja calidad que se pueda encontrar, a permitido que viéramos andar libremente a millares de represores por las calles, sin tener, la mayoría de los ciudadanos, la oportunidad de conocer sus rostros, (y no hablo de los jerarcas, porque esos, sí son tristemente célebres conocidos) porque el mismo sistema de justicia que los amparaba con sus leyes de impunidad, también se ocupaba, solícitamente, de ocultar sus identidades para que no sean reconocidos y por supuesto denostados por el pueblo.
Y así permanecen enquistados entre nosotros como vecinos comunes y hasta de modales muy correctos.

Tal vez por eso, el militar estrella del flamante gobierno del Dr. “K” el general Bendini, se explayaba en Tucumán aclarando que las Fuerzas Armadas estaban “tranquilas y subordinadas” al poder político, se atrevió a añadir,tal como ocurría desde 1983. ¿Seguro?

Mala memoria la del general o vieja práctica del cinismo castrense, no sé, porque no se puede, ni se debe pasar por alto, justamente ellos, que la ley de obediencia debida, la 23521, fue la frutilla del postre, en junio de 1987, que le solicitara el carapintada Rico a Alfonsín, con la sublevación denominada de Semana Santa, no conforme la familia cristiana castrense, con la anterior ley de Punto final, la 23492, del 23 de diciembre de 1986.

Justamente y como se puede apreciar, todo, después de 1983.

Hay más. Alfonsín, en una carta dirigida a sus diputados y senadores correligionarios, les aclaraba algo que por supuesto ya ellos conocían de memoria - algunos, porque habían sido testigos directos y cómplices con su silencio - que dichas leyes las impulsó convencido de que en su momento eran válidas e indispensables para proteger los derechos humanos para el futuro. Aquí, cinismo civil.

¿Proteger con estas maliciosas leyes los derechos de quién?

Agregaba, que fue realizado en el ejercicio de su voluntad.
Y tenía absoluta razón, aunque no lo aclaraba: voluntad de proteger a los genocidas, por cobardía, claro.

En suma, las leyes a lo largo del camino recorrido también supieron develar al general Brinzoni, ahora, como soñó alguna vez Verbitsky, con pantuflas en su casa, cuando gestionó ante la Corte de Nazareno la salida de un fallo por la constitucionalidad de las mismas, algo que también contradicía la tranquilidad y subordinación que decían observar los uniformados de siempre al poder político desde 1983.

Tal como se ve no era tan así la cosa.
Bastaría con oír que nos decía también el jefe de la Armada, “otro flamante” contralmirante Jorge Godoy.
Que tuvo que disponer una vergonzosa sanción de seis días de arresto (por la cantidad, no por la sanción) para once marinos retirados y pertenecientes a AUNAR, por difundir una solicitada en La Nación en la cual reaccionaban con una expresa negativa u oposición a que el gobierno nacional allanara el sendero a la Justicia para que determine el pedido de extradición efectuado por el juez español Baltasar Garzón por el juicio pendiente a 46 ex compañeritos.
Más. ¿De cuál subordinación se nos hablaba cuando los represores del pasado, como los que tuvieron participación activa en la denominada Masacre de Margarita Belén, se negaban a declarar ante el juez federal Carlos Sicidelsky?

Respecto a este tema y con absoluto desparpajo e impunidad que le otorgaba el poder en su momento, el ahora jubilado Brinzoni, supo declarar al diario Norte del Chaco, en mayo de 2001, que se había tratado de una operación militar para eliminar delincuentes terroristas.

¿O será todo lo contrario a lo que el gral. Bendini insinuaba y nos quería vender? Palabras, nada más.

Porque, además, por ejemplo Suárez Mason en el último juicio en el que fue condenado por encontrárselo culpable de los valores que sí supo defender toda su vida y que fueron nada menos que los de racista, xenófogo y nazi, no mostró en ningún momento arrepentimiento alguno, todo lo contrario, se puede decir que se ufanó de ello.

Otro ejemplo claro lo dio Luciano Benjamín Menéndez, que no tenía ningún empacho en seguir amenazando con dagas o sevillanas a quien se atreviera a reconocerlo y hacerle saber su repudio.

La soberbia los podía y el instinto asesino, también. Como se ve, no parecía entonces muy tranquilo Benjamín Menéndez.

Mientras tanto, en el cementerio de San Vicente en Córdoba, se encontraba una fosa común con 94 personas asesinadas y todo indicaba que se trataba de unas trescientas personas desaparecidas de la época en que éste cuchillero comandaba el Tercer Cuerpo de Ejército.

¿Sería por eso que Benjamín Menéndez no encontraba la tranquilidad que Bendini pregonaba?

Insisto. ¿A qué ignota subordinación y tranquilidad se refería el general Bendini, entonces?

Tampoco en Madrid, para el torturador Ricardo Miguel Cavallo, la tranquilidad era una virtud a destacar.>br> Se encontraba deprimido, según los cables, y con gastritis.
Esto no es lo produce la tranquilidad justamente.>br> Y como vivía al parecer todavía en el pasado, trató con una torpe maniobra, involucrar al gobierno nacional solicitando “instrucciones” respecto del “procedimiento” al que debía subordinarse como ex militar ante la Justicia española.>br> En una palabra reclamaba a viva voz: obediencia debida.

Ley que intranquilizaba con su posible inconstitucionalidad a los viejos y nuevos militares y que Bendini en ningún momento quiso reconocer.

Decisiones no tan rápidas.

A raíz del pedido de detención internacional y extradición de 46 ex represores militares, (la página más negra en la historia argentina, que resultó ser la que tuvo como hacedores e ideólogos a integrantes de la Fuerzas Armadas) acusados por la Justicia española a pedido de abogados querellantes ante el juez Baltasar Garzón, para muchos era la continuación irrenunciable del ejercicio de la memoria llevado de la mano por un pedido de justicia, universal en este caso, que hasta hoy se encontraba encadenado al amparo que supieron darle y por ende consintiendo el accionar de genocidas los sucesivos gobiernos llamados livianamente democráticos, sólo, en la práctica porque desempolvaron las urnas, de todo lo demás que este acto implica, como compromiso social, fue olvidado.

Las urnas fueron maquilladas con decisiones políticas vergonzantes y en consecuencia todos contentos.

Los unos y los “otros”, ya habían actuado dejando el camino marcado y allanado.
El olvido, según la concepción del momento, haría el resto.
Se equivocaron, y mal, por suerte.

Estos genocidas a los que pesaba sobre sus cabezas, finalmente un pedido de detención internacional incondicional, se encontraban acorralados.
El gobierno nacional también.
No sólo por la opinión pública local; la internacional fue decisiva, principalmente en el momento justo en que el Dr. Kirchner depositó sus pies en tierra francesa y española.
Se le solicitó en dos palabras: actitud política.
Comprendieron el Dr. Kirchner y su embajador Bielsa que, a pesar del tiempo transcurrido, familiares de desaparecidos, torturados exiliados que pueden dar testimonio de aquel horror sufrido durante la dictadura, no estaban ya más solos en sus reclamos, la comunidad internacional se hacía eco de sus voces.

Se sabe que en nuestro país a raíz de las perversas leyes y decretos creados, más la suma de una campaña orquestada desde las entrañas de un Sábato y Tróccoli en la teoría de “los dos demonios” se posibilitó instrumentar que estos genocidas no pagaran con el castigo legal en un proceso y enjuiciamiento severo y ejemplar.
Se especuló maliciosamente con un eterno aplazamiento de parte de la Corte Suprema de Justicia en la expedición de la inconstitucionalidad de las leyes de punto final y obediencia debida.

El juez Canicoba Corral abogaba para que los militares sean juzgados en la Argentina.
Así lo expresó.
Agregó, que en su momento valorará conceder arrestos domiciliarios u otro tipo de detención.
Ahora bien, si toda esta dilatación en los juicios de valores del señor juez, si toda esta caterva de palabras desarrolladas sin sonrojarse, en el fondo no implicaba un nuevo amparo futuro en estudio para sus ahora “obligadas” detenciones, ¿De qué estaba hablando? ¿ Principio de territorialidad? ¿Una mera división de conceptos entre patria y justicia universal? ¿Patria, es solamente el suelo en el que nacimos y habitamos?

La justicia para delitos de lesa humanidad, imprescriptibles por otra parte, ¿No es que unifican y fortalecen a las naciones en su conjunto para que “nunca más” vuelvan a ocurrir hechos de esta naturaleza?
Para el señor juez, patria y justicia universal van por separado.

¿Ésa era la gran excusa por esos momentos? ¿ Nuevo oportunismo solapado?

Los militares decían (dicen): Dios, Patria y Familia.
Y, justamente por estos pagos, a la “gran familia castrense” parece que únicamente les importa y esperan es la justicia divina cuando se mueran, la patria no quiso, no pudo con la impunidad manifiesta de la que todavía gozan y, las familias destrozadas por ellos, todavía, después de más de un cuarto de siglo siguen peregrinando por los oscuros y laberínticos pasillos de la justicia de la patria tan renombrada.

En vano.

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