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HERRAMIENTAS

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A 40 años de la ocupación total de Palestina
Por Dr. Farid F. Suwwan
Publicado digitalmente: 19 de julio de 2007
En junio se cumplieron 40 años de la ocupación de toda Palestina por el ejército de Israel, llevada a cabo en junio de 1967.

En 1947, de acuerdo con la Resolución de partición, número 181 de la ONU, Palestina era dividida en dos estados, uno judío, con el 53% de la tierra palestina, y otro árabe palestino, con el 47% restante. Entre 1947 y 1948, antes mismo de declararse como estado independiente, Israel ya había ocupado una gran parte de lo que sería el estado palestino, resultando que el Estado de Israel se declaró como tal comprendiendo el 78% de Palestina. A los palestinos les quedaba sólo el 22%, Gaza y Cisjordania. Para entonces, Israel ya había expulsado a 750.000 palestinos, tanto de la tierra que le había sido adjudicada en la partición, como de la tierra que había ocupado en la expansión de sus fronteras hasta el 78% de Palestina. A esto los sionistas de aquella época lo llamaron “limpieza de la tierra de Israel”. Nada más exacto, pues esos 750.000 palestinos expulsados representaban entonces 2/3 de la población no judía, de Palestina.

En 1967, con la derrota árabe en la guerra de junio, o de los seis días, Israel ocupaba Gaza y Cisjordania, o sea, completaba la dominación de toda Palestina, tal y como el programa sionista había preconizado.

De 1967 hasta 1993, fecha de los Acuerdos de Oslo, esta ocupación se mantuvo. No era una ocupación militar, simplemente. En primer lugar, Israel procedió a la “colonización” o asentamiento de su población civil, protegida por el ejército, de los territorios palestinos tomados en el 67. Esto significó el robo de tierras, la destrucción de casas, barrios, villas y ciudades, la tomada de puntos de agua y la destrucción de los medios de vida del pueblo ocupado. Se trata de ocupación, depredación y persecución del pueblo ocupado. En estos 40 años, Israel no construyó escuelas, hospitales, redes de captación de aguas o de alcantarillado para los palestinos en territorio ocupado. Al contrario, todo ello fue magníficamente planeado y construido para los colonos israelíes que se asentaban en Gaza y Cisjordania, al mismo tiempo en que la infraestructura palestina era destruida.

Basta comparar los ingresos per cápita de las distintas poblaciones: 22.000 dólares /año para cada israelí, contra 1.000 dólares/año para cada palestino en los territorios ocupados.

Las Convenciones de Ginebra para pueblos y territorios ocupados en tiempo de guerra estipulan que la potencia ocupante no puede anexarse ninguna parte de los territorios que ocupa, no puede modificar geográfica o demográficamente estos territorios, no puede asentar a su población civil en estos territorios, no puede destruir su infraestructura, se compromete a cubrir el costo social, sanitario y económico de la ocupación y tiene que respetar la cultura y la organización social del pueblo ocupado. Nada de esto fue aplicado a los territorios ni al pueblo palestino, por que no se trataba, en efecto, de una ocupación transitoria a ser resuelta en negociaciones de paz, sino de una expansión territorial y demográfica del Estado de Israel, la segunda en 19 años, a costa de los palestinos. Para lo único que Israel contó con los palestinos fue para abastecer de mano de obra barata y sin derechos laboristas a la economía israelí.

En estos 40 años de ocupación el 20% de la población palestina pasó por las cárceles israelíes, sufriendo algún tipo de tortura física o psicológica.

La mala fe israelí queda patente, cuando, después de haber firmado los Acuerdos de Oslo, en 1993, en los que se comprometía a desocupar algunas áreas de Cisjordania, Israel, en lugar de congelar la colonización como era previsto en los acuerdos, la intensificó, doblando en nueve años el número de colonos judíos asentados en Cisjordania, en especial en Jerusalén ocupada, donde no se han medido esfuerzos para judaizar la parte palestina de esta ciudad.

Las intenciones israelíes en estos momentos son explícitas: mantener la ocupación de Cisjordania, deportar al mayor número posible de palestinos y establecer dos ó tres cantones palestinos cerrados, separados y controlados, sin viabilidad económica o geográfica, que serán meros apéndices de la economía israelí.

Ningún palestino podrá aceptar esta “solución unilateral”. Por lo tanto, en nombre de la seguridad, Israel mantendrá la ocupación, recrudecida en estos tiempos en que la sucesión de tropelías, los desastres regionales y la desesperanza parecen haber anestesiado a la opinión pública.

Y sin embargo, la legalidad del Estado de Israel deriva de una Resolución Internacional, votada en la ONU, que claramente afirma que hay dos estados en Palestina.

Existe por lo tanto una responsabilidad jurídica y moral de la ONU y de todas las naciones que votaron a favor de la partición de Palestina en dos estados, para que la parte no cumplida de esta resolución sea implementada. No se puede simplemente abandonar a su suerte al pueblo palestino y permitir que Israel, en nombre de la propia seguridad, anule al estado árabe en Palestina. Existen mecanismos legales de presión y sanciones para que los estados signatarios de la Carta de la ONU respeten las decisiones de esta Organización. En este caso, es especialmente trágico que el drama del pueblo palestino se origina con una decisión de la ONU, y que justamente la solución de esta tragedia está incluida en la misma decisión que le dio origen.

Existen propuestas y ofertas de paz del lado árabe y palestino tomando como base las resoluciones de la ONU y pidiendo garantías de la misma organización, inclusive con fuerzas internacionales de disuasión, para todas las partes. Ya es hora que, por fin, la ONU asuma sus obligaciones para con el pueblo palestino en forma efectiva, ya que las resoluciones no han tenido siquiera efecto moral sobre Israel.

Israel es, hoy por hoy, una fuerza de ocupación en otro país, que es Palestina. Como potencia ocupante, debe ser obligada a cumplir las Convenciones de Ginebra a este respecto. En la práctica, Israel viola, cotidianamente, todas estas convenciones y lo hace de forma declarada, como cualquier comisión puede comprobar sobre el terreno.

Mientras las organizaciones competentes no castiguen la violación de la legalidad internacional y de las normas pactadas entre las naciones, está claro que ninguna consideración humanitaria va a alterar la suerte del pueblo palestino.

En la práctica, es el pueblo palestino que está siendo duramente castigado por la comunidad internacional, por haber ejercido la democracia, libre y transparente, en elecciones que fueron exigidas precisamente por las mismas naciones que después decretaron el boicot político y económico al gobierno palestino electo.

Este boicot es un crimen humanitario, que ha hecho que la miseria y la desesperación se instalen en el seno de una comunidad nacional a la que, por otra parte, se le impide que se autogobierne y que administre su territorio y su economía. No parece haber salida a esta situación, a no ser el deterioro progresivo que ya está produciendo estallidos de violencia y que, de perdurar, acabará por sumir en el caos a una población que ya ha soportado 40 años de ocupación y persecución sin desintegrarse. Esta es también una grave responsabilidad de las naciones que adhirieron al bloqueo.

La comunidad internacional ha resuelto situaciones que parecían caóticas e insolubles, aplicando paso a paso las normas y reglamentos que rigen la convivencia entre naciones, y tomando las medidas que se hacían necesarias. Este ejemplo debe aplicarse sin demora al pueblo palestino. Los últimos acontecimientos indican que se está ya caminando por el filo de la navaja, donde cualquier imprevisto pude llevar a la conflagración generalizada. Esto sería la mayor desgracia que podría pasar, para todos los pueblos de la región. Hay en todos lugares partidarios de la máxima de que “cuanto peor, mejor”. En el caso palestino-israelí, cuanto peor, pésimo para todos los que quieren y necesitan la paz, y nadie necesita más la paz y la justicia que el pueblo palestino.

Parafraseando a Yasser Arafat, podemos con toda propiedad repetir hoy que “la guerra comienza en Palestina, y sin embargo, es también en Palestina que la paz comenzará”.

Dr. Farid F. Suwwan
Embajador de Palestina en la Argentina,
Buenos Aires, 4 de julio de 2007.



© (2007) Dr. Farid F. Suwwan
Todos los derechos reservados.
Para reproducir citar la fuente.

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