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HERRAMIENTAS

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José María Rosa (h)   
Don Bernardo de Irigoyen
Por José María Rosa (h)
(¿Quién es José María Rosa (h)?)
Publicado digitalmente: 18 de septiembre de 2006

Juventud

Bernardo de Irigoyen, hijo de familia patricia, nacido en 1822, en el hogar de don Fermín de Irigoyen y María Bustamante, pertenecía a una casa plegada al partido federal desde sus orígenes. Le tocó iniciarse en los años de gran entusiasmo patriótico que siguieron al tratado Mackau-Arana, el abandono del bloqueo francés y la victoria de Arroyo Grande. No quedará insensible a la emoción colectiva producida en toda la Confederación Argentina por la hábil defensa que Rosas había hecho de la causa nacional. Una noche – el 8 de febrero de 1848 – el joven Irigoyen lee en Palermo ante el Restaurador y su hija Manuela una “Canción Federal” que, en homenaje al primero y dedicada a la segunda, ha compuesto traduciendo el sentimiento popular imperante:

¿No habéis visto cual Rosas sereno
con naciones soberbias lidió,
y venciendo mostrar que al porteño
sin venganza ninguno insultó?
A los siglos trasmita la historia
cuanto importa llamarse argentino...
Siga el Plata su augusto destino
¡ Vivan siempre los libres del Sur!

A la afirmación de la naciente soberanía lograda contra la agresión
francesa sigue la condena de quienes, por rivalidades internas y un
menguado concepto de patriotismo, se unieron en calidad
de “auxiliares” al agresor extranjero:
¡Unitarios mancharon la historia!...

y el eco jubiloso del rechazo de la ofensiva de Rivera en Arroyo Grande:

Al oriente con bravas legiones
llevó Rosas su estrella de gloria.

Esta agresiva composición, dulcificada por la música de Esnaola, fue, tal vez, la primera y la última incursión poética del joven Irigoyen. Sus estudios de derecho y las altas funciones públicas que lo reclamaron inmediatamente, lo alejaron para siempre de las musas.

Misión a Chile

Recibido de Doctor en Leyes en la Universidad de Buenos Aires, el mismo año 1843, ha de iniciar la práctica forense – necesaria entonces para obtener el título de abogado y con él la licencia para ejercer la profesión – en la Academia de Jurisprudencia, de la cual llega a ser Secretario. Sin haber terminado esta práctica, que era de dos años, el gobierno de Rosas lo designa en 1845, Secretario de la Legación en Chile conferida al doctor Baldomero García. Dos funciones competían a esta misión: la cuestión del estrecho de Magallanes indebidamente ocupado por Chile, y la política inamistosa de los diarios oficiales que, por medio de expatriados argentinos que desempeñaban cargos públicos en la administración chilena, mantenían una constante prédica partidaria, inmiscuyéndose en política interna Argentina. La “cuestión del estrecho” no tuvo solución inmediata favorable, pero en cambio las gestiones de Irigoyen en el segundo aspecto, llevadas con moderación y prudencia y sin herir intereses creados, lograron amplio eco en las esferas oficiales chilenas. El mismo Sarmiento – que nunca negaría su aprecio a Irigoyen – lo reconocerá después en su periódico La Crónica: .“Irigoyen fue a Valparaíso – dice Sarmiento –... el agente de Rosas se retiró sin haber tocado ninguna cuestión que interese a chile, pero ¡qué cambiadas quedaron las cosas!...” narrando cómo la prensa chilena dio un vuelco respecto al gobierno argentino. Los diarios y periódicos que habían combatido a Rosas valiéndose de Sarmiento, se convirtieron, según éste en “acérrimos partidarios del Restaurador argentino”, obligando a Sarmiento a abandonar momentáneamente la lucha.

Rosas no se ha de satisfacer con el paliativo que le daba Chile mientras sus fuerzas mantenían la ocupación de’ Magallanes. No era, desde luego, la gestión oficiosa ante la prensa, gobernante el objeto primordial de la misión García. Y como el gobierno chileno aprovechando las dificultades diplomáticas del argentino – eran los tiempos de la intervención anglo-francesa – dilataba su respuesta, Irigoyen (García había regresado a Buenos Aires) recibió orden de trasladarse a Mendoza con el archivo de la Legación, previéndose una ruptura de relaciones. La precipitación de complicaciones internacionales al conflicto con Brasil en 1849, la declaración de guerra a este Imperio en 1861, y la caída de Rosas en 1852, hicieron inoperante la reclamación Argentina. Irigoyen permanecerá en Mendoza desde 1847 hasta 1860. Aunque simple Oficial de la Legación en chile su influencia será grande en las provincias cuyanas. Era el representante directo del poderoso señor de Palermo, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación y Jefe virtual de la misma. Benavídez, gobernador de San Juan y el “hombre fuerte” de Cuyo se ha de guiar por los consejos del joven Irigoyen, lo mismo que los gobernadores Mallea de Mendoza y Lucero de San Luis.

En 1847 parecía indudable el triunfo de la política rosista. Los cañones de la Vuelta de Obligado y del Quebracho habían contestado como correspondía a la agresión anglo-francesa, y Lord Howden acababa de levantar el bloqueo en nombre de Inglaterra quebrando la alianza de las potencias interventoras. En Laguna Limpia,, Urquiza derrotaba al ejército “auxiliar” correntino, como poco antes lo había hecho en India Muerta con la invasión que Rivera preparó desde Río Grande. El fin de la intervención anglo-francesa significaba el cese del subsidio que mantenía la plaza de Montevideo haciendo inminente la entrada de Oribe en su capital. El triunfo final parecía cercano.

Se supone alejado el fantasma de una guerra civil complicándose con las dificultades exteriores de la Confederación. Es tiempo, por lo tanto, de olvido y de unión, necesarios para consolidar la Confederación y dar cima a la política rosista reincorporando las regiones separadas de las antiguas Provincias Unidas. En 1847 Rosas dicta sus disposiciones de amnistía, y los antiguos unitarios – no obstante sus participaciones recientes a favor de las agresiones europeas – empiezan a regresar al país sin ser molestados para nada. Esta política de unión nacional encontrará en Bernardo de Irigoyen un admirable colaborador, y su mesura y discreción logran en Cuyo el acercamiento de muchísimos adversarios del partido federal.

En 1850 Irigoyen regresa a Buenos Aires. Cuando Rosas parecía triunfante, e Inglaterra y Francia se retiraban del Plata reconociendo en los tratados de 1849 y 1850 la “soberanía de los ríos” y el libre derecho argentino a manejar su política exterior, el Brasil juega habilísimamente su última carta: “O Rosas o el Imperio” es la consigna del partido, saquarema al tomar el poder, y con ese programa llega al Ministerio de Relaciones Exteriores Paulino José Soarez de Souza, el futuro vizconde do Uruguai. Brasil prepara abiertamente la guerra: adquiere la escuadra del almirante Grenfell, y contrata las tropas que al mando de Caxias se sitúan en Río Grande. Paulino explica al Parlamento que se trata de medidas de precaución, pero es explícito con Andrés Lamas, el ministro de Montevideo en Río: si Rosas lograra afirmarse; la Banda Oriental y el mismo Paraguay volverán a la Confederación Argentina; Río Grande se independizará y tal vez hagan lo mismo las revoltosas provincias de Pernambuco y Bahía: la aristocracia brasileña recibirá un rudo golpe económico con la abolición de la esclavitud preconizada por Rosas y la monarquía se transformará en República como lo pedían los diarios brasileños evidentemente inspirados por el Restaurador argentino. Era el fin del Imperio. Por lo tanto la política brasileña se manejaría en adelante por el dilema: o Rosas o el Brasil.

Ocurre la invasión del barón de Jacuhy, la ruptura de relaciones, el famoso pronunciamiento, la alianza de Urquiza con Brasil, la declaración de guerra al Imperio, y por fin Caseros. Sobrevivió el Brasil, y Rosas tuvo que marcharse a Southampton.

Misión Irigoyen al interior

Urquiza se encontraba mucho más cómodo entre los hombres prácticos del partido federal que entre los ideólogos unitarios. Ha dispuesto el uso obligatorio de la divisa punzó, y en el caserón de Palermo se siente el continuador de Rosas. Hasta se permite tratar en menos a Márquez de Souza, el vizconde de Porto Alegre, jefe de la división brasileña del ejército grande, y las banderas de Ituzaingó no son devueltas al Imperio. Es cierto que concede todo lo demás – renuncia a la soberanía Argentina de los ríos, a las Misiones Orientales, reconocimiento de la independencia del Paraguay, manos libres al Imperio en la Banda Oriental – pero eso estaba establecido en el tratado de alianza, y debe cumplirlo. Su último acto de deferencia a los brasileros fue permitirles entrar a Buenos Aires el 20 de febrero (el aniversario de Ituzaingó) con su bandera desplegada. Pero más no. Desde que el Libertador entró en Buenos Aires, se siente un nuevo Restaurador. Habla su lenguaje: califica a los del bando celeste como “díscolos que se pusieron en choque con el poder de la opinión pública y sucumbieron sin honor en la demanda”, dice que “todavía se empeñan en hacerse acreedores al renombre odioso de salvajes unitarios” y los acusa de haber perturbado “el sosiego de la patria” y “comprometido su independencia y sacrificado su libertad con su ambición”. ¿Pero Rosas está en el “Confliet” o sigue en Palermo?

Es que había que salvar a la Confederación, no obstante la caída de su Jefe de veinte años. “Hasta aquí” parece decir Urquiza a sus aliados de la víspera, al día siguiente de la entrada en Buenos Aires, de ahora en adelante cuidará los restos del naufragio evocando la figura del viajero que se embarcó para Inglaterra. El lenguaje de Rosas, las ideas de Rosas, los gobernadores de Rosas y los conserjes de Rosas: así gobierna el vencedor de Rosas. Torna hasta la casa de Rosas, y por tomarlo todo se hace hasta de los enemigos de Rosas.

Mandará a Bernardo de Irigoyen en misión ante los gobernadores del interior. Había que calmar sus recelos, y decirles que Buenos Aires no había cambiado. En Palermo seguían gobernando los Anchorena, Arana, Guido, Irigoyen, como el Jefe de la Confederación seguía usando la divisa punzó en su chaqueta. También había que consolidar la obra política de Rosas transformando la Confederación de estados semiindependientes del Pacto de 1831 en una República federal regida por una constitución nacional. Nada mejor para eso que enviarles a Irigoyen, uno de los más respetados hombres de Rosas.

Y así el 28 de febrero confiere “los más altos poderes” al joven Irigoyen para que “pase a las provincias del interior, y en representación mía y como comisionado convenga con todos los gobiernos de todas ellas y de cada una en particular, en adoptar todas las medidas y resoluciones que fueren necesarias a fin de garantir la estabilidad de los gobiernos provinciales, y acelerar el día en que la Nación se organice bajo el sistema representativo federal por el que los pueblos han combatido”. “Mi política necesita explicarse a los gobiernos – decían las instrucciones escritas que Urquiza dio a Irigoyen – porqué solamente de la fusión, del olvido y de la tolerancia que proclamemos, creo que deben esperarse los grandes bienes que anhelamos para el país”. Y la misión Irigoyen – cumplida personalmente por éste ante los gobiernos de Córdoba, San Luis, Mendoza y San Juan: y por sus delegados Dres. Pedro Uriburu y Nicolás Villanueva en las demás del interior (el litoral excluido) – logró ampliamente su propósito. El acuerdo de gobernadores del 31 de mayo en San Nicolás fue su fruto.

Persecuciones

Urquiza agradeció las gestiones de Irigoyen: “Doy mi aprobación a todos sus procedimientos oficiales, reconociendo el patriotismo con que usted ha desempeñado la misión que confié a su reconocida capacidad”, le escribe el 22 de junio de 1852.

A su regreso quiso obtener el título de abogado, pues sus distintas misiones fuera de Buenos Aires no le habían dejado completar la práctica de ordenanza en la Academia de Jurisprudencia. No aceptó ser diputado constituyente por Mendoza para contraerse a esta obligación, tanto más necesaria por cuanto el fallecimiento de su padre y haber contraído matrimonio, lo ponían en la obligación de ganarse la vida. La inscripción le fue negada. Gobernada Buenos Aires después de la revolución del 11 de septiembre por los hombres del viejo partido unitario (ahora llamado “liberal”), éstos no perdonaron a Irigoyen su militancia federal y que todavía se negara a hacer pública apostasía (como tantos) del caído Rastaurador. Se le aplicó una disposición de la Academia que exigía una residencia inmediata de dos años en Buenos Aires para inscribirse en la misma no obstante no poder aplicarse a un nativo de la provincia ni a quien se alejó de ella en funciones oficiales. Se fue entonces a trabajar al campo, poblando “La Choza” cerca de Luján. Y quedó durante algunos años alejado del movimiento político, dedicado a los trabajos rurales en ese y otros establecimientos de campo que fundó. Hizo en ellos una fortuna, una gran fortuna. Pero su verdadera vocación fue siempre el derecho y la política. Después de algunos años lograría su inscripción en la Academia y el título habilitante para litigar, compartiendo desde entonces las tareas campestres con la atención de su bufete profesional, que llegó a ser uno de los mejores de Buenos Aires.

Regreso a la política

El proyecto de Mitre, presidente de la República después de Pavón, nacionalizando a Buenos Aires con los límites de la antigua Ley de Capital de Rivadavia, quiebra al partido liberal en dos grupos antagónicos – nacionalistas y autonomistas – encabezados respectivamente por el Presidente Mitre y el gobernador de Buenos Aires, Adolfo Alsina.

Adolfo Alsina fue un caudillo popular; fue el gran caudillo popular porteño de la segunda mitad del XIX, y también fue algo más: un hábil político que supo, desde la penumbra, manejar realmente el país desde 1868 hasta su muerte en 1877. No pudo ser Presidente, pero eligió a los presidentes, a los ministros, a los senadores y a los gobernadores. Hombre de multitudes, de gesto fácil y vocabulario de pueblo, este hijo de un prócer unitario habría de continuar la línea de los grandes caudillos populares de Buenos Aires: Soler, Dorrego, Rosas. En todo distinto a su padre, don Valentín, personajón estirado, de pocas y buscadas palabras, de hondos rencores, de suficiencia rivadaviana, Adolfo era en sus maneras, en su coraje y en su viveza criolla el típico hombre de los arrabales de Buenos Aires: el “compadre”, como le decían los mitristas, de la misma manera que Rosas había sido el “gaucho”, no obstante pertenecer ambos a la clase superior y poseer talento y cultura. Era “el compadrito” porque supo hacerse intérprete del alma popular y sentía hondo el espíritu de la argentinidad. En su voz y en su gesto se expresaron los arrabales de la gran ciudad, como los actos de Rosas tradujeron el sentimiento de los campos porteños.

Por eso, bajo la jefatura de Alsina, asistimos en 1868 a un verdadero renacimiento del viejo partido federal porteño, que alguna que otra vez había intentado levantar cabeza (los chupandinos de 1856, los, crudos de 1860), contra el liberalismo dominante después de la revolución del 11 de septiembre. En las filas del autonomismo alsinista forman Leandro Alem y Bernardo de Irigoyen, y junto a ellos los Pinedo Lahitte, Unzué, Anchorena, Torres, Terrero, Sáenz Peña y tantos otros que, como dice D’Amico en su libro “Buenos Aires: sus hombres y sus cosas”, “Habían sido federales o de filiación federal, que no eran nada en esos momentos sino perseguidos por el mitrismo, y que se hicieron alsinistas por salvarse de las persecuciones”.

Irigoyen era la figura intelectual más destacada del grupo (Leandro Alem la más popular), y debió retornar inmediatamente a las altas posiciones públicas que por derecho de talento y patriotismo le correspondían. Pero el ascenso le cuesta, porque su lealtad no le permite tirar el pesado lastre del rosismo, y sus enemigos son capaces de perdonar todo (hasta el peculado), pero no se olvidarán nunca del papel desairado que hicieron en tiempos de Rosas.

Ser rosista había significado simplemente ser argentino en 1846, cuando los enemigos del Restaurador anduvieron confabulados con el extranjero. Había significado ser buen argentino en 1852, al día siguiente de Caseros, cuando Urquiza los prefería para consolidar la unión nacional. Pero poco a poco (sobre todo después de Pavón), se había ido creando la “leyenda de Rosas”, con su cortejo de sonoras palabras: tiranía, terror mazorquero, barbarie. La prensa, las novelas por entregas, los libros de texto, hicieron esta curiosa obra de tergiversación contra la cual fueron inútiles las protestas de uno que otro historiador veraz e imparcial. Todo se puso al servicio de la “leyenda de Rosas”. indispensable para que los antiguos auxiliares de Francia, Inglaterra o el Brasil justificaran su actitud de tomar armas contra la Patria: solamente el gobierno de un monstruo, de un tirano, hacía admisible la intervención extranjera y la posición que tomaron los proscriptos unitarios. Y por eso en 1874, haber sido rosista era para el común de la gente, un crimen imperdonable contra la civilización y la humanidad. Muchos habían sucumbido a ese estado de la conciencia colectiva, y renegaron públicamente de Rosas: contribuyeron más a la leyenda, porque para demostrar su ardiente fe de conversos se encargaron de enlodar peor que nadie al proscripto de Southampton. Pocos, muy pocos (es necesaria mucha fortaleza moral), prefirieron callarse porque hablar era inútil, pero guardando para la intimidad sus convicciones. Bernardo de Irigoyen fue de éstos.

Alsina y Sarmiento

Adolfo Alsina será el Gran Elector desde 1868. No pudo ser presidente porque era porteño, y en las provincias ser “porteño” recordaba demasiado las ocupaciones militares que hizo Mitre, después de Pavón. Pero si no pudo ser presidente elegirá a los presidentes: a Sarmiento en 1868, a Avellaneda en 1874. La dirección política del Partido Autonomista Nacional (el famoso P.A.N., resultado de la coalición de los autonomistas porteños con los federales – ahora nacionales – del interior), quedará en sus manos exclusivas. Sarmiento gobernará con los ministros que tenía Alsina en la provincia y éste – desde la Vicepresidencia – ha de mover los hilos con habilidad suma, porque es un buen conocedor de hombres, y Sarmiento no es muy difícil de conocer y contentar, pese a su apariencia adusta. En la presidencia de Avellaneda, después de una tentativa inútil por quebrar el antiporteñismo con su propia candidatura – eliminada a tiempo – Adolfo Alsina desde el ministerio de Guerra y con los resortes del ejército nacional en sus manos, será el solo árbitro de las situaciones provinciales. Avellaneda es un estadista, pero el político es Alsina. Irigoyen será llamado por Sarmiento a indicación de Alsina, para desempeñar la Procuración General del Tesoro. "Se necesitaba un abogado capaz y honesto para ese cargo” dirá el antiguo redactor de El Progreso explicando la designación del secretario de Baldomero García. Es que Sarmiento no es hombre de rencores: capaz de tirar con artillería gruesa, al día siguiente olvida todo y tiende la mano. Es periodista de polémicas, gobernante de arrebatos, atacante de circunstancias; por eso no tuvo enemigos pese a que lastimó a muchos y muchas veces injustamente. Sus explosiones son pasajeras, tormentas de verano que todos perdonan al “loco”. Nadie queda enojado con él: salvo Alberdi, pero éste sí que no sabe olvidar resentimientos. Y Sarmiento presidente es la antítesis del Sarmiento escritor: el autor de “Facundo” fue llevado al gobierno por la barbarie de la campaña, mientras la civilización de las ciudades votaba en masa por su opositor Elizalde: En la presidencia sus ministros (excelentes ministros: Vélez Sársfield, Avellaneda, Gorostiaga), lo dejan escribir todos los días su editorial “para despuntar el vicio”, mientras el vicepresidente Alsina maneja realmente las riendas. Mediante concesiones de forma a su enorme vanidad, este niño grande que desde la oposición aconsejaba todo y proponía todo, deja que otros hagan la Presidencia Sarmiento. A veces se enoja con “ese compadrito” de Alsina, pero a la larga hace lo que Alsina quiere. Solamente una vez impuso uno de sus arrebatos: fue cuando mandó la escuadra a la Patagonia a expulsar a los chilenos que se habían entrado por el río Santa Cruz. Como les había aconsejado el mismo Sarmiento en sus tiempos de periodista proscripto.

Ministro de Avellaneda

Avellaneda presidente quiere hacer de Irigoyen su ministro de Relaciones Exteriores. ¿Podrán admitir al antiguo rosista (que no ha dejado nunca de ser rosista), los muchos enemigos que tiene ahora el Restaurador?

“Tribuna”, el diario de los Varela (pero que ya ha pasado a otras manos), se lanza en 1874 a una formidable campaña contra “el mazorquero”, y su artículo Pan y agua o agua y pan alborota los medios políticos oficialistas. A este primer artículo siguen muchos en idéntico tono. Por supuesto son los ex-rosistas los más indignados con la candidatura, ¿cómo puede Irigoyen, que nunca ha abjurado del Restaurador pretender un ministerio?, ¿por qué a ellos solamente se les ha exigido el baño en las aguas del Jordán?

Por supuesto los argumentos sentimentales son de rigor: “¿Puede el hijo del mártir de Metán llevar a su lado a un hombre de Rosas? ¿Puede el yerno de Nóbrega gobernar con un cómplice de sus asesinos?” Es la nota llorosa, ramplona, que se usará contra toda una política y contra los que sirvieron a esa política. Es curioso que quienes atacan a Irigoyen no sean “los hijos de los mártires”, sino, precisamente, antiguos federales.

En cambio es el hijo de Marco Avellaneda el que quiere hacer del “mazorquero” su ministro de Relaciones Exteriores. Es Héctor Varela, el hijo de Florencio, quien sale desde Milán a defender a Irigoyen y a los ex-rosistas contra los ataques del diario que el mismo fundara, en un magnífico folleto (magnífico por la cordura y por la verdad): “Los hombres de Rosas y Don Bernardo de Irigoyen”.

Irigoyen no acepta el ministerio que le ofrece insistentemente Avellaneda, ya que ha sido mucha la agitación que provocó la sola mención de su nombre. Pero si no lo acepta en 1874, no puede negarse a integrar el gabinete en 1875. Será ministro de Avellaneda, de Relaciones Exteriores primero, del Interior después; el “hombre de Rosas” se sienta en el viejo despacho de don Felipe Arana; el “mazorquero” será un ministro amable, señorial, habilísimo. Político de la palabra “justa”, de la manera fina; sabrá el arte de negar sin decir no, que es el arte político por excelencia. Y será el primer gran ministro del Exterior del período siguiente a Caseros.

La "Conciliación” de 1877

El año 1877 se debate en una formidable crisis económica y financiera. Los errores del “libre cambio” posterior a Caseros han obligado a volver a la política “proteccionista” de Rosas y Avellaneda dicta la ley de Aduanas de 1876 que torna en parte a la defensa industrial de la ley de Aduana dictada por Rosas en 1835. Pero sobre todo la política monetaria precipita la crisis, y el país se encuentra más empobrecido que nunca y teniendo que responder a una enorme deuda exterior. La crisis económica amenaza (como siempre sucede) por traducirse en una crisis política: se cree generalmente que ha llegado otra vez la hora de los mitristas no obstante su derrota militar en la revolución de 1874. El partido Autonomista Nacional parece gastado por nueve años de oficialismo.

Alsina, perspicaz siempre, comprende antes que nadie que la situación se le va de las manos, y con ella la Presidencia de la República su sueño largamente acariciado, y que según sus cálculos debería obtener en 1880 al terminar el período de Avellaneda. Busca a Mitre – previamente ha perdonado a éste y a sus oficiales la calaverada de 1874 – y le propone una conciliación: los mitristas entrarán al gobierno con uno o dos ministros y algunas bancas y situaciones provinciales, pero Alsina será Presidente por unanimidad. Mitre, que tal vez no comprende que puede lograrlo todo, renuncia a ser opositor y acepta la conciliación. Es el 17 de julio de 1877.

En marzo de ese año había muerto Rosas en su retiro de Southampton y sus deudos y amigos de Buenos Aires han querido hacerle un funeral. La simple invitación a esta ceremonia privada levanta la fobia antirrosista y el gobierno de la provincia prohíbe el servicio religioso. En cambio se hará un funeral desafiante a “las víctimas de la tiranía”. No sería extraña la mano de Alsina en este manejo, pues de este último funeral es que surgirá la “conciliación” y los prolegómenos del 17 de julio: ante la tumba de Rosas se reconcilian los antiguos integrantes del partido liberal y Alsina y Mitre se dan un abrazo histórico. Alsina es un político, y así como en 1868 le convinieron los rosistas, ahora en 1877 le convienen los mitristas. Se deshace el gabinete de Avellaneda y entran en él representantes de Mitre: entre ellos Eduardo Costa, aunque también fue rosista en sus años mozos, pero ha asistido al funeral por las víctimas de la tiranía, junto a sus antiguos correligionarios, Elizalde, Rawson y muchos que usaron en su tiempo la divisa punzó. Bernardo de Irigoyen no asiste al funeral y tiene que irse del ministerio: Avellaneda lo despide con un decreto honrosísimo.

En diciembre muere Alsina y Avellaneda queda sin su gran apoyo. La muerte del candidato de la “conciliación” tiene la virtud de unir más a ésta: la desaparición del “Gran Elector” ha dejado huérfano al P.A.N., y el gobierno falto de apoyo, se adhiere con fuerza a la unión de opuestos pactada el 17 de julio. Carlos Tejedor será elegido en 1878 gobernador de Buenos Aires por la “conciliación”, como paso previo a la indudable presidencia de 1880. El nombre del antiguo unitario, que allá en su juventud conspirara con Maza cuando el bloqueo francés, satisface ampliamente a los concurrentes al funeral “por las víctimas de la tiranía”. ¿Ampliamente? Tejedor no tiene oposición en el Club del Progreso, es cierto. Pero ¿acaso el Club del Progreso es la República? ¿Es siquiera Buenos Aires? La pluma de Sarmiento ataca esta candidatura. “Las ideas no se concilian: las conciliaciones alrededor del poder público no tienen más resultado que suprimir la voluntad de los que mandan” escribe el arrebatado sanjuanino desde El Nacional al mismo tiempo que se ofrece como única solución: the right man in the right place. Tampoco Irigoyen ni Alem ni los antiguos federales aceptan la solución nacida en el funeral de las víctimas de la tiranía: surge el grupo “republicano” que se opone decididamente a los conciliados.

La “conciliación” fracasa como solución política. Aunque el valor intelectual y moral de Carlos Tejedor es grande, su nombre no arrastra al país como se creyera ingenuamente desde los salones del Club del Progreso. Ni las provincias quieren a un porteño ni la masa porteña (que fuera alsinista y ahora sigue a Leandro Alem) acepta al capacitado pero rencoroso unitario. Todavía los gauchos del sur de la Provincia siguen gritando ¡viva Rosas!, y el nombre de Tejedor solamente cuaja entre la gente “decente” de Buenos Aires y Corrientes.

Es entonces que un joven militar, sucesor de Alsina en el Ministerio de Guerra, toma con hábiles manos los hilos de la trama política. Es Roca, que solamente por ser provinciano y oponerse a Tejedor, tiene ya la mitad de la carrera ganada. Pero además es en político (el más hábil de nuestros políticos tal vez después de Rosas), y con eso gana la otra mitad. Y salvo Buenos Aires y Corrientes, logra unir tras su nombre los otros gobiernos provinciales, mientras en Buenos Aires la mayor parte de la juventud: Dardo Rocha, Carlos Pellegrini, se pliegan a su nombre. También los “republicanos” con Alem, Irigoyen, y con ellos – mejor dicho contra Tejedor y los mitristas – la masa popular porteña. El gobierno nacional un tiempo dudoso es arrastrado por la candidatura Roca: salen del gabinete los mitristas “conciliados”, y Pellegrini (ya “piloto de tormentas”) toma la cartera de Guerra y adelanta los regimientos nacionales contra el gobierno provincial. Tejedor es expulsado, y Roca triunfante en los comicios y en el campo de batalla asume la presidencia.

El “Zorro”

Roca será ahora el gran jefe del P.A.N., el jefe “único” indiscutido e indiscutible. Pero no es un “caudillo” como lo fueran Rosas o Alsina: no es conductor de muchedumbres, no es gancho ni compadrito. Este hombre que manejó la República ininterrumpidamente desde 1877 hasta poco antes de su muerte, es terriblemente impopular: cuando sale a la calle es recibido a silbidos cuando no a pedradas. Pero es habilísimo. Ninguno como el Zorro para tejer la urdimbre complicada de los intereses políticos, para satisfacer caudillejos de parroquia, para contentar intereses lugareños. No le importan las multitudes, ni hace nada por comprenderlas: en cambio conoce a los hombres, con sus virtudes y sus debilidades; a quienes pueden servirle electoralmente, y a quienes, por sus condiciones, pueden dar lustre y eficacia a su gobierno. Mucho más que Álsina será el Gran Elector en los treinta años que corren entre 1880 y 1910: su clásica “media palabra" hará los presidentes, los gobernadores, los congresales. Su no menos clásica “patada” los destruirá cuando ya no le sirvan para sus fines. Pero también Roca es un hombre de Estado; su fina habilidad electoral se trueca en sensatez y sentido común en las tareas de gobernar; su exacto conocimiento de los hombres, lo lleva a elegir como ministros a los más capaces de cada ramo. Es un escéptico que no cree en nada ni en nadie; pero esto es una ventaja para sus tiempos: no se dejará arrastrar por prejuicios ambientes ni alucinar por valores consagrados. Por eso, administrativamente considerados sus gobiernos fueron buenos, y “la época de Roca” hizo adelantar materialmente al país. Pero políticamente, careció, de sentido popular, y los treinta años del roquismo consolidarían la fisonomía de esa Argentina minoritaria que había empezado a cuajar después de Pavón. Su gobierno – tal vez por no ver esa otra Argentina de Rosas, de Urquiza, de Alsina – no siempre hizo su obra de progreso material en exclusivo beneficio de los argentinos.

Roca lleva a Irigoyen al Ministerio de Relaciones Exteriores donde el antiguo secretario de la misión de Baldomero García concluye los pactos de 1881 sobre límites con Chile. Después ocupa el Ministerio del Interior. Y en el 85 – cuando empiezan a barajarse nombres para la sucesión presidencial – será el de Irigoyen el primero en lanzarse al ruedo: lo proclaman Santa Fe, Mendoza y Catamarca en actos casi simultáneos que encuentran eco fácil en Buenos Aires, Tucumán y Salta. Solamente Córdoba, gobernada por el otro candidato – Miguel Juárez Celman, hermano político de Roca – no se une al concierto de las demás.

¿Será Irigoyen el próximo Presidente? Acaba de renunciar al ministerio del Interior para ponerse al frente de los trabajos políticos de su candidatura. Ha sido el gran ministro de Roca, y su nombre es recogido jubilosamente por la opinión.

Tampoco es hombre de multitudes, pero su figura aristocrática y serena no despierta en la tribuna o la plaza la animadversión que la de Roca. No es caudillo, pero instintivamente lo seguirán las masas. Roca mismo parece prestigiar su nombre: con fina sonrisa el Zorro lo ha incitado a renunciar el ministerio y presentarse a la lucha. Es decir: presentarse a la victoria. Todo el país, menos Córdoba, parece estar con él. Y aunque el Presidente, el Gran Elector, no ha dicho la “media palabra” sus íntimos descuentan que la pronunciará a favor de su ex-ministro.

¿Será el antiguo rosista el próximo Presidente? Eso no pueden permitirlo, si en sus manos estuviera, los antirrosistas de viejo y de nuevo cuño. Mitre escribe a sus amigos impugnando la candidatura: Irigoyen “el mazorquero” no puede ser Presidente, porque todavía no ha renegado de Rosas; es preferible Juárez Celman, aunque sea cuñado de Roca, aunque no tenga la experiencia ni alcance las condiciones de hombre de estado de Irigoyen. Todo antes que un rosista. Y los mitistas con Quirno Costa a la cabeza – de los Costa federales – se pliegan en masa a Juárez. Cuando llega el momento oportuno el Zorro dice su media palabra: y Juárez Celman será Presidente. Aunque el país demuestre, en una gira política triunfal que hace Irigoyen, que si pudiera votar libremente lo hubiera hecho “por don Bernardo”-.

El 90

Los cuatro años de la presidencia Juárez los pasa Irigoyen en el retiro de su estudio profesional y de sus establecimientos de campo. Creyó ingenuamente (no sería el primero ni el último) en el desinterés político de Roca, y no supo darse cuenta que entre Juárez Celman y él, la elección no era dudosa para el Zorro.

Se equivocó Roca con Juárez. No resultó fácil manejar a un Presidente que contaba con los enormes resortes políticos que había acumulado en el cargo, y esta vez la “patada histórica” la recibiría el Zorro. Pero se equivocó también Juárez al creer que podía prescindir de Roca y ser el “jefe único” del P. A. N.

La crisis del 89 – crisis económica y política como la del 77 – conmueve profundamente al país: en el Jardín Florida se reúne la juventud que quiere terminar con el régimen impuesto por Roca y seguido por Juárez, que alejaba al pueblo del gobierno. El P. A. N. que había empezado con Alsina como el partido popular contra la oligarquía mitrista ahora se ha convertido en un círculo de intereses obediente a jefes que no creen ni sienten al pueblo. Por eso surge la Unión Cívica, y en el mitin del frontón se pliegan al nuevo partido todos los opositores: algunos mitristas (sin Mitre que está en Europa), los viejos alsinistas, los antiguos federales como Alem y don Bernardo, los católicos con su magnífico estado mayor (Estrada, Goyena, Gorostiaga), y algunas personalidades aisladas que estuvieran con Roca, pero que las contingencias políticas alejaron de su lado, como del Valle, Juan José Romero y otros. En la Unión Cívica alienta esa “emoción de pueblo”, que estaba hacía largo tiempo ausente de la política argentina. Esto no lo comprendieron bien muchos “cívicos” – especialmente los mitristas – y de allí que no supieron estar a la altura del movimiento.

Se pierde la revolución del 26 de julio, pero – caso extraordinario - el pueblo sale a la calle a vitorear a los vencidos, y el presidente Juárez, sin pueblo, sin partido y sin Roca, tiene que irse y se va.

La Unión Cívica Radical

Nadie duda en esos primeros días de agosto, cuando Pellegrini se hace cargo del gobierno, que la Unión Cívica es dueña del país. No solamente es la inmensa mayoría, sino que su enemigo el P. A. N. carece de espíritu y de moral para oponerse al indudable triunfo en las próximas elecciones presidenciales. Después de la sangre vertida en el Parque no puede pensarse en las consabidas triquiñuelas electorales; un fraude es posible en un estado de inercia opositora pero ¿cómo hacerlo con esas vibrantes masas “cívicas” que recorren entusiastas y decididas las calles de Buenos Aires, Rosario o Córdoba? La Unión Cívica reúne su Convención (la primera en nuestra historia política), en Rosario, y elige su fórmula presidencial el 17 de enero de 1891: Bartolomé Mitre para Presidente, Bernardo de Irigoyen para Vicepresidente.

¡Curiosa fórmula la del Rosario uniendo dos personalidades tan opuestas como Mitre e Irigoyen! Es cierto que el general ya no es el hombre de Pavón y de la ocupación militar en las provincias. Ya aquello pasó: es ahora el Patriarca, el hombre de gabinete y de consejo, la figura consular de la calle San Martín: su prestigio político está intacto, no obstante que muchos de sus amigos han colaborado con Juárez. Tal vez su viaje a Europa es una muestra de habilidad política: si Juárez quedaba, los mitristas seguirían con sus carteras; si Juárez caía, el general sería el nuevo Presidente. El prestigio del “argentino que vuelve de Europa” seguía siendo irresistible para cierta clase de gente. Y el nombre de Mitre, la bandera más alta del antirrosismo, es unido por la fórmula del Rosario al de Irigoyen, el antiguo colaborador de Rosas que el propio Mitre vetara en su famosa carta apenas un lustro atrás. Pero en el Jardín Florida y en el Parque se entiende que ha nacido algo nuevo, algo que precisamente debe borrar esas antiguas banderías. Contra el “régimen” debe lograrse la unión de todos los argentinos: de allí que el unitario Mitre y el federal Irigoyen compartan la fórmula cívica. El primero trae su innegable gravitación social e intelectual; el otro su capacidad de estadista. Y, tal vez, la garantía para las masas cívicas de que Mitre “no hará mitrismo”.

Es lo que Mitre no entiende. Su obra de estudioso lo ha alejado en esos últimos años de la realidad contemporónea; su ausencia del país no le ha permitido, tampoco, conocer y comprender a la Unión Cívica. Sus consejeros, además, siguen siendo más mitristas que cívicos: de allí que el general cuando ese 18 de marzo en que regresa al país ve la impresionante multitud que se ha juntado en el puerto a recibirlo es el que es una manifestación exclusivamente por su persona. Mitre sigue siendo mitrista: otra vez se cree en Pavón y se siente el árbitro único del destino.

Elegir a Mitre había sido el grave error de los cívicos en Rosario. Pues hay alguien que conoce a Mitre mejor que sus mismos correligionarios, y sabrá valerse del propio candidato para deshacer al partido: es Roca, ahora ministro del Interior de Pellegrini. El Zorro, puntal de una situación perdida ha de salvarla con uno de sus grandes golpes de habilidad. Un golpe muy sencillo, pero mortal para la Unión Cívica. Irá a visitarlo a Mitre y ofrecerle el apoyo del gobierno. Mitre halagado acepta...

La bomba del acuerdo Mitre-Roca produce el efecto esperado. La Unión Cívica no es Mitre. No era para hacerlo presidente a Mitre que se había ido al Jardín Florida en 1889 y a la revolución en el 90: era para eliminar “de raíz” a todo el régimen político basado exclusivamente en el predominio de una minoría, o en la habilidad de Roca. Era una revolución la que había que hacer, una revolución profunda; “radical”, que Mitre no había entendido. Se rompe la Unión Cívica y se forma la Unión Cívica Radical, con Leandro Alem, con Bernardo de Irigoyen – que renuncia a su candidatura y da las bases de la nueva política “radical" en su polémica con Mitre del 5 y 6 de junio de 1891 –, con Hipólito Yrigoyen, con toda la juventud del Jardín Florida, y sobre todo con la masa popular que lo había hecho caer a Juarez. El partido “radical” proclama a Bernardo de Irigoyen su candidato a presidente.

Pero ahora el Zorro está fuerte. Mitre renuncia y ante el desbarajuste total de los cívicos cobran fuerza los jóvenes del P. A. N. y es lanzada la candidatura de Roque Sáenz Peña, joven ministro de Relaciones Exteriores de Juárez. No es, desde luego candidatura popular, pero la apoyan algunos gobiernos provinciales, entre ellos Buenos Aires (gobernada por otro joven: Julio Costa). Roque Sáenz Peña tiene prestigio intelectual y no se lo puede considerar envuelto en los manejos políticos del unicato. Además es enemigo de Roca. Su candidatura significa una revisión modernista del antiguo P. A. N.: de allí el nombre de modernismo que toma su movimiento.

Otro golpe de habilidad del Zorro elimina a Roque Sáenz Peña. El P.A.N. elige como candidato a Luis Sáenz Peña, incoloro ministro de la Corte, y Roque renuncia ante la candidatura de su padre. El modernismo se quiebra y Luis es impuesto como Presidente. Los "radicales”. desconcertados, débiles, son corridos de las elecciones. La habilidad de Roca, la serenidad de Pellegrini, la ingenuidad de Mitre, la caballerosidad de Roque Sáenz Peña, todo ha contribuído para que el roquismo siga, más o menos disimulado, manejando los hilos de la política.

El debate de 1894

Nada consiguen los radicales yendo en 1893 a la revolución en La Plata Rosario o Córdoba: los regimientos de línea bastan para dominar a los rebeldes; el pueblo es instintivamente radical, pero el famoso acuerdo ha sembrado confusión y restado entusiasmo. Bernardo de Irigoyen será elegido senador por la Capital en 1894 en reemplazo de Alem, cuyo diploma ha sido objetado por tener pendiente un proceso como revolucionario. Apenas llegado a la banca presenta un proyecto de ley de amnistía que lo hará chocar en un debate – célebre debate – con Manuel Quintana, mitrista y ministro del Interior de Luis Sáenz Peña.

Dicen que la mañana de ese debate Quintana dijo: “Hoy concluiré con Irigoyen”. Tenía el ministro un arma temible contra el senador radical, que le hacía sonreír por anticipado su triunfo. -“Quintana era arrogante – lo describe Amadeo – mimado de la fortuna y seguro de sí mismo. Su rica clientela respetaba sus levitas de Poole que vestía con sobria elegancia, y sus cuadros que apreciaba con igual pericia que del Valle. Era, desordenado y pródigo pero tan sereno en la mesa de tresillo del Club del Progreso como en su banca de ministro”. Irigoyen, pasados los setenta, era ya el Great Old Man de la política argentina, respetado y respetable como Gladstone. Su palabra valía como un documento y la austeridad de su vida privada y pública era coraza contra la cual se estrellaba cualquier malevolencia, ¿ qué arma sería esa que tenía Quintana en su contra?

Joaquín de Vedia testigo del famoso debate, cuenta que don Bernardo (ya era “don Bernardo” para todos) “revelaba una serenidad imperturbable, por la plácida expresión de su semblante, el ritmo reposado de sus ademanes, la quietud de su mirada, la sonrisa casi imperceptible de sus labios finos”, mientras Quintana “procediendo con mesurada teatralidad lo escuchaba echando la cabeza hacia atrás y entornando los párpados”.

Don Bernardo habló durante varias sesiones: denunció el proceder de los interventores federales en las provincias y la presión electoral dirigida por el ministro del Interior. Explicó que esa presión del gobierno, era la sola causa de los movimientos revolucionarios, y que la solución para evitarlo consistía en otorgar garantías de libre emisión del voto, y terminó solicitando la aprobación de su proyecto de amnistía a Alem y los demás procesados. Al concluir su largo discurso una verdades ovación se oyó en el viejo recinto del Senado: nunca don Bernardo había estado tan elocuente, nunca su oratoria, de frases sencillas y razonamiento encadenado – más propia de una Academia que de un cuerpo político – había conmovido tanto a la barra y hasta a sus propios adversarios. El mismo Mitre se levantó de su banca para felicitarlo. Quintana oyó este elogio de su jefe político a su adversario. Cuenta Vedia que con sonrisa desdeñosa, y siempre con estudiada teatralidad, se “puso de pie procediendo con lentos ademanes a sacarse el sobretodo que arrojó sobre el respaldo del asiento; se sentó de nuevo, rectificó la posición de sus lentes de oro, paseó una mirada segura sobre las bancas y la barra, y empezó a hablar...”

¿ Qué gran secreto tenía contra don Bernardo? Amadeo nos dice “que le iba a tirar al alma”, que en ese debate no habría cuartel para el senador opositor, que “como en el envite criollo, a ley de juego está todo dicho”. ¿Qué era eso, tan grave y que tan confiado tenía de su triunfo al elegante ministro?

¿ Qué era eso? Pues que Irigoyen había sido rosista... Empezó Quintana: “Jamás he defendido la cáusa de ninguna tiranía. Jamás me he ensañado contra partido alguno. Jamás he propuesto la confiscación disfrazada de los bienes de mis adversarios políticos... La cabeza de Castelli en la punta de una pica, en el centro de la plaza principal de la ciudad de Dolores, es el recuerdo más antiguo que tengo de mi existencia. La tristeza suprema de mi vida fue la despedida angustiosa del autor de mis días que se condenaba voluntariamente al ostracismo para salvar, con la seguridad de su persona su dignidad de ciudadano en las horas aciagas de 1840...”. Comenta Amadeo que “la frase era dramática, pero no produjo efecto: los aplausos tardaban y eran fríos”. Y mientras traía en sus bien cortadas frases esos recuerdos juveniles de la tiranía, pasados por el tamiz de una leyenda de medio siglo, acaso pensó el gran orador que el ataque estaba frustrado. 1894 no era 1877. La frase, la frase sonora y dramática – la gran arma antirrosiata – ya no gobernaba al Congreso. Ese anciano, de mas de setenta años, que no hacia oratoria, era ahora el más fuerte. Y era nada menos que el amigo y consejero de Rosas: el diplomático de la tiranía, el redactor de la Gaceta Mercantil. Sus sólidas razones podían más que la retórica; era tiempo de estadistas, como en 1840, justamente.

Quintana se fue apagando poco a poco. “¿Qué dice ese hombre?”, Exclamó don Bernardo en la banca vecina haciendo esfuerzos evidentes para oír (la edad lo había dejado algo sordo). Un papel hizo llegar hasta la banca del ministro: “Me piden que hable más alto, pero no puedo”, dijo éste mientras baja la mirada, apagada la voz, encogido el ademán, seguía hilvanando recuerdos de la tiranía... Acabó apagándose del todo; y con una excusa por su estado de salud abandonó el recinto.

“Hubiera querido decirle al señor ministro – tomó la palabra don Bernardo para aclarar las alusiones a La tiranía – que soy un hombre que puede afrontar perfectamente el debate de sus actos políticos por mucho que los quiera él hacer retroceder... Cuando vuelva a su banca tendré el honor de aclararle esto y muchas cosas. Pero en su ausencia quiero decirle al Senado que este propósito, esta insinuación, este sistema diría ya ha sido puesto en práctica, pero que no me ha estorbado ni me ha cerrado el camino para que yo siga mereciendo la consideración, el aprecio de una gran parte de mis compatriotas, y si no obtengo la simpatía de la otra, debe reconocerse que me deben todos la más perfecta, consideración y el mas distinguido respeto... Y esos errores a que él ha aludido, que yo no acepto pero que podría tener que reconocer, son la causa de que yo haya venido a quedar alejado del movimiento político y administrativo del país... Y suponiendo que yo hubiera sido adicto a gobiernos despóticos, no puede negar el señor ministro que siempre me ha conocido partidario de las libertades públicas. En cambio él, que asegura haber comenzado su vida combatiendo por la libertad, hoy sostiene el más pleno absolutismo político, absolutismo administrativo”. Irigoyen bien sabía que él en nada había cambiado, que en 1895, como medio siglo atrás seguía defendiendo la causa del pueblo. Tampoco Quintana había cambiado, estaba en la vereda de enfrente antes como ahora.

The “Great Old Man”

Quintana no volvió al recinto. Fue a la Casa de Gobierno y de allí mandaría su renuncia al presidente Sáenz Peña. Con esta renuncia cayó el gabinete y poco después el presidente. El vice Uriburu toma el gobierno bajo el doble tutelaje de Roca y de Pellegrini. El Zorro siguió su obra de zapa en el partido radical. Tampoco Alem se entendía con su sobrino Hipólito Yrigoyen, y la noche del lº de julio de 1896 el caudillo desengañado, sintiéndose incapaz de llevar a la victoria sus huestes acaba su vida con un pistoletazo frente al Club del Progreso. Hipólito Yrigoyen toma la dirección del partido, pero los viejos radicales poco quieren saber con la jefatura de quien, hasta ese momento, no ha demostrado otras condiciones que la de consumado político de Comité. Se retira Lisandro de la Torre con su grupo de jóvenes del Jardín Florida; se aleja don Bernardo, seguido Por sus viejos amigos del alsinismo que han lanzado, una vez más, su candidatura presidencial.

La vida política de don Bernardo parece terminada sin duda alguna. Su última actuación debió ser el debate con Quintana y el derrumbe de la presidencia Luis Sáenz Peña. Nunca había tenido pasta de hombre de comité o de barricada. Es un estadista, nada menos, pero nada más. Su vida pública parecía terminada, mejor dicho, debió quedar terminada con su actuación en el Senado.

Pero... también the great old man cae (en ese melancólico final de su existencia) en la trampa dorada y bien urdida del Zorro y el Gringo. Y a los setenta y seis años comete la grave falta de aceptar la gobernación de Buenos Aires que Pellegrini le ofrece en bandeja de plata. Sus amigos se desbandan, y hasta alguno se suicida por el desconcierto. Y el diplomático de Rosas, el enviado de Urquiza, el ministro de Avellaneda y de Roca, el candidato a la presidencia acepta esa gobernación ingobernable: ese sillón que ya no es el de Don Juan Manuel, ni siquiera el de Carlos Tejedor, donde solamente se podía gobernar transigiendo con los pequeños intereses de los ciento seis caudillejos de comunas, dueños constitucionales de todo el poder, y árbitros de la Legislatura y del partido. Y transigiendo también (y sobre todo) con el Presidente de la República.

¿Acaso no sabía don Bernardo la realidad que tenía que enfrentar como gobernador de Buenos Aires ? Debió saberla tal vez; pero creyó que su fuerte prestigio podía permitirle navegar entre tan encontradas corrientes No tenía la habilidad ni las dotes politiqueras de Dardo Rocha, ni de Máximo Paz, ni de Julio Costa. Pero tampoco a los setenta y seis años, tenía la cabeza firme de Guillermo Udaondo que le hubiera permitido sobrellevar con relativo éxito su gestión.

Fracasó... Poco antes de dejar el gobierno escribía a José Bianco su secretario: “Estoy al final de la jornada. En obsequio del país cometí el error de aceptar la gobernación. Procedimientos que no quiero calificar han malogrado todas mis iniciativas y han nulificado todos mis esfuerzos. Termino mi mandato sin las satisfacciones del éxito, pero con la plena aprobación de mi conciencia”. Y de la Casa de los gobernadores se volvió casi solo a su vieja residencia de la calle Florida, de la cual no debió salir para hacer el Quijote en La Plata.

No ocupó ya ningún cargo público, pero ¡qué difícil de dejar es ese veneno de la política, cuando se ha gustado mucho tiempo su agridulce sabor! Roca llegaba por segunda vez a la presidencia cuando don Bernardo ocupaba el sillón de Buenos Aires. Si no obstaculizó abiertamente a su antiguo ministro, no es menos cierto que nada hizo por apoyarlo. Y don Bernardo emplearía sus últimos alientos en combatir al roquismo como en el 90, como en el 95.

En 1901 se quiebra la larga amistad de Roca y Pellegrini: en apariencia fue una cuestión financiera, en realidad (tal vez) la resistencia del Zorro para apoyar al Gringo en sus pretensiones presidenciales. Pero Pellegrini es la “gran muñeca” como le dicen sus amigos del Jockey Club: Roca debe “emplearse a fondo” contra tan potente enemigo que no solamente posee las viejas mañas aprendidas a su lado sino que es excelente parlamentario, gran estadista, y hombre “de amigos”, ya que no popular. Con Pellegrini se va el octogenario don Bernardo y el grupo de jóvenes que lo siguen: Rómulo Naón, Manuel Iriondo. Mientras otros – Vicente Gallo, José Bianco – vuelven a las filas del radicalismo sin romper su vinculación personal con su antiguo jefe.

En 1904 Roca lo hace presidente a Quintana después de haber alentado (como con don Bernardo en el 86), las aspiraciones de su ministro Marco Avellaneda. Nuevos valores han llegado a la política, y el “hombre fuerte” de la presidencia Quintana será el sucesor de don Bernardo en la gobernación de Buenos Aires: Marcelino Ugarte. Pero contra Quintana y Ugarte estrechan filas la Coalición Popular de Pellegrini y Emilio Mitre donde también toma lugar Irigoyen. Triunfante contra la revolución radical de 1905, el presidente Quintana será derrotado por la coalición en las elecciones de la Capital de 1906, que llevan a Pellegrini y sus aliados al Congreso.

Ese mismo 1906 muere Mitre; a poco Quintana después Pellegrini: un ciclo se cierra en la historia Argentina. Y casi al terminarse el año fatídico - el 27 de diciembre – muere también don Bernardo. “Su largo día – comenta Amadeo – terminó en una puesta de sol maravillosa, y las sombras cayeron de repente. Se quedó dormido: fue necesario tocarlo muchas veces para saber que estaba muerto”. Tenía ochenta y cuatro años. Y por la calle Florida, ya asfaltada y de letreros luminosos y donde ponían su nota estridente los primeros automóviles, pasó el entierro del gran viejo rumbo a la Recoleta: Por esa misma calle entonces empedrada, entre casas pintadas de punzó y jinete en un caballo enjaezado con el mismo color, el Joven Irigoyen había ido cincuenta y cuatro años atrás a Palermo, para ofrecerle a Manuelita Rosas sus primeros y únicos versos. Entre uno y otro viaje estaba casi toda la historia Argentina.

“He ocupado altos puestos públicos – leían sus hijos poco después su testamento – he tenido influencia política durante muchos años, y quiero declarar en este momento, en que pensando en una vida futura no es permitido apartarse de la verdad, que no he tenido directa ni indirectamente participación en ningún negocio con los gobiernos: que no he favorecido a mis deudos ni a mis amigos con negocios ni beneficios administrativos. Hago esta declaración para satisfacción de mis hijos. Declaro también que ni en la vida pública ni en la vida privada he abrigado odio o malas pasiones para nadie. Si; en las actuaciones políticas he tenido alguna vez resentimientos, éstos nunca llegaron a perjudicar a mis adversarios ni opositores, ni en sus personas ni en sus bienes”.

Se fue sonriente, afable, tolerante. Había vivido en una época de pasiones enconadas, y no supo de rencores aunque el odio lo manchara muchas veces y detuviera otras tantas su carrera. Pero subió firme, honestamente, con la mirada adelante, sin claudicar una sola de sus convicciones. Sereno y fuerte poseedor de la verdad que no cambió jamás por las clásicas migajas del banquete. Se vio, obligado a hacer de esa verdad un culto íntimo porque los tiempos suyos no eran propicios para gritarla en la calle. Y en su salón punzó de la casa solariega de la calle Florida, se quedó dormido para siempre el 27 de diciembre de 1906 don Bernardo de Irigoyen.

José María Rosa (h)
Historiador


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