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Arbelos junto a Cacho Envar El Kadri

A 43 años de la Operación Rosaura: “El exilio de un muchacho peronista”
Por Roberto Bardini
Publicado digitalmente: 18 de septiembre de 2006
Entrevista con Carlos Arbelos, uno de los militantes del MNR Tacuara que participó en el asalto al Policlínico Bancario en 1963, posteriormente miembro de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), luego exiliado en España y hoy convertido en crítico de arte flamenco en España.

El 6 de mayo de 2005, un periódico de Almería (España) publicó una noticia que comenzaba así: “El prestigioso fotógrafo y crítico de flamenco Carlos Arbelos presenta en el VI Certamen Internacional de Guitarra Clásica de Cajamar su exposición ‘Duende y Bordón’, con fotografías de tocaores míticos, como Paco de Lucía o Tomatito...”.

La nota se refería a un argentino del barrio de Belgrano, nacido en 1944, ex alumno del Colegio Nacional Roca y estudiante de Arquitectura de 1962 a 1964. Se trata de un hombre que vivió 30 años en Argentina y que reside desde hace 32 en España.

Los datos biográficos de Carlos Arbelos, hoy con domicilio en Granada y dedicado al arte flamenco desde 1985, registran que ha realizado programas de radio y televisión, que es colaborador habitual en revistas especializadas del arte jondo y que ha publicado varios libros: Antonio Mairena: la pequeña historia (1988), El Flamenco contado con sencillez (2002), Sinmisterios del flamenco (2003) y Granada Flamenca (2003). También ha sido expositor en congresos y seminarios, jurado en diversos concursos del arte gitano y premiado por la “Mejor labor didáctica” en el Festival Internacional de Cante de las Minas (2003) y por la Cátedra de Flamencología de Jerez de la Frontera (2005-2006).

Extraños zigzag de la vida: en su adolescencia, el hoy reconocido crítico y fotógrafo colaboró con la Resistencia Peronista, militó en el Movimiento Nacionalista Tacuara que dirigía Alberto Ezcurra Uriburu y posteriormente se integró al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT) encabezado por Joe Baxter y José Luis Nell.

Arbelos estuvo implicado en el asalto al Policlínico Bancario el 29 de agosto de 1963, conocido como “Operación Rosaura” y considerado el primer operativo de guerrilla urbana en Argentina. Pasó un primer destierro en Uruguay y conoció las celdas de Villa Devoto, Caseros, Rawson y el buque-cárcel Granaderos. A comienzos de la década del 70, se sumó con otros ex militantes del MNRT a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y al Peronismo de Base (PB), vivió la clandestinidad junto con Envar El Kadri y, finalmente, en 1974 tuvo que exiliarse en España amenazado por la Triple A.

Lo de “finalmente” es un decir, porque en la vida de Carlos Arbelos hubo más zigzag, gambetas y altibajos. En Madrid administró un restaurant llamado Cafetín de Buenos Aires, vendió alfombras árabes y tapices persas, redactó para sobrevivir artículos que firmaban otros y se dio el gusto de atravesar la frontera con Portugal, a pesar de tener un pedido de captura de Interpol, para ver la “Revolución de los claveles” impulsada por el Movimiento de las Fuerzas Armadas que derrocó a una dictadura de 40 años.

En 1977 fue detenido en el aeropuerto de Barajas junto con Alfredo Roca y Horacio Rossi –viejos camaradas de Tacuara– acusado de participar en París del secuestro de Luchino Revelli-Beaumont, director-gerente de la Fiat en Francia, por el que se pagó un rescate de dos millones de dólares. Sin juicio, estuvo preso en la cárcel de Carabanchel, con pedidos de captura de las policías de Francia, Italia y Suiza. Después de salir en libertad por falta de pruebas, en 1978 vivió un nuevo exilio en Costa Rica en compañía de Roca, con quien más tarde –de regreso en España– publicó cuatro libros: Argentina, peronismo y democracia (1980), Los muchachos peronistas (1981), Evita: No me llaméis fascista (1982) y Argentina: Proceso a la violencia (1983).

Ahora, a los 62 años, Arbelos acaba de concluir un texto autobiográfico que narra todas estas peripecias y que editará en Argentina: El exilio de un muchacho peronista. La próxima aparición de este libro, los 43 años de la “Operación Rosaura” que se cumplieron en agosto y el afán de hurgar en viejas historias con repercusiones en el presente, son los motivos que justifican esta entrevista.

Hace 32 años que te fuiste de la Argentina perseguido por la Triple A. ¿Aún te considerás un exilado?

Sí, y no pienso regresar hasta que en Argentina se haga justicia. Hasta que todos los militares, policías, políticos, religiosos y colaboradores paguen por los crímenes que perpetraron impunemente, sobre todo en el período 1974-1983. Mientras haya un torturador suelto y un asesino en libertad –que hasta en algunos casos cobran jugosos sueldos o jubilaciones– no me propongo regresar a la Argentina.

Tal vez la historia me gane la partida y no vuelva nunca, pero como en el final de la película Una vida difícil, protagonizada por Alberto Sordi, el día que me vaya –si estoy aquí– les haré una grossa pernacchia. De ahí que el último libro que acabo de escribir reciba el nombre de El exilio de un muchacho peronista, que comienza cuando me fui de Buenos Aires en 1974 y se cierra en el día de hoy, pero no con un punto final, sino con un punto y seguido.

En agosto se cumplieron 43 años del asalto al Policlínico Bancario. ¿Qué se proponía el MNR Tacuara con esa acción?

Pensábamos en generar la insurrección armada a partir de una serie de hechos protagonizados por una vanguardia política, que asumiese la violencia como respuesta a las violencias que se fueron generando desde la “revolución fusiladora” de septiembre de 1955. Para lograrlo había que crear una importante infraestructura y para ello hacía falta dinero. Esa insurrección iba tener tres ejes: un foco rural en Formosa, la masiva realización de actos de violencia urbana con formas operativas simples –que fueran calando en la mayoría del pueblo peronista– y la liberación de las Islas Malvinas del dominio inglés para que allí se asentara Juan Perón y dirigiera todo el proceso de liberación nacional.

El grupo que participa en la “Operación Rosaura” no lo hace con una visión homogénea, aunque finalmente la asumimos todos. Se discutió sobre la conveniencia o no de firmarlo, se discutió la presencia de los entregadores –que eran los hermanos Gustavo y Lorenzo Posse, ajenos a nuestra actividad política– en quienes veíamos el punto más débil de la operación. Esto se confirmó luego, ya que la investigación policial se inició a partir de la dilapidación del dinero que obtuvieron por suministrar el dato, y su escasa fortaleza para resistir el primer embate policial. También analizamos el comportamiento operativo, sobre todo de José Luis Nell. Lo hablamos con él y aunque hoy esté muerto, victima de la violencia de la derecha peronista más nefasta, creo que es bueno para su memoria hablar de ello.

Nell estaba armado con una pistola ametralladora y disparó contra el sargento de policía que custodiaba el dinero...

El sargento, que estaba a punto de jubilarse, intentó desenfundar su arma y José Luis disparó. La ráfaga hirió al agente y a tres empleados, y mató a un ordenanza y al chofer de la camioneta que transportaba el dinero. Para entender la conducta de José Luis en el operativo del Policlínico Bancario, hay que saber que tenía una profunda formación militar, primero en el Liceo Militar y luego en el grupo de milicias de Tacuara. Con esa arraigada formación llega al Policlínico Bancario, y por eso da una voz de alto –fuerte y clara– desde cinco metros de donde estaban descargando el furgón con el dinero. Si en vez de ello hubiese dado cinco zancadas y abordado de cerca –como habría hecho cualquier bandido– no habríamos tenido que lamentar las víctimas, que no respondieron a la voz militar de “¡alto!”.

Él comprendió posteriormente el error, pero ya era tarde para hacer una autocrítica. El daño estaba hecho y comprometió la limpieza de la recuperación del dinero. Esto caló profundamente en el MNRT, a tal punto que a partir de la “Operación Rosaura” no se realizaron más operativos militares, ni de rescate de armamento, ni de dinero.

¿Y cómo ves aquel hecho más de cuatro décadas después?

Hoy lo considero un lamentable acontecimiento y en aquel momento también, aunque se lo haya idealizado, fruto del desarrollo de la teoría del “foco” guerrillero urbano, la mala lectura de la experiencia de la revolución argelina y del trasplante forzado de la experiencia de los rebeldes cubanos con la toma del poder en enero de 1959.

¿Cómo fue la “peronización” del MNRT? ¿Qué papel desempeñaron personajes como Joe Baxter, José Luis Nell y Jorge Caffatti, por mencionar tres nombres representativos de aquellos años?

Ninguno de los tres tenía una experiencia peronista previa. Desde distintos ángulos provenían del Movimiento Tacuara, al que asumieron como primera experiencia política, sobre todo por su carácter nacionalista y revisionista de la historia y por una sensibilidad social particular que los podía acercar a las teorías sociales de la Falange Española o al contenido verbal del socialismo de Benito Mussolini. De los tres, quien más relación había tenido con los peronistas era José Luis, por una temprana amistad con Envar El Kadri.

Al final, ninguno de ellos se sentía cómodo dentro de Tacuara por el abuso de las teorías nazis y fascistas que primaban ideológicamente. El triunfo peronista del 18 de marzo de 1962 –cuando Andrés Framini, dirigente sindical de los textiles, gana la elección para gobernador en la provincia de Buenos Aires– acelera la ruptura de todo un grupo con la Tacuara de Ezcurra Uriburu. En ese grupo estaban Joe, José Luis y Jorge, además de Alfredo Roca, Tommy Rivaric, Alfredo Ossorio, Jorge Cataldo, Rubén Rodríguez, Mario Duhay, Amílcar Fidanza y unos cuantos más. La propuesta era abandonar los rescoldos de aquella ideología nazi-facho-falangista y asumir al peronismo como vehículo para la liberación nacional.

Para resumir, podría decirse que Joe Baxter giraba más a la izquierda, José Luis Nell apostaba más por una vanguardia detonante y Jorge Caffatti lo hacía hacia aspectos más populares; los tres siempre dentro del marco peronista.

La lectura de teóricos como Juan José Hernández Arregui, John William Cooke y Jorge Abelardo Ramos nos abre una nueva perspectiva, incluso hacia un peronismo que podría considerarse “de izquierda”, aunque algunos den alaridos escandalizados. Pero nadie podrá negar que éramos peronistas y que estábamos dispuestos a la lucha.

Y en este proceso de cambios, ¿cómo se produce tu integración a las Fuerzas Armadas Peronistas y al Peronismo de Base?

Cuando surgen las FAP, yo estoy preso en la cárcel de Villa Devoto. El conocimiento que tengo es de segunda mano. Claro que es una segunda mano de lujo, porque quien primero nos habla de ellas es Carlitos Caride, que también había sido detenido. Para esto ya habían caído Cacho El Kadri y los compañeros que estaban preparando el foco rural en la localidad tucumana de Taco Ralo. Más adelante –y siempre en prisión– Cacho corrobora y amplía todo lo charlado con Carlitos en los largos días de cárcel.

La idea de crear una Fuerza Armada Peronista independiente surge en 1963 en el seno del Movimiento Revolucionario Peronista (MRP), pero tras su desmembramiento y disolución Cacho El Kadri retoma el plan a finales de 1966 o principios de 1967, con su estructura nacional del Movimiento de la Juventud Peronista, algunos compañeros que estaban en libertad del ya desaparecido MNRT y otros provenientes del grupo de John William Cooke, como Amanda Peralta.

En la prehistoria de las FAP se realizan acciones de expropiaciones de armas y de dinero con la idea de crear una sólida infraestructura político-militar. Y antes de hacerse pública su aparición, surgen las primeras contradicciones con relación a la metodología a emplear. El Kadri impulsa la creación de un foco guerrillero rural, mientras que Caride y el grupo de ex MNRT aboga por la guerrilla urbana. La discusión se zanja conciliando ambas formas de lucha. Las detenciones del grupo de compañeros en Taco Ralo, en 1968, precipitan las cosas y al poco tiempo de esa caída aparecen públicamente las FAP en acciones operativas de tipo urbano.

Hace un momento dijiste que luego de la experiencia del asalto al Policlínico Bancario MNR Tacuara decidió no realizar más operativos militares para conseguir armamento o dinero. ¿Cómo se entiende entonces esta nueva opción por la guerrilla urbana?

Desde la cárcel y después de mi experiencia en el MNRT, yo veía con reticencias la aparición de esta nueva vanguardia armada dispuesta a liderar el proceso de liberación nacional. Esto ya lo habíamos discutido desde la prisión, a través de cartas, con los ex MNRT que aún quedaban en libertad, tomando como base Revolución en la revolución, el libro de Regis Debray. Sin embargo, las charlas con Carlitos Caride y luego con Cacho El Kadri fueron disipando esas reticencias. Ellos nos hablaban de una estructura nacional creada a partir del Movimiento de la Juventud Peronista, el acercamiento de antiguos activistas de la Resistencia Peronista, de la Juventud Revolucionaria Peronista, de sindicalistas que estaban fuera del vandorismo y de otros grupos provenientes de la corriente católica de la teología de la liberación, de sectores de las Cátedras Nacionales e, incluso, del Movimiento de Cine y Liberación.

¿Y a partir de entonces cuál era la diferencia en el modo de operar con el MNRT?

Esto no era ya la estructura cerrada del viejo MNRT. Se abría hacia un abanico más amplio de sectores sociales, incluso se sumaban algunos sindicalistas y antiguos militares peronistas, por supuesto degradados por la “revolución libertadora”. Sin embargo, la estructura se mantenía férreamente militarizada en compartimentos estancos, lo que no favorecía la ampliación masiva de una fórmula que estaba creando simpatías en la masa peronista.

Los términos de unidad política por ese entonces son bastante genéricos: se luchaba por el retorno de Perón y por las tres banderas justicialistas. Las contradicciones giraban en torno al socialismo y al marxismo que algunos compañeros impulsaban, mientras que otros eran muy remisos a estas formas ideológicas. Ante este panorama fue natural que los presos del MNRT nos identificáramos con las FAP. Luego se crea el Peronismo de Base (PB) para ampliar el desarrollo en los frentes de lucha de la clase trabajadora peronista que culmina en la formulación de la “alternativa independiente de la clase obrera peronista”.

En aquella época, ¿cómo veían las FAP a las otras dos organizaciones armadas peronistas –los Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)– y cuáles eran las diferencias con ellas?

Hay dos realidades diferentes con Montoneros y FAR. La que se vivió en la calle y la que viví yo, junto a otros compañeros de las FAP, en la prisión. Y también hay períodos diferentes. Cuando las dos organizaciones aparecieron en el panorama político, la relación fue fraternal y solidaria. Se intercambiaba información, se facilitaban infraestructuras. Este hermanamiento desembocó en algunas operaciones politico-militares conjuntas que se hicieron bajo la denominación de Organizaciones Armadas Peronistas ( OAP).

Luego las diferencias políticas separaron a unos y acercaron a otros. Concretamente alejaron a Montoneros mientras que con las FAR se produjo un mayor acercamiento, al punto que en algún momento ellos se plantearon integrarse en las FAP.

¿Cuales eran las diferencias? Ellos asumían el peronismo acríticamente y eso para las FAP era intolerable, porque suponía no respetar ni valorar todo el proceso político y de resistencia anterior y no cuestionar ninguno de los ángulos cuestionables de Juan Perón, ni ver las diferencias ideológicas que había dentro del peronismo. Para verlo más claro: para ellos era lo mismo un empresario peronista como José Ber Gelbart que un obrero anónimo que también se reconocía peronista.

A medida que esas organizaciones se fueron desarrollando, comenzaron a aparecer los matices. Mientras los Montoneros adoptaban una actitud más movimientista y les daba lo mismo ocho que ochenta, las FAR asumían el peronismo desde una clara posición de izquierda y a Perón lo miraban de reojo y con desconfianza. Finalmente las FAR fueron seducidas por la masiva adscripción a Montoneros de grandes sectores de la juventud de clase media y terminaron fagocitados por ellos y perdiendo aquella identidad que los hacía diferentes.

En la cárcel conviví con muchos compañeros de ambas organizaciones. Me llevaba bien con ellos, especialmente con los de las FAR que eran menos rigurosos en sus planteamientos de convivencia, más flexibles. Y aún me duele la muerte absurda de muchos de ellos. Me daba bronca que se saltaran los 18 años de lucha de la clase trabajadora peronista, pero a decir la verdad las FAR eran más respetuosas con eso que los Montos, para quienes el proceso político comenzó cuando ellos mataron a Aramburu en junio de 1970. Como decía un compañero de las FAP, el “Toto” Franco, “para ellos la historia peronista es como en el cine continuado: la película empezó cuando llegaron”.

¿Qué balance hacés hoy de la década del 70? ¿Qué considerás entre los aciertos de las organizaciones armadas y qué entre los errores?

Acertaron en crear una conciencia política en una generación que hasta ese entonces parece que en Argentina habían vivido en Babia. Jóvenes que no sabían quien había sido Juan Manuel de Rosas ni Facundo Quiroga descubrieron que, además de las figuritas que le habían mostrado en la escuela, había otros próceres, mucho más enraizados con la Argentina real, y no con la que nos gestó el imperio colonial. Y la pifiaron en no valorar el carácter contradictorio de las fuerzas políticas que confluían en el peronismo y en una soberbia desmedida que los llevó a enfrentarse con Perón.

¿Qué representó el exilio? ¿Qué fue lo bueno, lo malo y lo feo?

El exilio de un muchacho peronista, libro ya terminado pero a la espera de que una mano profesional corrija y documente con calma, trata largamente este tema. La opción de vivir fuera de Argentina surge en el año 1974, cuando crecía la espiral de violencia entre la derecha peronista y los Montoneros y otras organizaciones de la izquierda armada. El asesinato en 1974 del periodista Pedro Leopoldo Barraza –un compañero que había señalado a los responsables del secuestro y muerte de Felipe Vallese en 1962– actuó como detonante final. Un grupo de compañeros amenazados por la Triple A decidimos irnos para no comprometernos en un proceso de violencia al que le augurábamos un mal fin. Fue un presagio que lamentablemente se cumplió.

Cuando uno emprende el camino del exilio, piensa que este trayecto será corto, que a los pocos meses o tal vez en un año podrá regresar, que las cosas cambiarán para bien. Y con esa ilusión partí. Pero los acontecimientos no posibilitaron el retorno. Primero aumentó la espiral de violencia. Luego llegó la dictadura militar. Después vinieron los gobiernos conciliadores de Alfonsín y Menem con los asesinos más crueles de nuestra historia. Todo eso determinó que mi exilio se prolongara, porque decidí que hasta que no se haga justicia con esa parte de nuestra historia optaré por vivir en España. Y no me arrepiento de esta decisión, ya que en España conocí –como dicen los gitanos– el bien más preciado que tiene el hombre que es la libertad, algo que yo no conocí en Argentina. Haciendo cuentas, pasé más de la mitad de mi juventud detrás de las rejas.

Cuando era un niño, todos los domingos se celebran asados en la casa de mi tío Francisco “Paco” Arbelos –que en gloria esté– y esos asados terminaban siempre cantando, porque no faltaba alguien que aportara una guitarrra. Y generalmente se cantaba la Marcha Peronista como culminación. A partir de septiembre de 1955, los asados se siguieron haciendo con menor frecuencia, pero ya no se cantaba “la marchita”. Y si alguien lo intentaba, se lo hacía callar de inmediato. Ésa era la libertad de “libertadora” que conocí con apenas 11 años. Después, ya en el conflicto entre enseñanza libre o laica, en 1958 empecé a correr delante de la policía y creo que no paré hasta 1974. Siempre la policía por detrás. La libertad para mí en Argentina fue una entelequia, pero en España tuve el privilegio de ser testigo de todo el proceso de recuperación de la democracia tras la muerte del dictador Francisco Franco. Esto es lo bueno de mi exilio.

Lo malo es todo lo que se queda por detrás, las ilusiones, los sueños, los olores y sabores de la infancia, una idiosincrasia que hay que ir transformando, treinta años de vida en Argentina y el dolor que muchos amigos y compañeros ya no están…

Lo feo tiene otros ribetes y está relacionado con los compañeros que no pudieron soportar el exilio, y se fueron bebiendo un alcohol amargo que les hizo dejar la vida en estas tierras, como el caso del “Gallego” Salvador Buzzeta o el “Toto” Franco en Brasil. Y algunos comportamientos nada solidarios de quienes creías tus compañeros también afean este exilio. Pero frente a esto está el recuerdo de la entereza y sonrisa de muchos otros y, sobre todo, la enorme solidaridad el pueblo español que muchas veces al evocarla en anécdotas me llena los ojos de lágrimas, por la felicidad de haber compartido tamaña entrega.

Ya que hablamos del exilio, ¿cómo surge la idea de este libro? ¿Es un último ajuste de cuentas político o vendrán otros?

En España, y especialmente en Andalucía donde vivo, nunca se habla del último o la última. Siempre es la penúltima copa, la penúltima despedida y así sucesivamente, porque el último es un viaje sin regreso. Por otra parte, Lo que vendrá es un tango que nos dejó el maestro Astor Piazolla y la respuesta la dejó en suspenso, tal como yo dejo ésta.

La idea de plasmar en un libro mi experiencia durante estos años surge de una larga serie de conversaciones con Alfredo Ossorio, paseando por Granada en 2004. Él me impulsó a hacerlo a cuenta de las cosas que yo le iba contando sobre este exilio y lo que pensaba sobre la realidad que había vivido. No es casual que la idea surja de Ossorio: él fue mi primer compañero en 1958 y batallamos juntos hasta que el año de 1974 nos separó en los espacios geográficos, ya que él decidió exiliarse en Mexico. Uno de los últimos capítulos de El exilio de un muchacho peronista está dedicado casi por entero a él y a la relación que sostuvimos a lo largo de los años. Digamos que estuvimos 30 años sin vernos, pero al reencontrarnos fue como si nos hubiéramos dejado de ver ayer. Nos entendimos como lo hicimos toda la vida, incluso saltándole por encima a un periodista que quería hacernos una entrevista. Ni siquiera se habían perdido las viejas complicidades y los guiños. El me convenció de hacer el libro, porque sostenía que la memoria de estos años no se debía perder y porque mi memoria individual era una memoria colectiva. Así lo entendí yo también, pero lo comprometí a que él escribiera el prólogo.

En cuanto al “ajuste de cuentas”, yo tengo todas mis cuentas saldadas. Y si después de leer mi libro algún personaje o personajillo considera que estoy ajustando cuentas con él, será porque tal vez me deba algo.

Roberto Bardini
Periodista


© (2006) Roberto Bardini
Todos los derechos reservados.
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