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Amanece sobre Bagdad
Cómo los militares de EEUU están utilizando balas y granadas para rehacer Iraq
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Cómo los militares de EEUU están utilizando balas y granadas para rehacer Iraq

Análisis de Karl Zinsmeister, prototipo del neocon que finje pensar
El agotamiento de las "usinas" de ideas conservadoras
Traducción del The New York Times y Comentario IRW
Por El Equipo
Publicado digitalmente: 28 de agosto de 2006

Comentario IRW
Artículo de "The New York Times"

Equipo de Investigaciones 'Rodolfo Walsh'Comentario IRW



La fábrica de “ideas” no para... es mejor estar alerta.

El autor de la nota presenta al más nuevo asesor de la Casa Blanca, retratando el nivel al que ha llegado la reserva intelectual durante la administración Bush. Ahora las situaciones tienen que adecuarse a los intereses de los grupos, que a su vez deben ser sustentadas por análisis y estudios que den soporte a “ideas” que terminarán justificando los hechos y acciones que vienen, justamente, a generar esas situaciones que muchas veces se confrontan con una realidad que se resiste a darles espacio. En este contexto aparecen personajes cada vez más patéticos y peligrosos.

Que la crítica venga de uno de los suyos es significativo, porque no faltarán quienes, en estas latitudes asuman las “nuevas ideas” como reveladoras y doctrinarias, adornándolas de tintes locales.
Suerte que se está llegando al punto del absurdo gracias a que los cerebros tendrán algún límite para elaborar -unos- y digerir -otros- argumentos que chocan sistemáticamente con la realidad y hasta con los intereses mas elementales de los sujetos.

Vale la pena prestar atención, después de todo Thomas Frank , del New York Times, pensará: “...el que avisa no es traidor...”

El Equipo

Karl Zinsmeister por Thomas Frank

Así habló Zinsmeister


The New York Times TimesSelect
Por Thomas Frank, columnista invitado
Publicado el 25 de agosto de 2006

En sus momentos más grandilocuentes, los portavoces de los conservadores dirán que la ascendencia que los republicanos vienen ejerciendo desde hace décadas sobre el gobierno de Estados Unidos es un logro intelectual, que el Partido Republicano prevalece por ser "el partido de las ideas". Y, de hecho, a lo largo de las últimas tres décadas surgieron institutos y fundaciones de orientación conservadora que terminaron por transformarse en una poderosa institución casi académica, con presupuestos millonarios y falanges de "investigadores profesionales" y de "distinguidos catedráticos".

En cuanto los académicos de verdad se preocupan con cuestiones controvertidas como certeza y ecuanimidad, los estudiosos que trabajan para el American Enterprise Institute, la Heritage Foundation y el Cato Institute proceden con audacia en el conocimiento, como afirma un influyente texto conservador, que las ideas tienen consecuencias. Felizmente, las consecuencias sólo afectan a los demás.

Y es por eso que ahora salta al escenario nacional un cierto Karl Zinsmeister, ex-editor de la revista oficial del American Enterprise Institute [1] y actualmente principal asesor del presidente para cuestiones de política doméstica. En los círculos de derecha, él es considerado como un peso pesado intelectual. Pero lo que su carrera realmente nos muestra es al agotamiento cada vez más próximo del sistema intelectual conservador; su apego desesperado a clichés deslucidos y tambaleantes; y una ceguera tan persistente y tan bizarra delante de las realidades del conservadorismo en el poder que seria posible clasificarlas como un caso de deliberada ilusión personal, o, en el caso de Zinsmeister, como alucinación.

Comencemos por la infame declaración de Zinsmeister según la cual las personas de Washington son "seres humanos moralmente repulsivos, engañadores e indignos de confianza", una alegación que él posteriormente aclaró afirmando que se refería apenas "a la clase privilegiada" de la ciudad. Habría justificativa para leer sus palabras como obvia referencia a los lobbies, a los investigadores parciales en su visión y a los congresistas recaudadores de donaciones que componen la maquinaria Republicana.

Pero basta con leer al pasar el conjunto de la obra periodística de Zinsmeister para descubrir que sólo los liberales, con raras excepciones, son capaces de repugnancia, inestabilidad y participación en elites privilegiadas. Esa última cualidad es un punto que Zinsmeister enfatiza vigorosamente en sus escritos. A lo largo de los años, sus editoriales retornan innúmeras veces a las "elites" y sus nefastos hábitos: "Elites educacionales", "elites de la costa este" y "elite de los profesores/abogados/periodistas/activistas", todas ellas vergonzosamente fuera de sintonía con la buena gente de EEUU.

Ahora bien, yo defiendo vigorosamente la crítica a las elites, comenzando por el antiguo empleador de Zinsmeister, el American Enterprise Institute, que ha sido por mucho la voz confiable del dinero corporativo. Los dirigentes del instituto condujeron en los hechos la campaña presidencial de Barry Goldwater, en 1964, y fueron sus profundos pensadores que, después de encontrar espacio en el gobierno Bush, soñaron la guerra en Irak. Hoy, las filas de la organización representan una lista abarcadora del poderío conservador en Washington, no existe un grupo mejor relacionado sacando al propio gobierno.

Seria posible alegar que el instituto es una lección viva sobre la capacidad de retorcer el debate sobre el poder que las elites y las clases superiores ostentan. Pero eso implicaría que tenemos clases sociales y, como Zinsmeister escribió un día, la idea de que "existen clases distintas en EEUU es dudosa".

Entonces, ¿porqué Zinsmeister desperdició tanta tinta en sus ataques a las elites y a sus acciones? Es ahí que entra el mágico concepto de mercado, la fuente de poder de las grandes empresas y de todo lo que existe de más sagrado. El funcionamiento del libre mercado "es democracia", escribe Zinsmeister, "con diversidades de agentes económicos ejerciendo su derecho de voto". La democracia en sí, sin embargo, caso tome la forma de un Estado dotado de poder regulador, "es monarquismo. Permite que un puñado de personas en la corte dicten normas a las masas".

Tráguese esta idea, y todo el resto comienza a tener sentido: el hecho de que los liberales sean una elite aunque no lo sean, el hecho de que la economía de explotación de mano de obra instalada en las Islas Marianas existe por voluntad de un pueblo humilde que desea escapar de las garras de un gobierno central opresivo (argumento que la revista de Zinsmeister defendió en 1997), y el hecho de que el editor de la revista de un instituto de investigaciones muy bien provisto de recursos económicos, tiene todo el derecho de aconsejar a las víctimas de la exclusión económica, que paren de quejarse.

Tráguese una dosis exagerada de estas ideas y el todopoderoso mercado comenzará a disolver el criterio moral de los lectores. Tal vez hasta sea posible que usted reduzca al Todo-Poderoso a un slogan publicitario. En una edición de 2003, la revista de Zinsmeister tenía por titular las palabras "Con Dios las cosas van mejor", reaprovechando un slogan de Coca-Cola de forma de permitir que el Rey de Reyes ocupase momentáneamente el trono de la Marca entre las Marcas. Un mejor escritor podría haber propuesto "a mi me gustaría comprar un Dios para el mundo", pero Zinsmeister tal vez pueda ofrecer ese lema al nuevo patrón.


NOTAS:

[1] Consultar: http://www.taemag.com/



Traducción: Jorge Alonso
Versión original del artículo (en inglés):
The New York Times - TimesSelect (por suscripción)

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