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Alberto J. Franzoia   
Los intelectuales y la utopía
Por Alberto J. Franzoia
(¿Quién es Alberto J. Franzoia?)
Publicado digitalmente: 5 de agosto de 2006

Mostrar la realidad, describirla y si es posible explicarla, supone desarrollar en forma explícita o implícita una filosofía acerca de qué condiciones ha de cumplir dicho proceso. La concepción más difundida por coincidir con los intereses de las clases dominantes, es aquella que presupone la posibilidad de gestar un conocimiento caracterizado como “la objetividad pura”, con ausencia total de condicionantes; en donde objetividad, además, se corresponde con la neutralidad valorativa. Alguna vez trabajamos este tema destacando que la objetividad es posible pero nunca se da en forma pura, ya que presenta condicionantes que deben ser aceptados y explicitados como condición necesaria de rigurosidad [1]; y la neutralidad es algo bien distinto. La primera tiene que ver con la construcción de un conocimiento verdadero sobre el objeto; la segunda se vincula con la posición que adoptamos ante el mismo. Desde esta perspectiva puedo hacer una descripción y explicación del objeto X lo más cercana posible a su realidad (y hay técnicas para validar lo sostenido), pero por otra parte, ante X adopto una posición favorable, contraria o ubicada en la gama de posibilidades que median entre los dos extremos; es decir, no soy neutral.

Para un positivista lo que es “es” (no encierra por lo tanto su propia negación dialéctica) y el investigador, político o periodista serio es aquel que se limita a mostrar eso que “es”. Decimos que esta versión del conocimiento coincide con los intereses de las clases dominantes, porque esa actitud contemplativa ante la realidad excluye toda posibilidad de negación crítica de la misma y por lo tanto cierra los caminos alternativos para la transformación (lo cual supondría un compromiso con esa realidad). Si el sistema de opresión mundial logra presentarse como la naturaleza de las cosas, la realidad es lo que hay, entonces pensar en superar esa realidad se presenta como un delirio subjetivo, cuyos propietarios son los ilusos revolucionarios de la política, los ideólogos que pretenden hacer ciencia y periodismo, los locos poetas del amor, los psicológicamente desequilibrados, o los socialmente resentidos.

Desde esta perspectiva ser políticamente correcto es hacer política realista, de allí que en los noventa para buena parte de la dirigencia peronista Menem era el político posible de una etapa de la historia inmodificable, la ciencia seria era la positivista, el amor realista apostaba a pretendientes o pretendidas con su situación económica resuelta, los sujetos de psiquismo sano eran los adaptados que no deseaban más de lo que las condiciones objetivas le permitían desear, ser socialmente normal era desempeñar sin chistar el rol que a cada uno le corresponde en una sociedad “funcional”, y si uno se quedaba finalmente afuera, sobretodo en la periferia del sistema global, debía aceptar su condición de excluido para ir en busca de la caridad practicada con cuentagotas por un Estado devaluado.

Pero como la historia se construye con flujos y reflujos, avances y retrocesos, llegó el siglo XXI y los comportamientos comienzan a modificarse en busca de ese unicornio que parecía perdido pero que de pronto comenzamos a visualizar allí lejos, en un horizonte borroso, pero aún así posible. De la forzada certeza de lo que “es” vamos transitando, a paso lento pero cada vez más firme, hacia esa negación que todo ser o cosa encierra. Entonces la posibilidad de superar la política realista, la ciencia y periodismo garantizadores del continuismo, el amor mercantilizado, el psiquismo adaptado, la adaptación funcional al sistema, o la exclusión protegida por una caridad insuficiente y culposa se convierte en el regreso largamente esperado de la utopía.

Pero como la utopía fue descalificada o ridiculizada durante los años del realismo absoluto, es necesario recordar cómo la definimos los revolucionarios. Utopía no es el lugar imaginario al que nos escapamos para no enfrentar la objetividad de las cosas; no es la fantasía de ilusos que caminan a varios centímetros por encima de la tierra como contrariando la ley de la gravedad; no es sinónimo de un idealismo irrealizable; ni tampoco está tan devaluada en nuestra percepción que la reducimos a las pequeñas cosas que nos permiten resistir el no cambio de las grandes y trágicas cosas. La utopía está volviendo con la fuerza de los grandes proyectos colectivos irrealizados pero realizables. Es la certeza de que otro mundo es posible sólo si tenemos la suficiente convicción subjetiva como para comenzar a construirlo sin desconocer los factores que objetivamente lo condicionan; porque la historia es independiente de la voluntad individual de cada uno pero nunca de la voluntad colectiva de un pueblo.

Para que los pueblos de nuestra América Latina puedan disfrutar un mundo distinto es evidente que ante todo deben derrotar al imperialismo, y eso ocurrirá si se dan ciertas condiciones, entre las cuales una muy importante es que nosotros mismos, como dijo Chávez en Córdoba, lo hagamos posible. No hay cambio estructural sin lucha, ni lucha con posibilidades de éxito sin conciencia. Hemos comenzado a traer de regreso a casa esa gran realidad que aún no hemos concretado. No es un sueño, es lo objetivamente posible si somos capaces de modificar la supuesta “naturaleza de las cosas” trascendiéndolas hacia su propia negación, esa que está contenida precisamente en la realidad objetiva. En el campo de la política, la ciencia y el periodismo luchar por realizar la utopía significa renunciar a la filosofía positivista que nos han transmitido los intelectuales que nos formaron durante años, esa fracción de intelectuales que producen y difunden sistemática y asistemáticamente las ideas que le permiten a las clases dominantes consolidar y perpetuar su dominio. Para los que trabajamos con las ideas, por lo tanto, ha llegado un tiempo más propicio para que produzcamos y difundamos otras ideas. Las ideas que se corresponden con los intereses estratégicos de las clases y sectores mayoritarios y hasta ahora dominados. Pero para ello es imprescindible renunciar a la supuesta neutralidad valorativa como condición necesaria para gestar un conocimiento no sólo verdadero sino transformador. Para qué puede servirnos el conocimiento si no es para modificar las condiciones de la vida, haciéndola más justa, más libre y más bella. La neutralidad es una de las tantas farsas que engalanan el conocimiento gestado por los intelectuales de las clases dominantes; en América Latina: las oligarquías nativas y las burguesías de los países imperialistas.

Un caso típico de “neutralidad”como condición para la “objetividad” es presentado en el campo periodístico por la CNN, como lo puede comprobar cualquier televidente medianamente lúcido que sintonice la emisora en estos días. Ante la enfermedad de Fidel la cadena no sólo informa sobre su estado actual de salud, sino que recurriendo a analistas que en su totalidad se identifican con el anticastrismo se especula permanentemente con su posible muerte, mientras como telón de fondo nos bombardean con imágenes de integrantes de la comunidad cubana en Miami festejando la noticia (como si esa fuera la realidad objetiva de Cuba). La cobertura del tema por parte de la “prestigiosa” CNN resulta tan neutral como quienes en la Argentina de los años cincuenta pintaron en un muro la vergonzosa leyenda “viva el cáncer”. Por cierto una mirada muy distinta de los hechos se puede observar en Telesur, que sin desconocer la gravedad del tema no especula con la muerte del líder, y si bien muestra algunas imágenes de los eufóricos exiliados también recorre calles de Cuba o de Venezuela entrevistando a gente del pueblo que presenta un estado de ánimo en general muy distinto al prevaleciente en Miami. También distinta es la mirada de un intelectual de la talla de Gabriel García Márquez cuando se refiere a Fidel y su pueblo (el que se quedó a pelear por la patria): “Cuando habla con la gente de la calle, la conversación recobra la expresividad y la franqueza cruda de los afectos reales. Lo llaman: Fidel. Lo rodean sin riesgos, lo tutean, le discuten, lo contradicen, le reclaman, con un canal de trasmisión inmediata por donde circula la verdad a borbotones” [2].

Construir la utopía desde un conocimiento verdadero pero alternativo supone entonces renunciar a la epistemología que nos aconsejaron no pocos de nuestros formadores intelectuales. Ellos han sido y son los principales negadores de sus propias enseñanzas (como lo demuestra la CNN). En América Latina la necesidad objetiva de esta etapa de la historia, pasa por derrotar a nuestros opresores (como lo confirman numerosos y serios estudios sobre la cuestión) y para ello los intelectuales deben rever no pocos postulados de su actividad profesional. El rechazo a la neutralidad valorativa y su reemplazo por un compromiso transformador identificado con las clases y sectores oprimidos por el imperialismo y sus socios nativos, es la condición para concretar la construcción de otra realidad posible, es decir, para que la utopía se instale como el nuevo escenario de nuestras vidas. Y eso no significa renunciar a un conocimiento lo más objetivo posible, sino poner a éste al servicio de un proyecto explícito que requiere de un compromiso intelectual militante.

Lic. Alberto J. Franzoia
ajfranzoia@yahoo.com.ar
La Plata, 4 de agosto de 2006

NOTAS:

[1] Alberto J. Franzoia, “Entre la certeza y el escepticismo”, publicado en Reconquista Popular en abril de 2006.

[2] Gabriel García Márquez, “El Fidel que yo conozco”, publicado en Conozcamos la historia en agosto de 2006



© Alberto J. Franzoia
Todos los derechos reservados.
Para reproducir citar la fuente.

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