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HERRAMIENTAS

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Al enemigo ni justicia
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 12 de julio de 2006

Vale aclarar, a la hora del aporte de Alberto Franzoia, que mi inclusión en este debate responde a las caracterizaciones expuestas por el Movimiento Evita, sus medios de prensa y su jefe, Emilio Pérsico, y la utilización de la historia reciente sólo fue tomada para respaldar los argumentos contrapuestos a lo de algunos de estos militantes, a entender:

1. Kirchner es un presidente revolucionario

2. El Movimiento Evita es un movimiento revolucionario encolumnado detrás de Kirchner.

3. Emilio Pérsico, por ecuación, es un líder revolucionario, por ser el comandante del movimiento de liberación nacional.

En reiteradas ocasiones hemos dado nuestras caracterizaciones sobre Kirchner, tanto las positivas como las negativas. No somos los tirapiedras que se paran en la cómoda vereda de enfrente. Mucho menos, obsecuentes arrastrados para recibir alguna caricia publicitaria. Mantenemos la línea, apoyando y criticando, más allá de las vicisitudes que en demasiadas ocasiones nos tocaron. No nos pusimos más críticos porque no tengamos pauta oficial. No nos pusimos en antikirchneristas aunque funcionarios del “gobierno revolucionario” nos apretaran (ni siquiera lo denunciamos porque dicho mal y pronto, hacernos las víctimas nos chupa un huevo), ni tiramos cascotes cuando nos tiraban, y tiran, abajo el espacio informativo como si tuviéramos una influencia que calculan mal. Discutimos política, porque todo es política. Y lo hacemos con errores.

Estaríamos resaltando si el gobierno nacionalizara la banca, cosa difícil con Redrado y Miceli. Levantaríamos con toda la fuerza si existiera al menos una política redistributiva de la tierra, como alguna tendiente a un proceso de industrialización que nos ubique nuevamente en el único dilema válido desde 1810 y principal contradicción a resolver: “Liberación o Dependencia”. Algunos patriotas, eligieron Liberación. Pero demasiados optaron por la Dependencia, desde Rivadavia en adelante. Y por supuesto, siempre hemos contemplado la correlatividad de fuerzas. Kirchner no llegó al gobierno proponiendo la revolución nacional, y aunque la quisiera, el enemigo oligopólico existe y es más fuerte, por lo tanto, difícil de vencer. Nunca planteamos en la discusión política resoluciones a corto plazo cuando la fuerza no la da, aunque obviamente, exigimos la resolución de los más necesitados que no tienen ya no un día, sino ni una hora por esperar.

El desempleo no desaparece de un día al otro, es una política a largo plazo y el gobierno dio grandes pasos en este sentido. Pero tampoco caemos en la exageración teniendo en cuenta que casi el 80 por ciento de los asalariados tienen sueldos que están por debajo de la línea de la pobreza. Al menos tienen trabajo...pero no dejemos de lado la dignidad, a no ser que elijamos el modelo chino y listo. Pleno empleo con todos cagados de hambre, salvo un reducto concordante con la burocracia y/o al capital transnacional. Por suerte podríamos decir que “defiende” ciertos aspectos de lo nacional.

Pero no vamos a caer en la trampa el día que use parte del colchón para nacionalizar YPF cuando apenas queden pozos con medio litro de petróleo. Ni la puesta en marcha del sistema ferroviario (de interés contrario a los de la cúpula de la CGT) porque salga una vez por semana una formación a Misiones en un viaje de 26 horas. Apoyamos la política de Derechos Humanos, y especialmente el avance contra Martínez de Hoz, pero tenemos claro que es parte del manejo de acumulación política de un dirigente que jamás tuvo siquiera una subsecretaría de Derechos Humanos mientras fue gobernador de Santa Cruz, que la tiene recién ahora luego de que Acevedo fuera volteado.

Y sabemos que es más fácil pegarle a los militares desprestigiados que a los oligopolios. Como es más fácil putear a la Sociedad Rural, enemiga eterna del pueblo, mientras el turismo siga generando más ingresos de divisas que la venta de unas toneladas de carne. No caemos en la imbecilidad de Carrió, afirmando que Kirchner es lo mismo que Menem, y mucho menos con el trotskismo que directamente lo compara con Videla, como hicieran en su fallido acto del 24 de marzo pasado, donde se perdieron su fiesta anual del onanismo. En coincidencia con Franzoia, cualquiera que vea la revista “Evita”, órgano de prensa del “movimiento revolucionario” homónimo, constatará el culto al líder. Si alguien accede al archivo, podrá ver aquel número que regalaba un póster de un dibujo de Kirchner disfrazado de torero contra la embestida del empresariado. Eso, raya con lo ridículo.

El liderazgo sirve, como bien dice, para formar al movimiento disperso y encausarlo, tal como hiciera Perón desde 1945, y especialmente ya en la presidencia un año más tarde. Y justamente, porque los hombres no son infalibles, necesitan de la crítica seria, del cuestionamiento superador, porque así están condenados a la derrota. Las pruebas sobras, inclusive en la última etapa de Perón ya reelecto en el ’52, rodeado por una auténtica banda de alcahuetes inoperantes que fueron las primeras ratas en huir al primer petardo del ’55. Los honrosos, se quedaron para oponer resistencia. Para ampliar lo dicho anteriormente, porque siempre tenemos en cuenta los contextos históricos y ello está evidenciado en el carácter de las entrevistas a militantes de los ’70, argumento errores de Perón, mismo en el ’55, teniendo en cuenta la formación del mismo, como el contexto.

Luego de los bombardeos Perón se negó a una confrontación, porque en su periplo por Europa vio las consecuencias de la Guerra Civil Española. La diferencia es que en este caso, el pueblo estaba de su lado, y si alguien lo tuvo en claro fue Eva Perón: dónde estaba el pueblo y como reaccionaría la oligarquía. Perón optó por evitar un derramamiento de sangre, pero como dijera Rodolfo Walsh, “Sólo un débil mental puede no desear la paz, pero la paz no es aceptable a cualquier precio”. No resistir, redundó en Aramburu, el ingreso al FMI y al Club de París, el alineamiento con el imperialismo yanqui, la persecución, proscripción y la historia que conocemos, con las pseudodemocracias que reivindican los radicales. Es como un dibujo animado, el protagonista en el centro y un diablito que le habla de un lado y un ángel del otro. Los obsecuentes que optaban por “aflojar”, y el pueblo que pedía “leña”. Se aflojó, y lo reconoció el mismo Perón en una de sus riquísimas cartas que compilan las obras epistolares.

Y esta crítica no invalida la transformación revolucionaria realizada, porque no va a faltar algún idiota que piensa que lo hacemos, como ser la consolidación del movimiento obrero, los derechos entregados, el reparto de la tierra y especialmente de la riqueza, con el 52% del PBI en manos de los trabajadores, que hoy participan en apenas el 18%. Allí Perón siguió sus convicciones escuchando al pueblo, ahí no aflojó sino que dio leña, y así transformó al país, y de ahí que reivindicamos esto.

No le otorgo a Perón una “desmedida responsabilidad” en lo que pasó en los ’70. En el artículo anterior utilicé sólo algunos ejemplos para darle argumento al deber ineludible de cuestionar.

Si hace falta darle contexto, fue Perón el que ordenó “desensillar” cuando Onganía irrumpió en el poder en 1966 y pintaba como nuevo líder nacional. Para entonces, miles ya habían muerto o estaban encarcelados por la causa de su retorno.

Es el golpe de Onganía el que da nacimiento a los hechos de los ’70. Las cosas no tuvieron una espontaneidad tras el Cordobazo y una masa importante del pueblo se volcó a la lucha porque se aburrieron de ver El Club del Clan. Tal como le redactara Mariano Grondona, Onganía se proponía quedarse en la Casa Rosada por 20 o 30 años, mientras repartía palos a diestra y siniestra. Quitó la libertad a tiros, y se la buscó recuperar por todos los medios necesarios, inclusive los tiros.

Porque en el ’46 era “Liberación o Dependencia”, en los ’70 también era “Liberación o Dependencia”. Hoy también es “Liberación o Dependencia” la principal contradicción a dirimir. Los Derechos Humanos no eran eje político porque el mismo pasaba por la libertad nacional y popular.

Como dice Franzoia, lo único que importaba era la liberación nacional y sólo una democracia popular puede garantizar que se profundice en un proceso revolucionario. Por eso, el gobierno popular de Héctor Cámpora fue tirado por la ventana por el ala derecha del peronismo.

No se discute la utilización de Perón de los sectores del peronismo para mantener su liderazgo. Algunos lo simplifican bajo el “maquiavelismo”, cuando en realidad era un genio político y un estadista que tenía en claro cómo hacer las cosas. De ahí su apoyo a “las formaciones especiales” que sirvieron para hostigar a la Dictadura (apoyó el secuestro y la ejecución de Aramburu), para después mandarlas a la puta que lo parió. O montar una CGT de los Argentinos para combatir a los burócratas vandoristas, y una vez derrotada, desmontarla para reunificarla bajo una nueva burocracia que se encolumnaba detrás de su figura.

Pero tampoco podemos seguir pretendiendo engañarnos con que Perón no sabía. Con la teoría del cerco. Si estamos hablando de un genio político, pensar que Perón no sabía lo que ocurriría en Ezeiza (sobre lo que no ordenó investigación como menciono en el artículo anterior), es pensar que era un viejo pelotudo. Seguir pensando que Perón volvió para hacer la revolución nacional junto a López Rega y esa banda de funcionarios, es caer en un simplismo inaceptable.

López Rega era un cuatro de copas, como bien dice Franzoia. Sus biógrafos comprueban hasta el destrato que llegaba a tener Perón para con el Brujo. Pero también dejaba que López Rega estuviera en todo y creciera a su lado. Fueron miembros de la propia Triple A quien le solicitaron permiso para matar a López Rega y Perón lo negó en un acto de humanismo impresionante.

Creer en la política pendular, a la luz de la historia, es una ingenuidad. Y esto no es decir que el péndulo estaba clavado a la derecha. Perón era lo que fue. Ni péndulo, ni zurdo, ni nazi. Fue Perón, el único presidente que desde 1946 hasta la fecha buscó la unidad latinoamericana contra el imperialismo, y la liberación nacional para el pueblo argentino.

López Rega creció enormemente tras la muerte de Perón, es cierto lo que dice Franzoia. Pero ya tenía su peso en el gobierno de Cámpora, puesto a dedo por Perón. De su ministerio, el de Bienestar Social, pusieron en ambulancias las armas y balas que caerían sobre la juventud que marchó a Ezeiza, donde nunca iba a bajar tal como documentan los periodistas acreditados en la Casa Rosada en aquella jornada, que previo a los disturbios comandados por Osinde, fueron informados que aterrizaría en Morón.

Si la justificación de los errores era su edad, pues mejor que no hubiese vuelto. Si la otra justificación era que estuvo 18 años fuera del país no sirve porque conocía bien el mapa político nacional. Respondiendo a las dos cuestiones a considerar planteadas por Franzoia:

1. El contexto general, nacional e internacional, estuvo signado por la presencia de la bota yanqui, pero también por decenas de movimientos de liberación nacional. De hecho, siguió comerciando con Cuba, la Unión Soviética y el Bloque Socialista como lo hiciera en su primer período. En lo interno, una vez más decenas de miles de argentinos estaban dispuestos a dar la vida por él y por las transformaciones que implicaría su nuevo gobierno y habían crispado los nervios de la oligarquía (sobre esto vale señalar y admitir el acierto del dictador Lanusse que reculó junto con la oligarquía para volver cuando las condiciones estuviesen dadas).

2. Las fuerzas dentro del movimiento peronista eran claras. Estaba la tendencia revolucionaria y la ortodoxia obsecuente. No hace falta volver a repetir que Perón eligió por los segundos, que tras su muerte no dudaron un instante en pactar con la oligarquía y la Dictadura, dejando a las bases de lado. ¿Cuál fue la estrategia de Perón para unificar a este movimiento? Utilizó a una parte hasta obtener un resultado, para luego descartarla. Es cierto que las organizaciones de la tendencia revolucionaria planteaban una pelea en un contexto internacional adverso, pero Perón eligió expulsarlos en vez de contenerlos. Fue Perón el que señaló a los “imberbes” que decían estupideces mientras corría sangre de los sindicalistas sin que todavía tronara el escarmiento. Los “imberbes” no fueron los artífices del regreso de Perón, pero fueron protagonistas que no dudaron en ser carne de cañón. Ahora Antonio Cafiero habla en documentales sobre la Resistencia Peronista. “Cafierito, Cafieritoooo”, diría Perón.

No le niego razón a Franzoia de que las críticas del 1 de Mayo de 1974 hacia el balcón presidencial, inevitablemente iban a terminar mal. Pero tirarle la culpa a la guerrilla peronista es exonerarlo a Perón y a la payasada montada en esa jornada como la Reina de los Trabajadores (la trabajadora más bella) y el hostigamiento que esta recibía desde la Triple A (entendida en muertos, lisa y llanamente) bajo el amparo estatal (encabezado obviamente por Perón), de toda culpa. Perón, como genio político y Estadista que se encuentra en el mural junto a Rosas y Mariano Moreno, pudo haber reaccionado de otro modo y no alentar la cacería desembozada de los revolucionarios, como no lo hiciera contra los golpistas del ’55. Bien viene traer el caso de Moreno, que en la Revolución de Mayo mandó misivas a los buques británicos para que no intercedan a favor del virreinato porque serían respetados todos sus negocios. Después los mandó al carajo, y le valió morir envenado, pero con astucia neutralizó a un elemento determinante.

Esta vez, Perón optó directamente por mandarlos al carajo. Y es cierto lo dicho por Franzoia en cuanto a que muy pocos peronistas vieron con buenos ojos la salida de la Plaza por Montoneros. Pero por testimonios tomados por El Equipo a miembros de Uturuncos y de la Resistencia, que su causa no era la revolución socialista sino la vuelta de Perón, llamativamente nos dijeron ante el micrófono que cuando Perón dijo lo que dijo desde el balcón de la Rosada: “Ese día dejé de ser peronista”. Y estamos hablando de militantes que pusieron su vida a disposición de Perón y su causa. ¿O alguien puede cuestionar a un militante que, con aciertos y errores, se subió a un monte en Tucumán o ponía caños para hostigar a la Dictadura, su condición de peronista?

Sobre la cuestión de Isabel, como admirador de Perón, siempre pensé que, como dijo, “la organización está por encima de los hombres”. Pero fue Perón quien violó su máxima y no puso a alguien del movimiento peronista para que lo sucediera, sino a un felino histriónico. De hecho, si se hubiese privilegiado a la “organización”, a sabiendas que su médico personal le advirtiera en Madrid que le quedaba poco tiempo de vida, Perón debió dejar que siga su curso Cámpora, mientras permanecía como referente de la transformación nacional. Es cierto que en aquel contexto pareciera imposible que alguien fuese presidente con Perón en el país. Pero Perón también podía optar, y optó.

No realizo ninguna autocrítica sobre la lucha armada, sino críticas de lo que considero errores, aunque los pongo en su contexto (Rucci fue un error pero la militancia revolucionaria quería devolver el cachetazo de Ezeiza, por lo que también hay que tener en cuenta las críticas en su contexto, porque la CGT participó de semejante acto barbárico). No hago autocrítica porque no pertenezco a aquella generación, sino que soy hijo directo de las consecuencias de ese breve e intenso período. Ser peronista no implica no cuestionarlo a Perón. Hacer una apología de todo lo que hizo bien es tan antiproducente como marcar solamente lo que hizo mal, y de esta manera nos hemos expresado en El Equipo, sin caer en el discurso gorila.

Y con esto retomamos el debate de la figura de Kirchner, porque no hay nada más cierto que lo dicho por Franzoia, que el culto a este tipo de conducción “no favorece el desarrollo de la conciencia popular”. Por eso, más allá de las caracterizaciones de Kirchner, que el Movimiento Evita vea en Emilio Pérsico al Che Guevara (“Yo me hice guerrillero por el Che”, Pérsico dixit) y en Kirchner a Fidel Castro, y que todo aquel que no se encolumne en esto “es el enemigo”, metiendo en la misma bolsa al resto de los peronistas que no se venden por un cargo o bolsón de comida, junto al trotskismo bobo y a Cecilia Pando y demás exegetas de la Dictadura, merece cuanto menos, un inexpugnable repudio.

La diferencia entre Perón y Kirchner es que el primero surgió del pueblo. Por eso fue un líder popular. Vale aclarar, que no disiento con lo expuesto por Franzoia. Justamente este intercambio lleva a las superaciones en la discusión política. El silencio y la obsecuencia nos mantiene en la chatura.

Y las explicaciones del Movimiento Evita de que “con mierda también se construye”, sobre las alianzas con los impresentables que no vacilaron en aliarse al empresariado a costas del pueblo, y demás travestis de la política, sólo cabe una respuesta dicha por el propio Perón: “Al enemigo, ni Justicia ”.

Gabriel Martin


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