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HERRAMIENTAS

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Carta de Florencio Monzón a Jorge Rulli
¿Quién se robó mi niñez?
[Bambú Press]
Por Florencio Monzón
Publicado digitalmente: 19 de junio de 2006

Jorge: ¿Quién se robó mi niñez? Nadie como vos puede recordar -y compartir- esto que me acongoja hoy. Vos eras muy joven, tenías apenas 16 años, yo ya “era grande”: tenía 18. Corría el mes de septiembre de 1955, cuando todo se fue al carajo.

Al indignarnos vos y yo con la estolidez de estos nuevos “Apolds”, quienes, aprovechando la inocencia de la tecnología de la edición televisiva, generaron el ofensivo mamarracho al que llamaron Patriotas, parece que abrimos alguna caja con crímenes mal resueltos, y salieron muchos a apoyarnos y otros a putearnos...

Ese 19 de septiembre de 1955, cuando un manotón de los marinos los tomó a los militares peronistas con los pantalones bajos, y detuvieron al pomposo generalato de entonces -rescatemos a Juan José Valle, Raúl Tanco y Miguel Iñiguez, por lo menos- el resto, boludazos, se dejaron copar el Ministerio de Guerra por un grupito de oficiales subalternos armados con metras, mientras Rojas amenazaba con la Flota, desde prudente distancia.

El 19 de septiembre sin que nadie les preguntase nada, los miembros del Generalato dijeron que Perón había renunciado, lo que no era cierto. Por eso el General Juan Perón se tuvo que exiliar en Paraguay -otra de sus Patrias- y ellos deshonrosamente fueron en cana a un buque cárcel de la Marina.

Recuerdo que Valle el 16 de junio anterior había recuperado el edificio del Ministerio de Marina al mando del ya desaparecido Regimiento Motorizado Buenos Aires, entre otras tropas. Ni por puta se le ocurrió a Valle “tocar a degüello”. Logró la rendición de los aterrorizados marinos que temían, y con razón, que el Pueblo que se había acercado con deseos de exterminarlos con sus propias manos, lo lograse. Su prestigio de General del Pueblo, de leal a Perón, logró que los compañeros indignados ante tanta muerte alevosa e injusta, dejasen en manos de la Justicia del Estado el castigo para los criminales que quedaban allí. (¡Flor de ocasión para practicar el Terrorismo de Estado all’uso nostro, como pedía el Pueblo! Pero Valle empleó la mínima violencia para restaurar el orden)

Se merecían el linchamiento popular, porque los cómplices de los Infantes de Marina refugiados en su edificio, aviadores marinos y de aeronáutica -llevando como tripulante extra al radical oligarca Miguel Ángel Zavala Ortiz- después de descargar bombas y ametralladoras sobre la gente indefensa huyeron a Montevideo, donde el gobierno amigo -de ellos- de la Banda Oriental los alojó con honores.

Después, Valle y los suyos conspiraron por orgullo. Cabe convocar a los grandilocuentes para que no digan demasiadas boludeces. El Ejército del 9 de Junio buscaba desquite con la Marina, que les había ganado gracias a una avivada de Rojas, desde el mar, sin acercarse, con prudencia -o cobardía-bombardeando desde el trágico crucero General Belgrano la ciudad de Mar del Plata, y amenazando con hacer lo mismo con La Plata y Buenos Aires. Desordenado y multitudinario, el Ejército Peronista integrado por patriotas de veras, jefes, oficiales y suboficiales, no pudo tomarse esa deseada revancha con la Marina. Ni más ni menos.

Allá ellos. Pero yo quedé como todos los compañeros, en el aire. No sabíamos nada de nada. Cerraron todos los locales del Partido Peronista -maldito para lo que servían... llenos de alcahuetes y ladrones- y sólo nos quedó el de la Juventud Peronista de la calle Riobamba, regenteado por John William Cooke, el legendario y entrañable “Bebe”.

Pero cuando llegamos, estaba cerrado. Había caído la cana, el “Bebe” se rajó por los techos, acompañado de Pepe Rosa, mientras César Marcos, Osvaldo Morales, Carlitos Held, Héctor Saavedra, Copete Rodríguez y varios más, habían eludido la encerrona. Todavía no los conocía la cana.

La desorientación era total. Los jerarcas se borraron rápidamente, cuidando los manguitos que habían obtenido en su rápido ascenso social como diputados, senadores, concejales, intendentes para lo cual hacían saber a los gorilas que ellos no habían tenido nada que ver. Precisamente el anterior Presidente del Partido Peronista, almirante Alberto Teissaire, dio un asqueroso mensaje por radio y TV, echando la culpa a Perón, aunque nunca se supo bien de qué. Eso fue un despelote.

Los sindicatos también eran inaccesibles, porque no estaban cerrados, pero habían sido ocupados por comunistas y socialistas y radicales convertidos en Comandos Civiles, equipados con armas que les habían proporcionado marinos y militares. (Además, Jorge, nosotros éramos estudiantes. No teníamos sindicato, ¿no? Hubo que esperar a 1958 cuando ya recuperados por los nuevos dirigentes obreros, los locales se convirtieron en territorio amigo para la Juventud Peronista que en ese entonces no se llamaba a sí misma Jotapé. Nos recibían con paciencia y solidaridad en la UOM, Jaboneros, Farmacia, Tabaco, en fin, en casi todos).

También recorríamos en esos días tristes de 1955 y los primeros de 1956, la calle Florida y Corrientes y Esmeralda, y comenzamos a entrenarnos en inteligencia y contrainteligencia callejera. En la clandestinidad de superficie, sin saberlo. El gorilaje, animado, había perdido el miedo que le tenía al Peronismo, y discutía frente a las pizarras de los diarios. Discutían entre sí, y con el que se trenzase. Al principio miramos con curiosidad, pero después aprendimos a mezclarnos en las polémicas, haciéndonos los burros, claro está. ¡Ni una palabra de peronismo! El miedo no es zonzo y nosotros éramos razonablemente prudentes. (El heroísmo y la violencia son para los héroes y los violentos)

Ya estaba todo prohibido, y las cárceles comenzaban a llenarse, primero con los burócratas y jerarcas, que los milicos los encanaban como para ejemplificar, y sacarles guita. También comenzaron a caer compañeros, casi todos trabajadores, que se resistieron desde el primer día y adornaban paredes con el espontáneo Perón Vuelve, para luego de pintar esa P y esa V, salir rajando...

¡Pero no nos conocíamos, Jorge! No conocíamos -todavía- a Bechy Fortunato, a Gustavo Rearte, a Tito Bevilacqua, a Héctor Julio Spina, a Norma Kennedy, a Roberto Sinigaglia, a Jorge Pérez ni a vos. A ninguno, que tenían todos más o menos 20 años de edad, y antes no habían concurrido a la UES ni a nada de eso. Pero nos habían ofendido gravemente. Nos interrumpieron la niñez y la adolescencia. Nos hirieron en la dignidad personal. Decidimos hacerle el “aguante” a Perón por esa Lealtad que mezclaba el amor al líder con la defensa irrestricta de la dignidad personal.

No había dónde ir. El local de la Alianza Libertadora Nacionalista de la avenida Corrientes había sufrido una ilegalidad propia de la capacidad política de los militares. Lo habían derrumbado a cañonazos.

Descubrimos, cada uno por su lado, que en la calle se vendía un periódico de 8 páginas llamado Lucha Obrera, que pertenecía a un partidito llamado Partido Socialista de la Revolución Nacional (PSRN), dirigidos por un socialista de la barra de Alfredo Palacios y Ghioldi, pero distinto: don Enrique Dickmann.

Este prestigioso y ya anciano dirigente del socialismo tradicional se había animado, y había saltado el charco. Adhirió a Perón, sin perder su identidad partidaria. De esto, Jorge, seguro que te vas a acordar: llamaban a los peronistas a reunirse en un local que compartían con L’Italia del Popolo, un periódico también socialista hecho por inmigrantes italianos, ubicado en una planta alta de calle Rivadavia casi esquina Salta. Se asemejaba a un palacio siniestro -que alguna vez fue lujoso- como el de los “locos Adams”, habitado por personas mayores, que poco a poco dejaban de ir, preocupados por la “invasión” de peronistas, y muchos otros, jóvenes, que decidieron quedarse para tratar de responder las preguntas y el bullicio que provocaban los indignados peronistas visitantes.

Jorge, allí en esos cuartos de L’Italia del Popolo, no nos encontramos por esas casualidades que tiene la Historia, y que nos permiten eludir las causalidades tan del gusto de los racionalistas, democráticos, socialistas y demás cultores de las lecturas cartesianas al revés. (A golpes aprendimos que en realidad el axioma, con cuidado, podría formularse: “Existo, luego, pienso”)

Lo cierto es que ese local del Lucha Obrera se convirtió en un despelote, como corresponde al peronismo. Se llenó de compañeros, incluyendo muchos trabajadores.

¡Recuerdo la emoción y la sorpresa de los socialistas que conocían sólo de mentas a los obreros, y de golpe, centenares, miles de ellos, se acercaban a preguntarles qué había pasado, y qué había que hacer! Hubo varias actitudes que ensayaron con nosotros. Algunos, “en el rol de vivos” intentaron afiliarnos a su partidito, sosteniendo la inevitable derrota del peronismo por sus “debilidades burguesas”. Otros se dejaron arrastrar por el enamoramiento que les produjo esa muchedumbre que los trataba con cordialidad -a pesar de decirse socialistas, filiación odiada por el Pueblo- y que sólo les hacía preguntas...

Poco duró la algarabía de los socialistas de repente rodeados de obreros. Los gorilas se enteraron, y cerraron el PSRN y clausuraron Palabra Obrera. En el entretanto había muerto Dickman y la dirección la tomó Esteban Rey.

Pero la irrupción del peronismo en ese partidito ya lo había transformado para siempre. Recuerdo -como vos, Rulli, a pesar de que allí no nos vimos, lamentablemente, recién nos conocimos en 1958- que en las grandes salas del precario edificio se reunían los socialistas hablando y dando cada uno su “receta de doña Petrona” a los curiosos pero desconfiados peronistas. Jorge Abelardo Ramos recordaba que Trotzky en su exilio en México, antes de que lo matasen de un martillazo en la nuca los comunistas porque molestaba, propugnaba consignas de insurrección general, de revolución permanente y había descubierto que América Latina en realidad era un solo país. (Recordemos que mucho antes lo habían señalado los generales José de San Martín y Simón Bolívar, que no lograron la unidad política, pero no por “la maldad del imperialismo” sino por la mezquindad de sus propias oligarquías, en especial los unitarios de Buenos Aires).

En otra sala, Esteban Rey empleaba su florida prosa para elogiar a los trabajadores peronistas, todo para hacer olvidar que años atrás había tratado de soliviantar a los tucumanos contra Perón.

Puedo recordar con cierto agrado el mensaje del joven abogado Saúl Hecker, -entonces el “Flaco”, que usaba corbata moñito de color negro por esos días- y que vociferaba contra sus propios camaradas con la consigna de “termínenla con Marx, que es piantavotos... Esta gente viene a vernos para saber qué hacer aquí y ahora” . (Personalmente y ante la posibilidad de que ese espacio de reunión se cerrase, le ofrecí reunido con él en un bar de la esquina, un contacto, obviamente clandestino, con el General Perón. Aceptó con valentía y con sorpresa para mí y esa decisión le cambió el sentido de la propia vida...)

Había en ese local varias salas de gran tamaño y de techos altos, y cada socialista dueño de casa, se instalaba en una de ellas para hablar y hablar -lo único que hicieron desde siempre los socialistas, como me recordó Perón en una oportunidad que le relaté esta aventura- y vos, Jorge Rulli, seguramente andabas por una, mientras que yo lo hacía por otra. En días y horarios diferentes, ya que hasta que hasta que cayeron los milicos, había “espectáculo continuado”. En fin que se convirtió en un despelote vital y desorganizado, como ocurre con todo lo que habita masivamente el peronismo.

Allá por marzo de 1956 los gorilas se cansaron y pensaron “ma qué socialistas. Basta con esta gente. Allí se reúnen peronistas” y clausuraron todo. Ramos y Jorge Spilimbergo decidieron hacer un “partido de la clase obrera” con el cuento de la “izquierda nacional”, otra de las “recetas de doña Petrona” que sirvieron siempre sólo para tranquilizar intelectuales librescos que no sentían al peronismo. De allí en más sobrevivieron sólo en los libros... A veces le prestaban el “sello” de sus partiditos a algún corsario politiquero.

En cambio los jóvenes que aún tenían un espíritu libre, como Saúl Hecker, Nelly Muiño, Hugo Kauffman, Miguel Unamuno y Armando Cavalieri, se olvidaron realmente de troskear y se sumergieron en el peronismo, sin preguntarse sobre qué receta eludían.

Ramos y Spilimbergo quedaron como atajos para los intelectuales que deseaban sortear lo que de dionisiaco tiene el peronismo. Torpemente señalaban como un hallazgo una evidencia: que la clase trabajadora estaba integrada por peronistas...

Manuel “El Gallego” Mena (Uturunco) y Ángel “El Vasco” Bengoechea (precursor del PRT), también jóvenes y animosos, agarraron para el lado de los fierros. Es otra historia

Para terminar y con el entusiasmo que aporta hoy como ejemplo de esas ganas de existir como comunidad que suena fuerte con el muy nacional 6-0 del Seleccionado Nacional, recordamos eso de que “la realidad no se parece a nada” (Oscar Terán, “La década del 70 y la violencia de las ideas”, revista Lucha Armada, marzo-abril 2006). No se puede pretender que la gente hoy sienta lo mismo que sentimos nosotros desde 1955. Pero se puede aprender. Por ejemplo nosotros no estuvimos en el Ejército Libertador del General Don José de San Martín en 1820, pero...

El General Don José de San Martín se enfrentaba en marzo de 1820, cuando se hallaba en medio de la Campaña en Chile, con un problema muy grave: en Buenos Aires no había Gobierno. Los anarquistas unitarios en Buenos Aires habían despelotado todo. El jefe del Ejército de los Andes reunió a sus hombres, y les planteó el problema. Se había quedado “colgado de la brocha”.

La respuesta de los oficiales de San Martín el 26 de marzo de 1820 fue unánime:
“Respetadísimo Jefe. Queda asentado como base y principio que la autoridad que recibe el General de los Andes para hacer la guerra a los españoles y adelantar la felicidad del país, no ha caducado ni puede caducar, porque su origen, que es la salud del pueblo, es inmutable” . Este documento se mantuvo en secreto durante más de medio siglo y por fin pasó a la posteridad como “El Acta de Rancagua” .

Resulta escandaloso que “librescamente”, como decía César Marcos, existan en la actualidad desorientados ciudadanos que buscan en la “izquierda nacional” o en el “marxismo” o en el “socialismo” las respuestas para sus viditas. Reflexionen -y estudien un poco en lugar de repetir geométricamente el Manifiesto Comunista o a Marta Harnecker- sobre el concento del Carlos Marx serio, sobre “la alienación”. Muchos de ellos mezclan sus limitaciones prácticas, sus problemas culturales de burguesitos, con una enajenación ideológica que si son jóvenes, es curable. Me remito al prólogo de Rodolfo Ortega Peña a Imperialismo y Cultura, de Juan José Hernández Arregui, que me resulta heroico por lo sincero.

Hasta mañana, con el afecto y respeto de siempre, Jorge

Florencio Monzón (h)
Buenos Aires, 16 de junio de 2006.


© Florencio Monzón (h)
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