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Trazos de la realidad
 
Gilberto Maringoni   
«Populista», un nuevo insulto
Por Gilberto Maringoni
(¿Quién es Gilberto Maringoni?)
Publicado digitalmente: 29 de mayo de 2006
La derecha inventó una forma de descalificar a quién se opone a ella: “populista”. En los días que corren es peor que insultar a la madre. Pero al final, qué es el “populismo”?

La nacionalización plena de las riquezas del subsuelo boliviano, a partir del 1º de mayo, generó un racimo de acusaciones al presidente evo Morales. La mayor parte de ellas se debe a la dificultad de los medios y del conservadurismo brasilero de entender qué fue lo que sucedió en el país vecino. Otra parte viene de una clara mala fé. Una de las acusaciones más repetidas es la de que estaríamos delante de un gesto más de un “populismo retrógrado” que sería, según la revista “Veja” el principal pecado mortal de la política.

Acusaciones

El término “populismo” ha sido alardeado por el pensamiento conservador como pieza de acusación contra cualquier tentativa de ruptura con los estrechos caminos de la ortodoxia neoliberal. Quien se atreve a fortalecer el carácter público del estado e intentar materializar políticas distributivas de renta, será enseguida tildado de “populista” en las páginas y pantallas de la gran prensa nacional. Equiparando el término a la demagogia, a la mentira y al discurso vacío de políticos astutos para mantenerse en el poder.

No es novedad que el pensamiento neoliberal ha sido pródigo en la apropiación de determinados conceptos para -en una eficiente lucha ideológica- cambiarle completamente el significado. Así, la confrontación entre derecha e izquierda no existiría más, lo que habría en su lugar serían conflictos entre lo “moderno” y lo “arcaico”. Derechos sociales adquiridos por trabajadores, después de décadas de luchas, no pasarían de “privilegios”. “Reforma” y “mudanza”, antiguos lemas de izquierda, son ahora palabras de orden de gobiernos conservadores, para justificar restricciones en los regímenes jubilatorios, del trabajo y educativos. En Brasil, un dispositivo legal para comprometer a la administración pública al pago de las deudas financieras ganó el atractivo nombre de “Ley de Responsabilidad Fiscal”.

En cuanto a “populismo”, el término fue maltratado y descalificado por cierta intelectualidad “uspiana” (de la elitista Universidad de San Pablo), con el Sr. Francisco Correa Weffort al frente. “Populista” fue la Era Vargas (1930-1945 y 1950-1954), a quién el conservadurismo brasilero quería “enterrar” a cualquier costo, como repetía el ex presidente Fernando Enrique Cardoso.

Es preciso examinar lo que significa “populismo” y lo que quieren decir los acusadores. A pesar de que el término se refería originalmente a una parte radicalizada de la intelectualidad rusa de la segunda mitad del siglo XIX, vamos a atenernos a manifestaciones más recientes del populismo.

“Economist” entra en escena

La revista británica “Economist”, edición del 12 de abril último, publicó una extensa nota titulada “El retorno del populismo”. Luego en el comienzo, el semanario afirma que “la tan renombrada guiñada para la izquierda enmascara algo más complejo: el renacimiento de una influyente tradición latinoamericana”. Los dirigentes continentales de la nueva zafra son entonces divididos en dos grupos. El primero estaría formado por “social-demócratas de izquierda moderada”, como Lula de Brasil, Michele Bachelet de Chile, Oscar Arias de Costa Rica y Tabaré Vazquez de Uruguay. Un segundo grupo incluye a Hugo Chávez de Venezuela, Néstor Kirchner de Argentina, López Obrador de México, Allan García y Ollanta Humala de Perú y Evo Morales de Bolivia. En este grupo estarían los “populistas”.

A pesar de ser más honesta que la prensa brasilera, la revista no consigue definir bien qué sería “populismo”. “El término generalmente describe un político que busca popularidad a través de los bajos instintos de los electores”. En lo que parece ser una referencia a la irracionalidad. La revista nada dice del marketing político, tan diseminado en nuestras sociedades supuestamente modernas. El marketing busca justamente quitarle a la elección política cualquier rasgo de razón, centrándose básicamente a los aspectos emocionales y simbólicos de cada candidato.

Concepto elástico

El concepto es lo suficientemente elástico como para abarcar cualquier cosa. El “Diccionario de Política” organizado por Norberto Bobbio, destaca que “El populismo no cuenta efectivamente con una elaboración teórica orgánica y sistémica (...) Como denominación, se adecua fácilmente a doctrinas e formulas diversamente articuladas y aparentemente divergentes. (...) Las dificultades del populismo se dan por la ambigüedad conceptual que el propio término abarca”.

La socióloga venezolana Margarita López Maya, a su vez, señala que “populismo no es, estrictamente hablando, ni un movimiento socio-político, ni un régimen, o un tipo de organización, sino fundamentalmente un discurso que puede estar presente en el interior de organizaciones, movimientos o regímenes muy diferentes entre sí”. Una clasificación general de lo que sería un líder populista, comúnmente aceptada, da cuenta de que se trata de un dirigente que establece canales directos con el pueblo, sin la mediación de instituciones, entidades o instancias.

El líder populista se relaciona con multitudes, por encima de los partidos, sindicatos, parlamentos, etc. Existe un componente centralizador en la figura del jefe populista, en donde, por la falta de mediadores, se vuelve la propia encarnación del Estado en el imaginario de las clases populares urbanas. Así, la figura de “padre de los pobres”, en el caso de Getulio Vargas en Brasil, o la de redentor de los “descamisados”, cuando se alude a Juan Perón en la Argentina, representan expresiones de esa encarnación y de un proyecto de nación en una sola persona.

Bases objetivas

Pero no se puede examinar las manifestaciones del populismo apenas por sus aspectos exteriores o manifestaciones fragmentadas. Es necesario observar cuales son las base objetivas para su surgimiento.

En primer lugar, es necesario verificar que el populismo se da prioritariamente en sociedades de capitalismo tardía, industrialización y urbanización aceleradas y desplazamiento de grandes contingentes de población del campo para la ciudad en cortos períodos de tiempo. Esos factores raramente estuvieron presentes en países de desarrollo industrial más extensivo, como sucedió en Europa y en los Estados Unidos.

Margarita López Maya sintetiza bien la cuestión: “El populismo (...) asociado al periodo de transición de las sociedades agro-exportadoras para las industriales.

Los casos brasilero, argentino y mexicano, en la primer mitad del siglo XX son ilustrativos. Los tres países supieron aprovecharse de una coyuntura internacional pos-crisis de 1929 y del conflicto armado en Europa, entre 1939-1945, para incrementar los procesos de industrialización iniciado en las primeras décadas del siglo. En los tres casos, la presencia de la acción estatal en el juego económico era más que evidente. Aplicando políticas de substitución de importaciones, los tres, en ritmos propios y obedeciendo a condicionantes internos y externos, lograron, en pocas décadas, volverse sociedades industriales y urbanas.

Sucedieron brutales procesos de desarraigo de millones de personas, que migraron del campo a la ciudad en busca de una vida mejor. Se alteraron padrones de vida, de referencias familiares, de socialización, de afecto y de cultura sedimentados a lo largo de décadas y hasta siglos. En el plano político estaba sellado el fin de una institucionalización basada en oligarquías rurales y sus instancias de poder, a favor de una sociedad de masas sin parámetros de identificación definidos de inmediato. Esas levas de exiliados el campo juntamente con los flojos de inmigrantes europeos, en su mayoría, vendrían a formar la clase operaria de los tres países, con reivindicaciones hasta entonces inéditas. Las luchas por derechos sociales, del trabajo y de ciudadanía generaron demandas que el viejo Estado oligárquico ya no conseguía atender.

En Brasil

La historia brasilera es ejemplar. A partir de la década del 1920, comienza a perder fuerza la oligarquía agraria a favor de una burguesía urbana, al mismo tiempo que se acumulaban las demandas operarias y crecía el descontento entre los llamados sectores medios. Cuando la revuelta llega a los cuarteles, hay un golpe, que cambia la cara del país en 1930. El jefe de la rebelión, Getulio Vargas, asume la presidencia de la República e inicia un gobierno dictatorial que pone de patas para arriba el diseño institucional brasilero y busca, como base social de sustentación, los vastos contingentes de trabajadores de las ciudades y sectores de la diminuta clase media.

Al mismo tiempo en que reprime a los movimientos sociales organizados, el gobierno Vargas atiende parte de las reivindicaciones históricas de los trabajadores, como registro profesional, jornada de 8 horas, salario mínimo y crea todo un andamiaje legal de regulación del trabajo, además de vincular sólidamente los sindicatos al Estado. Había un diseño de país en ejecución, dirigido autoritariamente por una hábil política económica, atendiendo a los reclamos de paz social de los varios sectores del capital e incorporando a la clase operaria en la disputa política. Y actuando directamente en la atención de las insatisfacciones populares y articulando sectores de la burguesía, surgía la figura del “líder populista”, que dirigía el país por encima de las instituciones, entre otros motivos, porque ellas eran o irrelevantes para el juego político, o estaban en proceso de creación.

Dispares y complementarios

El modelo tuvo variantes en otros países. Luiz Alberto Moniz Bandeira recuerda que “El golpe militar de 1943 aplastó el predominio de la oligarquía agro-exportadora en la dirección de la Argentina y Perón, cuya fuerza crecía, trataba de organizar un sistema de poder similar a aquél que Vargas organizara en Brasil después de la revolución de 1930, al entretejer, como bases, la alianza de los militares con los trabajadores y las clases medias urbanas, en torno de un proyecto de industrialización y desarrollo nacional”. En México, el populismo fue identificado a partir del gobierno de Lázaro Cárdenas, iniciado en 1934, y en el diseño de un proyecto nacional que incluía a la clase operaria como socia de la burguesía, a través de la atención de innumeras reivindicaciones de demandas sociales.

Margarita López Maya nota que “El populismo no puede ni debe reducirse a juicios de valor negativo centrados en sus potenciales atributos demagógicos o de manipulación de los intereses de las masas, pues si bien tal característica puede aparecer -y muchas experiencias populistas lo constatan- es un concepto mucho más rico que eso (...) y facilitó la inclusión políticas de sectores populares a lo largo del siglo XX.

Populismo actual

En qué aspecto las prácticas políticas de Hugo Chávez, Evo Morales y otros pueden ser caracterizadas como populistas y qué populismo es ése? En el caso de Chávez, por ejemplo, el está a kilómetros de distancia de la demagogia de sectores que se valieron de la práctica populista como forma de ejercer el dominio conservador.

Venezuela vive una crisis política y social profunda desde, por lo menos, 1983, cuando, por cuenta de un alto endeudamiento externo y la caída acentuada de los precios internacionales del petróleo, el país literalmente quebró. En 1989 la situación se agudiza todavía más. Después de un acuerdo con el FMI, firmado por el recién electo presidente Carlos Andrés Pérez, es anunciado un rígido paquete económico duplicando los precios internos de los combustibles, cortando gastos y empleos públicos e imponiendo un severo control fiscal a la economía.

El resultado no tarda: tres días después del anuncio, el 27 de febrero, una verdadera rebelión popular toma cuenta de Venezuela. Saqueos, desmanes, y manifestaciones contra el gobierno se suceden en las principales ciudades. El ejercito interviene con una brutalidad inigualable. El episodio quedó conocido como el Carachazo.

Se desmorona allí una arquitectura social y un padrón de convivencia construidos a lo largo de todo el siglo, teóricamente basado en la tolerancia y en el respeto a las diferencias. Y el país asiste a una amplia desarticulación de sus instituciones representativas, con la pérdida de legitimidad de la Justicia, del Parlamento, de los sindicatos y asociaciones de clase. La crisis económica se completaba con la crisis política. Hugo Chávez, que tentara una sublevación militar en febrero de 1992, surge en el contexto de esa crisis y se vuelve un líder extremamente popular de la noche al día.

Sociedad fragmentada

Cuando se candidata y gana las elecciones, Chávez se ve frente a una sociedad fragmentada y sin referencias institucionales con credibilidad. Sin marcos legales para se encuadrar, el se vale de su inmenso prestigio personal y de su agudísima intuición y osadía políticas. No había, en Venezuela, otro camino más que el de ejercer su liderazgo en línea directa con las masas.

Hay aquí un parecido distante con características de algunos países latinoamericanos en el siglo XX, relatada anteriormente: estamos frente a una sociedad en transformación acelerada, en proceso de definición de nuevos esqueletos institucionales y políticos. No hay movimiento social organizado autónomamente en el país, como sucede en Brasil. En una frase, no existen puntos de apoyo. No se trataba -y no se trata- de una voluntad premeditadamente caudillesca y autoritaria, como acusan sus enemigos, sino a una adaptación a las condiciones objetivas encontradas.

Chávez no es sólo un líder, sino el principal y prácticamente el único garante del proceso político en curso en su país. No es para espantarse que su práctica tenga, de hecho, contornos populistas. Su populismo radical, no obstante, tiene características civilizadoras en la realidad venezolana. Al liderar el proceso constituyente y establecer nuevos parámetros de convivencia e incentivar la organización social, el mandatario venezolano busca rediseñar el Estado y su papel como ente público. Irónicamente, él es un populista que, al fortalecer la organización popular, va camino a acabar con el populismo.

Evo Morales, a su vez, lidera un movimiento social y político más organizado, o MAS, Movimiento al Socialismo. Al contrario que Chávez, que irrumpe súbitamente en la escena política en 19características populistas son menores, a pesar que 92, Morales es fruto de décadas de movilización social. Sus características populistas son menores, a pesar que él lidera un país cuyas representaciones institucionales clásicas también entraron en crisis. Desde que tomó pose, el intenta contemplar insatisfacciones y hacer concesiones a los movimientos organizados. La propia nacionalización del gas es una reivindicación antigua y de diversos sectores de la sociedad boliviana.

Sobre Ollanta Humala, todavía es temprano para evaluar sus directrices, a pesar que él ha aparecido después de una década y media de desastres económicos y sociales, producidos por Alberto Fujimori y Alejandro Toledo.

En ese punto, “Economist” es bastante franca: “Una gran razón para la persistencia del populismo es la extrema desigualdad social en la región”. Es posible completar: desigualdad acentuada por la vigencia del neoliberalismo.

Hay un trazo común en los países latinoamericanos que asisten al surgimiento de nuevos personajes políticos. Ellos entran en escena en la estera de la destrucción de normas y parámetros de convivencia social e institucional de los últimos 15 años. Y las lideranzas que surgen son más o menos populistas, de acuerdo con cada situación.

En resumen

  1. Nadie es populista porque y cuando quiere. Eso corresponde a necesidades históricas objetivas;
  2. El populismo permitió la entrada de las masas empobrecidas en el escenario político latinoamericano;
  3. La acusación de “populista” hecha por la derecha en la actualidad busca encubrir el debate sobre las alternativas al pensamiento único;
  4. El populismo no es en sí, positivo o negativo. El centro de la cuestión es: la devastación neoliberal debilitó parámetros de convivencia institucionales. Recuperarlos muchas veces -como muestra el caso venezolano- ha sido tarea de dirigentes con capacidad de relacionarse en línea directa con la población.
Todo esto es teoría. En la práctica, la derecha odia a los populistas, por sobre todo, porque en el término está implícita la palabra “pueblo”.
Gilberto Maringoni
Periodista y dibujante de la Agencia Carta Maior,
es autor de “La Venezuela que se inventa - poder, petróleo e intriga en los tiempos de Chávez” (Editora Fundação Perseu Abramo).
Fue observador, invitado por el CNE, del proceso de referéndum revocatorio en Venezuela.


Traducción del portugués (Exclusiva pata IRW): Erika Alonso
Fuente: Agencia Carta Maior, Sección: Columnistas
Publicado originalmente el 08/05/2006
Versión original del artículo: http://cartamaior.uol.com.br/templates/colunaMostrar.cfm?coluna_id=3063
Todos Los Derechos Reservados
Para reproducir citar la fuente.

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