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HERRAMIENTAS

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A 30 años del horror que padecieron 30 mil argentinos y sus sobrevivientes
Por Erasmo Magoulas
Publicado digitalmente: 1ro de abril de 2006

No he podido escaparme de la historia que anuda a Constantino, María, Clara y Victoria, en un mismo drama.
Me ha venido mordiendo, desde hace dos semanas, con los dientes de la tristeza y el dolor de un aniversario.
Como liberación catártica la tuve que escribir, la tuve que ficcionar, sin muchos elementos, por que no los hay.
Sólo la construcción de la realidad que permite la literatura. Inconcientemente, me doy cuenta ahora, quise también rendir un homenaje acercándome a una vida para reconocer a todas las 30 mil. La vida de Constantino Petrakos, que llegó como de la mano de Alejo Carpentier, desde Atenas a Orán, Provincia de Salta, Argentina, frontera con Bolivia, con tan sólo cuatro años. Nos hubiéramos podido encontrar, tuvimos la misma edad, fuimos adolescentes y jóvenes en el mismo tiempo y en el mismo lugar, Buenos Aires. Hubiéramos podido hablar en “esa” lengua, él contándome de Atenas y yo de Salónica.
Constantino como otros aproximadamente 10 griegos (no se sabe con exactitud el número, fundamentalmente porque las autoridades griegas se desentendieron sistemáticamente, durante todos estos años, de la suerte corrida por sus ciudadanos en la Argentina del terror) y descendientes de esa nacionalidad desaparecieron durante los años del horror y la barbarie del terrorismo (que siempre es oligárquico).

Él pudo haber estado en mi lugar y yo pude haber ocupado el suyo. Un almanaque monstruoso o una suma mayor de bondades y hombrías a su favor, inclinó la balanza para su lado y me obligó a ser yo el que escriba esta historia.
Clara Petrakos Castellani es la hija de Constantino Petrakos y María Eloisa Castellani. Clara, tiene hoy treinta años y busca a su hermana Victoria, nacida en abril de 1977 en cautiverio. Una historia del horror argentino que no se olvida gracias al amor de los que apuestan por la vida, como Clara.

El abrazo
El asesino que deja de matar no existe,
y sus víctimas construyen la memoria.

Rafael Amor

Con solo cuatro años Constantino había llegado con sus padres a Orán en la Provincia de Salta, cerca de la frontera con Bolivia.

Ahora sus ojos veían un paisaje diferente. Escuchaba sonidos extraños, palabras indescifrables y la gente no se parecía a la que había visto en Atenas. Extrañaba la Plaza Sintagma donde subía al tranvía con su madre para llegar al mercado Central o a la calle Ermou o al mercado de Laiki, donde los vendedores eran más bulliciosos, hacían chistes y se reían a carcajadas.
Los domingos con papá y mamá a la playa de Vouliagmeni o a caminar por el puerto de Pireos. En Orán no había mar, ni puerto, ni nada que se le pareciese.
Había chicos descalzos con los cuales empezó a jugar y a mezclarse en el bullicio de las tardes bochornosas del verano salteño. La salida al recreo, en la escuela del pueblo, comenzó a ser una fiesta.
El idioma dejaba de ser un ruido extraño para convertirse en sonidos suaves y melodiosos u otras veces quejumbrosos y moribundos, pero ahora entendibles.

Las miradas se cruzaban más de lo habitual, pensó Constantino, y disfrutó ese momento de mutua aceptación. Estaba en Buenos Aires. Gozaba de la libertad que le ofrecía la gran ciudad, a la que empezaba a conocer dejándose seducir por la intimidad de esas callecitas de barrio, que tanto le fascinaban.

Compartía con María el mismo salón de ese Colegio Secundario. Un día decidió hablarle y le pareció que un descubrimiento extraordinario se había producido.
Constantino saludó al padre de María con mucha solemnidad. Ella apenas pudo contener la risa. Los padres de María habían venido a visitarla desde Las Heras, un pueblo cercano a la capital. Se sentaron en el modesto sillón del living.

El padre miraba a María como buscando respuestas sobre la presencia de Constantino. El clima se tensaba, lo obvio no podía esconderse por más tiempo.
Sí papá, vivimos juntos...pero nos vamos a casar pronto. Esa noche salieron al cine.

María comenzó a dar clases de música en un jardín de infantes y Constantino encontraba trabajo ocasional con lo que podían pagar el alquiler del departamento y las inevitables salidas al cine y la compra de libros.
Constantino se inscribió en la facultad de ciencias naturales, en la carrera de geología. Le prometía a Maria una vida en la Patagonia, llena de niños y en contacto con la naturaleza. María fue a retirar los análisis. Estaba embarazada. Llegó al trabajo, se lo contó a las compañeras. Enseguida organizaron una fiestita. Risas, sandwichitos de miga, gaseosas, y globos multicolores, mucha música y María en el centro de los agasajos. -¿Y cómo le vas a poner?

-Si es varón no estoy segura todavía, pero si es nena se llamará Clara. María llegó al departamento a las 6. -Vas a ser papá. Clara nació en un caluroso día de febrero del 76. Los abuelos de Orán llegaron a los pocos días del parto y los que vivían a las afueras de Buenos Aires estaban desde una semana antes del nacimiento. Clara era una beba muy activa. Tenía unos ojos enormes como los de Constantino y le asomaba una cabellera negra y saludable como la de su madre. Constantino llegó más temprano que de costumbre. María lo esperaba con los ojos vidriosos. Era una tarde de marzo, cálida y el sol se ponía lentamente entre los edificios de Buenos Aires, mientras iba dejando sin apuros un telón en el firmamento que pasaba del amarillento al ocre y del ocre al rojo intenso. Luego las sombras y Buenos Aires quedó casi a oscuras.

Las sirenas comienzan a ulular y camiones con soldados a desplazarse por todas direcciones, como si se tratara de un enemigo de fantasmagóricas apariciones. Al llegar al departamento Constantino había visto tanques militares estacionados frente a las escalinatas de la facultad de ingeniería. El majestuoso edificio neoclásico estaba rodeado por el ejército. Clara se despertó y comenzó a llorar. La madre la acomodó en el regazo. Constantino las miraba. Sintió una gran ternura que barrio con temores y dudas. Comenzaron a reírse, mientras Clara seguía mamando del pecho de su madre con desesperación.

Maria llamó a la madre por teléfono, le contó que estaba embarazada. Estaba en el tercer mes, presentía que era otra nena.

-Le pondremos Victoria, había dicho Clara.
Constantino se paró al llegar a la Avenida Pueyrredón.
Venia de su trabajo, casi anochecía, pero Buenos Aires se negaba a dejar correr siquiera una brisa fresca, el día había sido bochornoso. Estaba a sólo pocos pasos de entrar al edificio de departamentos. Notó algo raro en la acera. Algunos coches que no reconocía como los habituales estaban estacionados en la avenida pegados al cordón de la vereda. Presintió algo horrible. Sintió que lo estaban esperando, intuyó una celada.

No se dejó paralizar por el terror. Siguió caminando.
Volvió a recordar el barrio Plaka en Atenas, el olor metálico de los tranvías y el azul del Egeo que golpeaba los murallones del puerto. Estaba aturdido. A Maria la habían secuestrado a plena luz del día. Un grupo de paramilitares, en varios vehículos, realizaron un operativo rápido en el jardín de infantes. La maniataron, la encapucharon y la tiraron de un empujón dentro de un Ford Falcon color verde oliva. Tirada en el piso del automóvil dos de los asesinos del “grupo de tareas” le pusieron los pies encima de su cuerpo. Sintió al bebe moverse dentro de su vientre, pensó en Victoria.

Clara pujaba en la sala de parto, sabía que era una nena. Pensó en Victoria, su hermana, por la que llevaba esperando 30 años.
Abrazó a la recién nacida.

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