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HERRAMIENTAS

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24 de marzo 1976/24 de marzo 2006
Por Adriana Robles
Publicado digitalmente: 27 de marzo de 2006

Hay hechos que nos marcan para toda nuestra vida y es seguro que, como sociedad, el golpe militar de 1976 resultó de esos hechos históricos que jamás podrán quedar en el olvido. Por muchísimas razones, pero fundamentalmente por la larga duración de sus eventos: la política económica que se proyectó sobre la Argentina hasta hace muy poco tiempo que aun se paga en hambre y miseria de grandes sectores de la población; por la presencia vívida de los desaparecidos en la búsqueda de las madres y las abuelas y su reclamo permanente de justicia; por el re-nacimiento de los hijos robados que retoman algunas de aquellas banderas.

Y por nosotros, los protagonistas que aun estamos vivos, los argentinos de entre 45 y más años que como actores o espectadores palpitamos cada momento de aquellos años y podemos testimoniar sobre ellos.

En febrero de 1976 yo tenía 18 años y había comenzado a trabajar en lo que sería el último intento de prensa legal de los Montoneros. La revista, que se llamaba Información, se hacía en unas oficinas de la calle Chile al 1400 y había sumado, además de algunos reconocidos periodistas y militantes del sector, a otras figuras del periodismo local que empujaban cambios en la política nacional desde otras pertenencias partidarias.

Yo había llegado a la revista por indicación de mi responsable de esos tiempos quien sin que yo lo supiera, ya tenía experiencia por haber trabajado en otros esfuerzos editoriales de Montoneros, como el diario Noticias.

En aquel lugar privilegiado de información y análisis político palpité la llegada del golpe que se anunciaba sin pausas desde al menos, diciembre del 75. El verano entre esos dos años nos había comenzado a cruzar con el anticipo de lo que vendría ya que en ese lapso hubo muchas caídas de compañeros y si bien en la mayoría de los casos tenían un destino de presos legales, había también muchos atentados (de las tres A y algunos otros grupos parapoliciales) y en ellos perdían la vida militantes barriales, estudiantiles, sindicales.

La revista salió a la venta el 23 de marzo del 76, el exacto momento del golpe y por supuesto, terminó allí mismo.

Yo llevaba pocos meses militando en Lanús adonde había sido destinada luego de haber participado en la UES de Avellaneda. Era chica, era inexperta pero estaba muy convencida de lo que estaba haciendo. Por eso, el anuncio del golpe no me amedrentaba.

No se trataba de una cuestión de valentía o coraje irresponsables. Se trataba de una fuerte convicción política sobre lo que quería cambiar de la realidad política de la Argentina y de una convicción que, además era colectiva. Independientemente de nuestros orígenes y nuestras experiencias previas muchos de nosotros sentíamos que estábamos en el camino de una revolución que transformaría las estructuras injustas de nuestra sociedad restituyendo a los sectores populares los derechos que históricamente les habían sido negados. De ese sentimiento había surgido nuestra identidad como peronistas, porque el peronismo había sido el único movimiento político que había hecho realidad esa dignidad tantas veces humillada.

Por eso amplío: a la mayoría de nosotros no nos amedrentaba el golpe. Nos preocupaba por supuesto, pero sentíamos cierta intriga por ver cómo quedaría planteado el escenario político luego de eso.

Hasta ahí se sentía que el gobierno de Isabel obstaculizaba la verdadera confrontación y entonces el golpe despejaría el escenario de inútiles accesorios. Aun en la tensión que toda esta espera provocaba, con los debates constantes que el tema producía y los vaivenes que su amenaza definía -en la revista era habitual durante ese mes, hablar de ir levantando todo, discutir el contenido de las notas rehaciendo números cero uno tras otro, diagramar una y otra vez la tapa, modificar la fecha de salida-; aun así, no imaginamos lo que venía. Esperábamos más represión, mayor intensidad en los enfrentamientos pero no se esperaba represión “ilegal”, ni campos de concentración ni robos de bebés o saqueo de propiedades. Al menos en mi nivel y en mis ámbitos, no vislumbrábamos eso.

Tengo una historia sobre esto que me ratifica que no teníamos nada claro cómo funcionaba -ya en el golpe- el sistema represivo. En julio del ’76 en Remedios de Escalada cayeron dos oficiales montoneros: Lito y Juan. Ambos fueron picaneados y golpeados durante unos días y posteriormente liberados. Al salir, Juan se refugió en la casa de sus padres que algunos de nosotros conocíamos. De una manera que hoy resulta inexplicable en términos de la seguridad que el momento indicaba, algunos compañeros fuimos a visitarlo. Es decir, compañeros comprometidos con la estructura de Montoneros con cargos y en funciones, en plena escalada represiva, fuimos hasta la casa de un liberado -claramente identificado como montonero- a visitarlo.

Juan estaba destruido físicamente, muy torturado y de hecho a partir de ese momento prácticamente dejó de militar y, por suerte, terminó salvando su vida. Pero Juan estuvo en un campo de concentración, El Vesubio, por al menos unos días, cayó con otro compañero conocido y fueron liberados por la influencia de algunos familiares de éste. Sin embargo, cuando fuimos a visitarlo ninguno -tampoco Juan- relacionó todo esto con un sistema como el que conocimos luego. Para él, para nosotros, había caído, lo habían torturado y lo largaron. Podría haber ido a parar a la cárcel o haber sido fusilado. Esas, entendíamos nosotros, eran las opciones.

No teníamos clara conciencia de la dimensión represiva. El ’76, a partir del golpe, nos encontró militando y así seguimos muchos meses más.

El sostenimiento de nuestras actividades a partir de ese momento fue lo más clandestino posible. Intentábamos pasar desapercibidos, encontrarnos en lugares en los que no fuéramos detectados, comunicarnos con códigos “misteriosos” a los pies telefónicos para dar señales de vida de unos a otros. Teníamos muchos cuidados al ingresar a ciertas “zonas” tildadas como peligrosas; hacíamos antiseguimiento para entrar a algunas citas, asistíamos “cerrados” a los lugares de reunión. Nos sentíamos -y éramos- perseguidos. Pero esa continuidad frente al peligro se alimentaba de fuertes convicciones. Vivíamos con temor y en permanente estado de alerta pero intentando seguir adelante en la lucha con la que estábamos comprometidos: por la defensa del trabajo, de una distribución más equitativa de la riqueza, por la restitución de los sindicatos a sus legítimos dueños, los trabajadores; por la recuperación de las conquistas alcanzadas con el peronismo; por la recuperación de los derechos políticos conculcados, por el cese de la represión y la tortura.

El final de aquel camino no fue feliz, ya todos sabemos a qué horror hubo que enfrentarse pero al margen de ello, la historia nos ha dejado una lección y creo que en su gran mayoría los argentinos hemos aprendido el valor de vivir en democracia; lo que implican el disenso y las diferencias; el valor de la participación aunque lamentablemente la ejerzamos poco; la fuerza de nuestro voto y la validez de la política -aunque la juzguemos y no nos conforme totalmente-.

Estos treinta años de recordación pueden servir para comenzar nuevos caminos de la memoria y de la acción. Porque aun hay mucho por saber, hay muchos a quienes recordar y hay mucho que aprender como sociedad para construir una Patria más Justa y digna para todos.

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