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Alberto J. Franzoia   
Spilimbergo y su mirada alternativa sobre la "Comunidad Organizada"
Por Alberto J. Franzoia
(¿Quién es Alberto J. Franzoia?)
Publicado digitalmente: 28 de septiembre de 2005

En este mes de septiembre en el que se cumple un año de la desaparición del compañero Jorge Enea Spilimbergo, queremos ofrecer un humilde tributo recordando su muy interesante pero poco conocida tesis acerca de la "Comunidad Organizada".
Este trabajo encierra en su apretada redacción una riqueza teórica que consideramos oportuno evocar ya que, según nuestra visión, debería constituir un referente necesario para revisar nuestra historia popular. Cercana la fecha en que deberemos renovar parte del Poder Legislativo, cuando se escuchan voces que exigen decisiones políticas propias de una relación de fuerzas inexistente, a la vez que parecen no advertir los avances realizados por el gobierno de Kirchner contrariando la lógica neoliberal que imperó en nuestro país desde 1976, se impone analizar con el menor sectarismo posible y una cuota significativa de autocrítica algunas de las debilidades del campo nacional que no son nuevas.

En abril de 1989 (a cuarenta años de la presentación teórica pública de la Comunidad Organizada en el Congreso de Filosofía de Mendoza) durante el desarrollo del simposio-homenaje organizado por el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Spilimbergo expuso una particular mirada sobre este fundamental acontecimiento de nuestra historia [1].
Separando la paja del trigo, claramente identificado con el apoyo al movimiento peronista pero sin renunciar a la mayor rigurosidad posible, que es la única garantía para el triunfo de las ideas emanadas del campo nacional y popular, distinguió dos componentes con frecuencia confundidos de la comunidad organizada: su núcleo filosófico (idealizado), con un contenido intemporal y eurocéntrico por un lado; su núcleo dinámico y real, expresión de una concepción solidariamente nacional de la comunidad por otro.

El núcleo filosófico presenta debilidades innegables (que en muy pocas oportunidades han sido abordadas con la necesaria autocrítica) producto de una apoyatura equivocada en el pensamiento clásico griego que había sido gestado como consecuencia directa de reflexiones acaecidas durante la decadencia de la polis esclavista. Dice Spilimbergo al respecto:
«Cabe destacar que la construcción del discurso filosófico tiende a oscurecer antes que a fundamentar ese núcleo dinámico central, en tanto busca su anclaje en el pensamiento clásico griego y en una versión al menos arcaica de la tradición aristotélica-tomista.
Así se invoca la definición platónica del “Estado de Justicia”, donde cada clase ejercita sus funciones en servicio del todo y ejerce su “virtud especial”, educada en “conformidad con su destino”, sirviendo a la “armonía del todo”. Destaquemos que el pensamiento clásico griego fue elaborado en el momento de crisis y decadencia de la polis esclavista, y al no poder concebir un pensamiento superador de ella es por esencia antihistórico.»

Ese anclaje incorrecto en el que como el mismo Spilimbergo sostiene deben haber tenido mucho que ver los "ocasionales asesores del texto", es el que permite recurrir a una visión de las clases sociales que no guarda correspondencia con el comportamiento real de la oligarquía en los países de un capitalismo dependiente, cuyos intereses objetivos y su consecuente comportamiento político son contrarios a los de la comunidad nacional organizada. Por otra parte, y retomando una justificada preocupación de este foro (pero que sólo se manifiesta cuando se trata del marxismo), debemos sostener sin temores a ofender a los compañeros peronistas (ya que lo hacemos con el mayor respeto) que dicho anclaje filosófico tiene raíces claramente eurocéntricas, por lo que esta reflexión sobre la práctica del movimiento, carecía de correspondencia con lo que expresaba la realidad de dicha práctica.

La lucha de clases, que lejos de ser una premisa cargada de subjetividad resentida y violenta, es un fenómeno objetivo que emana de la estructura económica de las sociedades basadas en la explotación, y que en un país que lucha por liberarse de la dependencia capitalista adquiere manifestaciones descarnadas, y a su vez muy específicas, se presenta en la comunidad organizada, según Spilimbergo, en los siguientes términos:
«...la lucha de clases excluye toda posibilidad de virtud y de dignidad individual pues es, por esencia, abierta disolución de los elementos naturales de la comunidad.»

Mucho tuvieron que ver en esta generalización antihistórica, y por tanto deformada de la realidad nacional, los sectores vinculados a un nacionalismo clerical (preconciliar) y oligárquico, que pretendía inhibir el desarrollo de una expresión teórica orgánica propia de la clase que constituía la columna vertebral del movimiento. Sostiene con meridiana claridad Spilimbergo:
«La ideología clerical medievalista y nacionalista-oligárquica pretendió suministrar para un problema moderno de un país moderno de relativo desarrollo burgués y con fuerte incidencia del movimiento obrero, una teoría paternalista y estamentaria del “equilibrio de clases”, reaseguro estático ante desbordes socializantes de la base obrera del movimiento.
Esta asfixia ideológica no sólo debilitó programáticamente al movimiento sino que, además, contribuyó a aislar a la clase trabajadora de otros sectores populares como la pequeña burguesía estudiantil, al privarla de un discurso articulador del frente nacional.»

Tanto el Congreso de Mendoza como la labor académica en la Argentina durante la década peronista, estuvieron dominadas por esa concepción teórica antihistórica que le impedía al movimiento dar cuenta de sí mismo. De allí que los principales aportes favorecedores del desarrollo de una conciencia nacional haya que buscarlos en “intelectuales periféricos” como “Jauretche, Scalabrini Ortiz, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Rodolfo Puiggrós, John William Cooke sin acceso (salvo, circunstancialmente, Cooke y Arregui) a la cátedra universitaria”.
"A nuestro juicio, ello se debe a la tensión interna entre esa fuerte y decisiva base obrera y el componente burgués del proyecto del ’45: un capitalismo autónomo (independencia económica) con apoyo popular (justicia social) destinado a compensar la debilidad orgánica e ideológica de la burguesía nacional argentina. Semejante bloqueo teórico no podía resolverse sino superando prácticamente la situación, o por la consolidación de una burguesía rectora, o por la transgresión de los límites capitalistas del proyecto original. Ninguna de estas alternativas predominó".

Este planteo es medular, ya que un frente nacional siempre es policlasista en su constitución pero no puede serlo en su ideología. Las ideologías, independientemente de cómo se presenten a la consideración pública, no pueden tener un contenido policlasista real, pues son por definición las visiones de mundo que desarrollan cada una de las clases fundamentales de una sociedad. Por lo que sí el nacionalismo popular del frente no logra expresarse a través de la visión de una burguesía fuerte, necesariamente debe hacerlo mediante la clase obrera, o en su defecto sucumbir ante el bloque oligárquico-imperialista.

La historia posterior es muy conocida. En otras oportunidades hemos planteado en Reconquista Popular [2] la necesidad de reflexionar sobre esta limitación teórica y política que ha resultado fatal para la consolidación en el poder del bloque nacional y popular.
¿Cuál es entonces el componente fundamental de la comunidad organizada que resulta necesario retomar?
Por cierto no su núcleo filosófico, expresión de una perspectiva estática, eurocéntrica e idealista de la historia, sino su núcleo concreto y, por lo tanto, nacional, que se manifestó dialécticamente en la consigna alpargatas o libros. Spimbergo sostiene que esa dialéctica expresaba:

«(1)La autoreivindicación como sujeto histórico activo de la mujer y el hombre obligados a la alpargata, socialmente preteridos.
(2)Su exigencia de zapatos para ellos y sus niños, muchas veces descalzos.
(3)Su aspiración a que sus hijos tuviesen acceso a la alfabetización, la enseñanza media y aún superior, privilegios los dos últimos de minorías.
(4)La impugnación de los libros (la ideología liberal-imperialista, formulada como razón universal) que enseñaba como "natural", platónicamente "justo", el orden que condenaba a las alpargatas, el hambre y la ignorancia a la inmensa mayoría.
(5)La decisión superadora y culturalmente genética de cambiar ese orden.»

"Era, pues, dicha consigna, la expresión vigorosa y primaria de un hecho cultural fundador: la nueva relación de fuerzas creada por el ascenso de los trabajadores al primer plano de la vida política".

Efectivamente esa unidad de contrarios, expresada con la simpleza de la sabiduría popular, sintetiza el núcleo fundante de la nueva Argentina, que como bien señala Spilimbergo, era la expresión de una relación de fuerzas que se había modificado. La filosofía que intentó dar cuenta de este nuevo fenómeno sólo sirvió para ocultarlo, aislando a la clase obrera de otros componentes esenciales del campo popular (como las capas medias) y obstaculizando a su vez el desarrollo de la autoconciencia histórica. Esa visión armoniosa del todo (estática y antihistórica) en el que cada parte (clase) contribuye a su realización, es retomada hoy por cientistas sociales que adhieren a la teoría funcionalista norteamericana. De allí surge la necesidad de explicitar sin ambages el carácter ajeno a nuestra realidad nacional y a la realización de los intereses objetivos de los sectores populares de este enfoque teórico. Sólo una nueva conducción que transforme la columna vertebral del movimiento en su cerebro, con una teoría que sea capaz de dar cuenta de esta nueva realidad, podrá resolver el desafío: "...hoy debemos reflexionar sobre la incapacidad rectora de la burguesía en el frente nacional a reconstruir, lo que implica apelar a un nuevo liderazgo político-social, el de la clase trabajadora (en tanto "clase universal"), con su respuesta socialista extraída de la propia entraña nacional y latinoamericana, sin servidumbres externas".
"Estos desarrollos están explícitos o latentes en el último Perón, particularmente en su discurso del 1° de mayo de 1974, suerte de testamento político". Allí Spilimbergo subraya: la invitación a que la clase trabajadora para que "defina qué modelo de país anhela"; "su apelación a la unidad nacional para la liberación"; y su invitación al cambio social a través de un "orden creador y transformador" como respuesta al "orden estático" de la dependencia.
"Sólo es posible elevar al movimiento a un nivel superior de racionalidad si, en primer término, preservamos su carácter totalizador de unidad nacional para la liberación y, en segundo lugar, rebasamos el esquema cíclico del modelo capitalista con "justicia social", incompatible con la hondura de la crisis nacional".

Las crisis no se resuelven retrocediendo sino avanzando con coraje y creatividad pero evaluando con la mayor rigurosidad posible las condiciones existentes, ya que en política lo más importante no son las intenciones que perseguimos sino las consecuencias objetivas de nuestra práctica. No cabe duda que después del avasallamiento imperialista que hemos vivido (con posteridad a estas jornadas filosóficas), generador de una relación de fuerzas mucho más precaria para nuestro pueblo, el sujeto social de la transformación se ha modificado.
Consideramos, por lo tanto, que se deben profundizar propuestas y prácticas inclusivas para todos aquellos trabajadores pretéritos o potenciales que carecen de inserción productiva, como así también para las capas medias empobrecidas (sean o no conscientes de su pertenencia al campo nacional y popular), lo que supone abandonar cierta arrogancia sectaria que nada aporta a la construcción de lo nuevo. De todas maneras, más allá de lo inevitablemente nuevo, no olvidamos que la clase obrera que cuantitativamente ha sido diezmada en los últimos años, sigue teniendo un peso específico por su historia y por la conciencia que su práctica puede generar, que resulta esencial para enfrentar al bloque oligárquico-imperialista.
La actual relación de fuerzas supone por un lado fortalecer lo existente, y por otro construir con una vocación inclusiva para dotar al campo nacional, popular y democrático de una potencialidad que hoy no tiene.
A su vez, para consolidar lo hecho y profundizarlo, será oportuno recurrir a una autocrítica responsable a la hora de evaluar las condiciones objetivas, pero sin concesiones para estimular el cambio necesario y posible. Ella va mucho más allá de los cuestionamientos a las sombras del actual gobierno, ya que incluye la necesidad de superar un planteo filosófico (platónico) tan equivocado como supone creer que "cada clase ejercita sus funciones en servicio del todo y ejerce su ’virtud especial’, educada en ’conformidad con su destino’, sirviendo a la ’armonía del todo’". La historia de Argentina y de la Patria Grande demuestra que este planteo carece de correspondencia fáctica, el núcleo concreto que debemos rescatar se inscribe en la profundización de la dialéctica alpargatas o libros.
Allí está la clave para interpretar y transformar nuestra realidad.
Cedemos las palabras finales al compañero Spilimbergo:
"Nueva relaciones de producción que archiven a las clases usufructuarias de privilegios ética y funcionalmente perimidos, nos permitirán construir ese ’nosotros en su ordenamiento supremo: la comunidad organizada’" .

Alberto J. Franzoia
albertofranzoia@yahoo.com.ar
La Plata, Septiembre de 2005

NOTAS:

[1] Spilimbergo Jorge: "Hombre, Estado, Comunidad", página 65 a 69, en Proyecciones del Pensamiento Nacional, actas del simposio A 40 años de "La Comunidad Organizada", convocado por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y organizado por la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales desde el 20 al 22 de abril de 1989.

[2] Franzoia Alberto: "Para modificar la ley de la gravedad", publicado en Reconquista Popular, mayo de 2005.


Artículo enviado originalmente a la lista Reconquista Popular
© Alberto J. Franzoia
Todos Los Derechos Reservados
Para reproducir citar la fuente.
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