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HERRAMIENTAS

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Gritos sepultados entre cuatro paredes
Por José Luis Zamora
Publicado digitalmente: 26 de julio de 2005

Cuando la Violencia Familiar se hace presente en un hogar - ámbito que debería ser para todo el mundo el más protegido y seguro - las consecuencias finales, para quien la padece, llegan a ser destructivas, letales en la mayoría de los casos.

“La noción de Familia, cuando se transforma en un concepto abstracto y sacralizado, es el mayor obstáculo epistemológico que impide la adecuada comprensión del problema de la Violencia Familiar. Es necesario admitir que la familia puede ser un contexto nutricio, proveedor de seguridad, afecto, contención, límites y estímulos; pero también puede ser un entorno en el que se violen los derechos humanos más elementales y en el que se aprendan todas las variantes de resolución violenta de conflictos interpersonales. La dramática realidad de los casos de maltrato y abuso intrafamiliar nos confronta con aquellas idealizaciones que todavía sustenta el accionar de algunos sectores profesionales e institucionales”.

Esta “profanación” sobre el cuerpo o la psiquis de la víctima puede venir de la mano de cualquiera de los integrantes que conforman la parentela. Es un problema muy frecuente que se detecta en todos los niveles sociales, independientemente de la condición económica que posean, pero como “de eso no se habla” parecería que no existe; a lo cual, se debe agregar dos agravantes que en nuestra sociedad se han hecho carne al sentimiento de indiferencia, de irresponsabilidad y por tanto de complicidad y cobardía con el verdugo en suerte: “algo habrá hecho” y “como a mí no me sucede...”

Sin embargo, no se reduce solo a ello el problema, porque, cuando la “impasibilidad “de quien o quienes deberían tomar parte en resguardo de la víctima no lo hacen, se pone de manifiesto que existen intereses creados u otros motivos personales y, por lo tanto, este tácito consenso encubierto en el silencio, se convierte automáticamente en “sentimiento de desprecio” por la vida del otro, es decir, la de la víctima. Ésta, se encuentra sola, vigilada y controlada, por lo general sin nadie a quien recurrir; y ni hablar si está imposibilitada por alguna enfermedad o incapacidad física o mental. Es allí, cuando el ensañamiento del “ejecutor” - ejerciendo fuerza y poder - hace cada día de sus abusos una crueldad mayor hasta desembocar inexorablemente en el peor desenlace, en la muerte de quien la padece.

Como la víctima se encuentra “sentenciada a muerte” por “ dictamen superior y legítimo”; quien oficia de verdugo la hace recorrer cuantas veces le venga en ganas el “pasillo de la muerte”. La única posibilidad que existe para “conmutar” la sentencia dictada a través de los golpes, está en la acción directa y urgente a manos de la Justicia, en primer lugar.

Claro, siempre y cuando la balanza se incline sin tapujos a favor y resguardo de quien pide ayuda a gritos entre las cuatro paredes de su hogar... antes de ser sepultada.

El hecho.

El 16 de julio de 2004, en el departamento ubicado en la calle Neuquén 1242, 5to piso del barrio de Caballito en Capital Federal, la familia de clase media alta, compuesta por Etel Edith Weksel, de 43 años de edad, casada aproximadamente desde hacía 15 años en segundas nupcias con Eduardo Nogueria, de 48 años y su hija Vanessa Yolde, de 22 años, fruto de su primer matrimonio, comenzó a vivir un día más de «disociación cognitiva».

Esto es lo que da carácter distintivo a la violencia en el ámbito familiar, y es también lo que profundiza y perpetúa su victimización como núcleo en el desarrollo de «la sombra», o sea, en el lado oscuro de la personalidad de Eduardo Nogueira, que desde hacía ya largo tiempo se había convertido para su esposa Etel en una pesadilla... en su «sombra».
El maltrato hacia su persona, se puede decir, revestía ingredientes comunes a estos casos, porque a decir de Jung: «La sombra sólo resulta peligrosa cuando no le prestamos la debida atención...» cuando intentamos desconocerla como individuos y como sociedad.

«El problema con la violencia y el abuso que se produce dentro del hogar es la invisibilidad y el silencio.
La mayoría de los agresores son hombres.
Son cosas que, aunque se sospechen, no se dicen».

La manifestación más generalizada de «la sombra» como violencia en el ámbito de lo familiar, se da principalmente encarnada en la violencia contra la pareja y en el incesto.

Se ha podido determinar que Etel luego de sufrir los tormentos que su esposo le hizo padecer, como pudo, eran las tres de la tarde cuando tomó un taxi o un remis y se trasladó sola, frágil y doliente hasta la Clínica Trinidad, en Capital Federal.

Una vez allí debió ser internada de inmediato, debido al estado crítico en el que se encontraba.
Todavía, tuvo algún resto de fuerza suficiente como para llamar por teléfono a su hija y ponerla al tanto de la decisión tomada seguramente a instancias de los profesionales del lugar.
En el fondo buscaba, además de curar sus tremendas heridas y lesiones internas, refugio, contención.
¿Lo logró?
En parte.

El refugio a la ira desatada horas atrás por su marido, lo obtuvo en la clínica mencionada, ya que hasta allí éste seguramente no podía llegarse para continuar con el castigo criminal y además los médicos le brindaron la atención humanitaria posible, como corresponde a todo el compromiso ético que les cabe.
Mas, la contención, la comprensión que seguramente anhelaba en esos momentos tan difíciles de parte de su única hija no se hizo presente.
Todo lo contrario a lo esperado del llamado de la sangre, lo único que recibió Etel en respuesta fue una recomendación insólita, despiadada: «no le avises a nadie de lo sucedido».

A fojas 78, declara el doctor Manuel Van Domcelar que «al principio, Etel no quería decirle nada pero terminó contándole que el autor de las lesiones era su esposo, quien ya en otras oportunidades la había maltratado de la misma forma y que ella no lo había denunciado porque tenía temor a que él no le dejara volver a su casa».

En otra declaración testimonial, a fojas 143, esto se reafirma.
La enfermera Cecilia Andrea López, empleada de la Clínica Trinidad dice que Etel le refirió que «la habían golpeado mucho» y que el «autor» había sido su esposo.
Que no sólo le había propinado golpes de puño sino patadas en su cuerpo y «hasta la había pisado».
Que además ya había sufrido esos ataques en otras ocasiones.
Y al preguntarle si le había avisado a alguien que se iba a internar, Etel le contestó que a su hija Vanessa, con el exabrupto que ya conocemos.

¿Qué era «lo sucedido» para su hija Vanessa? ¿Está ahí la clave de todo lo sucedido ese día? ¿Había presenciado o no la furia de «la sombra» desatada sobre su madre? ¿Por qué tanto manto de misterio y oscuridad sobre lo ocurrido? ¿Por qué, luego, ocultar o disimular «un crimen» a todas luces? ¿Tiene explicación tanta frialdad, tanto ensañamiento, tanta virulencia manifiesta?

Luego, no volvió a verla nunca más... porque tenía finales en la facultad.

Hubo sí una persona clave en esta historia plagada de humillaciones y golpes para Etel, que se hizo presente en la Clínica Trinidad.
Su cuñada, la contadora Liliana Nogueira.
¿Humanidad?
No.

Se trató de un deliberado y estudiado acto de dominio o sometimiento sobre Etel -una vez más- para acallarla.
En suma, la otra pata de la complicidad necesaria para no llegar a la verdad.
Misión: Encubrir al hermano... como sea.
Aún, bajo la máscara cínica y siniestra de una solapada solidaridad familiar.
De otra manera no se explica por qué no se comunicó inmediatamente con los hermanos de Etel - Silvia y Eduardo Darío - para ponerlos al tanto de lo ocurrido.
Más aún, habiendo entrado Etel en estado de coma irreversible durante cinco días hasta su fallecimiento «a raíz de los múltiples politraumatismos que había recibido por los golpes»; comentario dicho por teléfono a Silvia por el jefe de terapia intensiva del nosocomio aludido.

Por su parte, su hermano Eduardo Darío, también, al solicitar explicaciones en la clínica recibió una contestación similar de parte de un facultativo: «pregúntele al marido qué le pasó».
«No sé qué me pasó, Eduardo, me saqué, se me fue la mano».
Ésta - a modo de confesión - fue la explicación que le dio el marido, quien permanecía como «una sombra» sentado en un banco de la Clínica Trinidad, esperando el «resultado» final de su «obra macabra».

Las dos autopsias revelan inapelablemente «que tanto se le fue la mano a Eduardo Nogueira».

A fojas 254, dice «puntas vasculares en ambos pliegues de codos, dorsos de manos, pliegues ingluinales y tobillo derecho.
En el dorso de la mano izquierda equiñosis difusa de color verde.
Fracturas de 5ta, 6ta y 7ma costilla izquierda arco anterior y fractura de 10ma costilla derecha arco posterior».

En la efectuada por el Cuerpo Médico Forense dice: «Fracturas de costillas 5, 6, 7 y 8, lumbar tercera (vértebra), hematoma dedo anular izquierdo; líquido abdominal perihpático; fractura sin desplazamiento del arco adomático derecho; la rotura de 3 piezas dentarias y la fisura del hueso iode (cuello).
Conclusión: “La muerte se produce por politraumatismo, bronconeumonía y hemorragias interna”».

¿Se podía esperar otro resultado que no fuera éste?

Para «su obra final» Nogueira no habría utilizado justamente un pincel, ni una espátula, ni bellos colores; habría utilizado lo efectivo en estos casos dando rienda suelta al mandato de sus puños y su piés, con golpes y patadas, y su ensañamiento y su descontrol... y su locura.

¿La única vez?
No. Una vecina refiere haber escuchado «discusiones».
La encargada de edificio se lava las manos, perdió la memoria.
Raro en los porteros.
Quienes la vieron golpeada en otras oportunidades fueron el ex marido de Silvia y la esposa de Eduardo Darío, Any, quien señala que alguna vez Etel fue a contarle pero lo único que pudo decir llorando fue «que la trajo todo el camino pateándola».
No más.
«La sombra» se encontraba detrás de ella y no tuvo más remedio que enmudecer de golpe.
Las patadas intimidan, amedrentan y las humillaciones equivalen a la destrucción del otro y esto último es una de las tantas formas... de matar.

En la vecindad refirieron a la Brigada de la comisaría 23 que varias veces el patrullero se hizo presente en el domicilio de la familia Nogueira.
Entonces, ¿Cuántas veces, Etel fue «humillada» por «la sombra»?
Por ende, la insistencia.
¿Cuántas veces recorrió Etel antes de morir el «pasillo de la muerte»?
¿Cuántas veces la mató?

Una anécdota pinta de cuerpo entero el miedo permanente que Etel sentía en situaciones - para ella límites o fuera de control - que para el común de los mortales no dejarían de ser nimiedades. En un choque con su auto en el que solo resultó dañado un farolito, repetía persistente y angustiada ante una amiga y su hermana, cuando se entere me va a matar .
Y tenía razón.

Ante la ley.

Entre los integrantes familiares que rodean a la víctima y victimario, tácitamente -al no tomar intervención en defensa del más débil - se maneja una situación de hermetismo tan férreo que no puede dejar de pensarse en que al final lo que se espera no es otra cosa que un desenlace homicida, concertado en el silencio y en la complicidad y la falta de amor, «...Donde hay amor no existe el deseo de poder y donde predomina el poder el amor brilla por su ausencia. Uno es la sombra del otro...»

En vida, Etel era una persona indefensa ante las agresiones -palizas- propinadas por su marido y, después, ya muerta, también de algún modo continúan.
¿Por qué?

Existen razones fundamentales para que ello suceda y que, por lo general, no son consideradas seria y profundamente en esfera gubernamental, social, judicial, educativa, principalmente, estas dos últimas, etc.

Una sería, como bien dice la defensora oficial Stella Maris Martínez: «El sistema penal es como una lotería».
Y da a entender que la Justicia es discriminatoria, especialmente «hay discriminaciones contra las mujeres. Y otra razón es que los operadores judiciales no tienen integrada la perspectiva de género ni los tratados internacionales, sobre todo en los casos de violencia familiar».

Convencida está que la suerte de los acusados «depende del juez que te toque» y, por supuesto... del fiscal.

El fiscal de la causa 42077/2004, Dr. Nicole, Juan, en este caso, no ha respondido a los pedidos que en dos oportunidades Investigaciones Rodolfo Walsh IRW le ha solicitado para que aclare, como único querellante en el proceso - ya que en Capital Federal contrario a Provincia de Buenos Aires, los hermanos no pueden tomar parte del mismo - sobre la situación procesal que pesa sobre Nogueira, Eduardo.

Tal es el grado de desamparo en que se encuentran aquellos que, como su hermana Silvia, desean imperiosamente saber si la Justicia está llevando a cabo correctamente los mecanismos jurídicos de investigación, que no posee el derecho a lograr obtener, como mínimo, las fotocopias de la causa, no hablemos siquiera de formar parte de ella.
El escollo o la piedra es el artículo 82, del Código Procesal Penal.
Dicho artículo oficia, para Silviade portero o para quienes se encuentren en idéntica condición, como en el cuento de Franz Kafka: «Ante la ley».

Silvia Inés Weksel «Ante la ley», como hermana de la víctima, no posee derechos fundamentales a cualquier ciudadano, porque en este caso se encuentra, debido a ese «detalle» inhibida de saber la «verdad» de lo sucedido aquel fatídico 16 de Julio.
Hace ya un año.

Como siempre se recalca, la Justicia es lenta y así se sigue «justificando» un proceder deplorable ante quienes tienen sed de justicia y ante la sociedad.
De resultas que debido a ello, en todo este tiempo Nogueira lleva una vida común a cualquier ciudadano.
Nada, ni nadie ya «lo perturba». Come, duerme, trabaja, camina en las calles junto a nosotros como un «buen» vecino.
¿Buscando una nueva víctima?

Etel, ya no tiene esa oportunidad de vida.
A Nogueira nunca le fue dictado el auto de prisión preventiva, sólo procesado y según pudo saberse existe requerimiento a juicio oral con la carátula «...agravado por el vínculo», art. 82 con los presupuestos del art. 81 inc. 1°B que dice: «Será reprimido con prisión de hasta 3 años o reclusión de 1 año al que “sin intención” de causar la muerte...»
¿Sin intención?

Es de esperar que mientras, la Justicia, por interpósita persona del fiscal Nicole, Juan, y de la mano de la ley - como corresponde - no siga siendo «lenta» y despierte para que Etel pueda descansar en paz y, que su hermana Silvia no siga en el camino de la incertidumbre, preguntándose, al igual que el campesino de Kafka:
«¿Cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?»; y en tanto, los gritos de auxilio de Etel Edith Weksel siguan resonando estèriles, sepultados entre las cuatro paredes de lo que fue su hogar, en demanda de Justicia... con mayúscula.

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