Breve historia de Rusia: del modelo zarista atrasado, a segunda economía y colapso del socialismo
La Revolución Rusa
Investigaciones Rodolfo Walsh > Ideas | 24.05.2007
Esta breve historia de Rusia y la experiencia soviética es un intento de abordar la comprensión de cómo un país dependiente de las exportaciones de materias prima y atrasado tecnológicamente pudo llegar, luego de la Revolución de 1917 y la Guerra Civil que culminó en 1921, a ser la segunda potencia mundial en dos décadas, con una planificación centralizada del Estado. No obstante, este crecimiento estuvo acompañado por una política represiva de Stalin y la burocracia soviética que terminó volviéndose en su contra y antagónica a los postulados de la Revolución del ’17, devorándose a sí misma y que culminó con la restauración del capitalismo y el colapso del bloque socialista tal como se lo conoció en el siglo XX.

Parte I

El campesinado ruso y sus relaciones sociales y políticas, desde el poder político zarista hasta el inicio de la colectivización. Los cambios económicos, políticos y socioculturales. Los programas agrarios de los eseritas, cadetes, mencheviques y bolcheviques antes y durante la Revolución de 1917. Las políticas agrarias propuestas en los inicios de la Unión Soviética y la planificación estatal entre 1918-1930.

El absolutismo zarista fue una máquina de represión para “liquidar las tradicionales libertades comunales de los pobres”[1]. La conformación del absolutismo se vio impulsada por le desarrollo del mismo al oeste de continente, y fue una consolidación de la servidumbre: implementaban desde arriba un mundo nuevo. Tanto el absolutismo como la servidumbre estuvieron ligados, aunque el primero se consolidó con el reforzamiento del segundo. Europa Occidental se relacionó con el feudalismo ruso desde el aspecto político influenciando en la estructura estatal, dado que en el sistema internacional de producción, sólo cuando estallara el capitalismo se podría articular el mercado mundial industrial.

La primera medida promulgada por el absolutismo fue universalizar la servidumbre para la población rural, un férreo control sobre las ciudades y todas las tierras en manos de los nobles estaban comprometidas a prestar servicio militar al Zar, consolidando el poder centralizado. Con esto, la aristocracia nobiliaria concede la formación del absolutismo a cambio de la abolición de las libertades que gozaba el campesinado, pasando este ahora a una servidumbre garantizada jurídicamente por el Estado.

Lo jurídico fue transformado por el absolutismo “en práctica económica”[2].Fue el factor interno del modo de rebelión del campesinado uno de los más importantes que forjaron al absolutismo oriental. Hasta entonces, una de las principales preocupaciones de los nobles era el control de almas para la producción agraria, dado que ante un aumento de presión, el campesinado huía a tierras despobladas y medianamente productivas (“privilegio” que no poseían los campesino en Europa Occidental), siendo ahora todo el territorio ruso propiedad del Zar como autoridad única del Estado fuerte y centralizado, que garantizaba la posición de la nobleza feudal. Los Romanov ligaban la propiedad de la tierra a la conformación del ejército, y Pedro El Grande universalizó este sistema en el que todas las tierras estaban ligadas al ejército y los nobles revistaban en el Estado.

En vísperas de la Revolución de 1905, el campesinado conformaba al 80% de la población y hasta el siglo XVI no había conocido la servidumbre como sus pares de Europa Occidental, que recién se desarrollaría desde entonces hasta el s.XVIII. Habitaba tierras despobladas con fronteras expansivas, podían huir con facilidad de las tierras, lo que se transformó en su principal método de lucha y el Estado crea una maquinaria para “anclarlos” a la tierra. En el s.XVII comienzan a darse rebeliones de gran escala, alimentadas por formas particulares, como por ejemplo los falsos zares.

Esta capacidad de revelarse encontró sus condiciones en la reforma de 1861. Esta emancipa al campesinado junto a grandes tierras y los nobles se quedan con las extensiones más ricas pero sin siervos. La nobleza para ese entonces es un grupo social en decadencia y de ellos sólo mantienen una buena posición los que escalaron en los rangos estatales y los que obtuvieron altos excedentes por destacarse como comerciantes.

El campesinado vivía en una comuna, una aldea rodeada de las tierras que explotaba. Esta comuna era una unidad administrativa donde se decidía el reparto de la tierra y se reacomodaba cada 10 años, administraban el tesoro comunal para los gastos de la comuna, decidían ellos las levas militares y administraban el excedente que pagarían como impuesto a la servidumbre que recaudaba el noble feudal.

El campesinado tenía dos focos de legitimación, el primero dentro de su propia comunidad, y el segundo es el propio Zar, que según dice Claudio Sergio Ingerflom, estaba enfrentado a los nobles que los oprimían[3].

Para el s.XIX-XX la comuna cambia en su estructura por la revolución de 1905, de la que el campesinado participa en la expropiación de tierras privadas. El absolutismo responde con la Reforma Stolypin, que disuelve la tierra comunal transformándola en privada, unificando los bloques de tierra. Ante esto, apenas el 25% de las comunas adhieren a la reforma. Pero, por reforma justamente no podía salirse del sistema feudal, “acompañadas de un régimen de violencias de todo género (…) mientras no sean derrocados los terratenientes feudales, cualquier reforma sólo es posible al modo feudal, con carácter feudal y aplicada con métodos feudales”[4].

Rusia tenía dos sistemas sociales combinados que operaban juntos en total desigualdad. Uno, “la aristocracia, el gobierno y el Imperio, nadando en dinero y cuyas armas consistían no sólo en bayonetas sino en todas las técnicas burocráticas y policíacas importadas de Alemania”[5]; por otra parte estaba “el pueblo anónimo, pobre, agrícola, comunal, democrática, desamparada”. Las ciudades tenían para entonces importantes similitudes con la Europa Occidental mientras que el campesinado vivía con una organización social cerrada y auto perpetuadora. Ambos sectores y estructuras se vinculaban apenas por un territorio compartido y por relaciones de poder donde el primero sometía al pueblo anónimo.

A partir de la Revolución de 1905 se genera un estallido en búsqueda de modernización democrática, constantemente reprimida por el zarismo. En tal revolución, las diferencias en la socialdemocracia rusa se hicieron irreconciliables entre bolcheviques y mencheviques, más allá que la revolución fue derrotada y sus planes políticos abortados.

Ambas facciones buscaron saldar diferencias en el IV Congreso convocado por POSDR (Partido Obrero Social Demócrata Ruso).

La tierra seguía en manos de los grandes terratenientes y era el eje planteado por el movimiento campesino como problema a resolver. Dentro de los bolcheviques había dos posturas: la más revolucionaria fue planteada por Lenin que implicaba la nacionalización de todas las tierras de la Iglesia, zaristas y propietarios, en caso de triunfar la revolución; mientras que otro sector de los bolcheviques, en que se encontraba Stalin proponían en cambio una división de la tierra de los propietarios y entregarla a los campesinos en parcelas como propiedad privada[6]. Como estadio intermedio entre el Estado y el campesinado los bolcheviques proponían la conformación de Comités Campesinos.

Los mencheviques planteaban municipalizar las tierras y arrendarlas a los campesinos, y afirmaban que la nacionalización propuesta por Lenin generaría un efecto contrarrevolucionario porque habría una rebelión generalizada del campesinado contra la estatización de sus tierras, y al mismo tiempo la reacción usaría este elemento para azuzar a los campesinos a rebelarse. Para los mencheviques, en vez de los comités propuestos por los bolcheviques, debían instituirse un autogobierno local como intermediario con el gobierno central. A esta postura adherían los eseristas (izquierdistas).

Para los bolcheviques, planteada la polémica en el seno de la socialdemocracia, el campesinado junto al proletariado llevarían adelante la revolución burguesa, por lo que la respuestas al campesinado eran tácticas para que el Partido lleve adelante la estrategia de una revolución socialista, que consideraba, estaba sólo en sus manos. A esto, los mencheviques replicaban que la revolución dependía de las experiencias de las masas por encima del protagonismo del Partido en la revolución.

Ambos sectores de la socialdemocracia tenían contrapuestas visiones respecto a la hegemonía del poder. Los bolcheviques buscaban la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos, toma del poder inmediata por parte del partido y pasar desde allí de la revolución burguesa al socialismo, el campesinado y el proletariado debían someterse a esta dirección; mientras que los mencheviques tenían un plan liberal democrático bajo el empuje del movimiento popular y de la política socialdemócrata a fin de generar las condiciones más avanzadas para una acción posterior de la clase obrera, además, consideraban que está se educaría políticamente desde una posición hegemónica con lo que maduraría el partido.

Sobre la composición del partido socialdemócrata, Lane asegura que la mayoría de sus integrantes provenían de clases acomodadas y que “mayor número de bolcheviques activistas que de mencheviques era de origen campesino”, siendo el 38%, “lo que demuestra el apoyo de los bolcheviques entre los estratos inferiores y los recién llegados a la vida urbana”[7], aunque la llegada de la socialdemocracia al campesinado era débil y para 1905, la mayoría de origen campesino que estaba vinculada a la socialdemocracia ya estaba trabajando en grandes fábricas y talleres.

Para 1917, Lenin dirá sobre el campesinado, en sus Tesis de Abril, que habrán de cumplirse una serie de puntos que ya venía planteando: 1. En el programa agrario, trasladar el centro de gravedad a los Soviets de diputados braceros; 2. Nacionalización de todas las tierras del país; 3. creación de Soviets especiales de diputados campesinos pobres. Esta especificación de Lenin está enmarcada en una serie de puntos de cómo el Partido debía llegar al socialismo, que no debía ser implantado sino que se daría por la instauración inmediata del control de la producción social.

Durante la Revolución del ’17, en Los Bolcheviques deben tomar el poder, Lenin afirma que una vez tomado, este debe ser defendido y vencer la resistencia del enemigo, había que ofrecer como acto de paz democrática, entregar en el acto la tierra a los campesinos, a quienes sólo los bolcheviques podrá satisfacer. Con esto, debe entenderse que Lenin busca lograr un masivo apoyo para los bolcheviques de las clases populares, en un país donde casi el 80% de la población era campesina. Logrado esto, la revolución podría avanzar en la Asamblea Constituyente y toma del poder por el partido. Puede verse entonces que, con las observaciones de Lane que ve a la socialdemocracia rusa y a los bolcheviques en particular como organizaciones conformadas primordialmente por obreros nucelados en centros urbanos, la entrega de tierras serviría a los fines de evitar un alzamiento contrarrevolucionario que desgaste el proceso ya desatado. De hecho, Lenin señala que en el avance revolucionario, los campesinos sólo podrán obtener la tierra con los bolcheviques, cosa que no ocurriría ni con los eseristas ni los mencheviques. Lenin dirá en el Marxismo y la Insurrección que inmediatamente el poder sea tomado por el proletariado revolucionario, debe declarar inmediatamente la paz, tierra a los campesinos y confiscación de las ganancias escandalosas y finalizar el sabotaje de la producción por los capitalistas.

Durante el Gobierno Provisional surgido con el Soviet de Petrogrado, Lenin y el Partido Bolchevique encuentran indispensable mantener el apoyo del campesinado para avanzar sobre el poder en manos de Kerenski (eserista), que junto a los mencheviques pretendían aplacar la insurrección campesina contra los terratenientes, a lo que Lenin señala que la coalición eserista-menchevique, son defensoras de estos últimos. Retener Petrogrado y azuzar la insurrección campesina eran para Lenin elementales para tomar Moscú.

El programa de entrega de tierras a los campesinos de Lenin y los bolcheviques durante la revolución tenían como principal objetivo político volcar a esta clase, mayoritaria en Rusia, a su favor para neutralizar y derribar al Gobierno Provisional. Esto dentro de una serie de medidas coyunturas que pueden verse en la Carta al CC, a los Comités de Moscú y Petersburgo y a los miembros bolcheviques de los Soviets de Petersburgo y Moscú, también Lenin hacía referencia a una serie de concesiones a los obreros ferroviarios y del correo.

Asimismo, Lenin tenía en cuenta, según puede verse en el Acta de la reunión del CC del POSRD de octubre de 1917 que, si bien la insurrección campesina generaba las condiciones para la toma del poder político, en el marco de la lucha de clases “las condiciones objetivas demuestran que el campesinado debe ser dirigido, seguirá al proletariado”[8], con lo que se refuerza la caracterización proletaria urbana del partido bolchevique. En las mismas Tesis de Abril, en Carta a los Miembros del CC del 24 de octubre de 1917, se puede leer como Lenin reitera una vez más, en pos de la toma inmediata del poder por parte de los bolcheviques, que la primer política programática a tomar con el campesinado es la “inmediata toma de posesión de la tierra, abolición de la propiedad privada”, que afirmará como garantizada en el Comunicado “¡A los ciudadanos de Rusia!”, del Comité Militar Revolucionario del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, del 25 de octubre de 1917.

La confrontación entre el Gobierno Provisional y los bolcheviques encontró al campesinado volcado a favor de este último, y durante el la guerra civil desatada contra el zarismo entre 1918-1921, los trabajadores agrarios mantendrían su apoyo al Ejército Rojo por el restaurador Ejército Blanco que era una amenaza a la vuelta de la monarquía absolutista.

La crisis que atravesaba Rusia tras largos años de convulsión llevó a la implementación de la NEP para promover la producción agrícola, que generaría un excedente que sería intercambiado con el sector industrial. En el período inicial, Moscú, ahora capital de Rusia, permitió la venta de productos agrícolas a cambio de un impuesto a la producción neta para incentivar el desarrollo industrial y el Estado aún no estatizaba toda la economía sino que controlaba los resortes esenciales, como la industria pesada, comercio exterior, transporte y finanzas. Para 1928, bajo la NEP, la producción agrícola, junto a la industrial, se había recuperado y superado los niveles del período prerrevolucionario.

Para cuando se produjeron desequilibrios económicos de este sistema, el Estado se posicionó como contralor central de la economía, y ante el aumento de los precios de bienes industriales se le respondió con la fijación de valores máximos a los artículos manufacturados para frenar la inflación. La reducción de los precios de los cereales generó que los campesinos evitaran vender la producción, demostrando que el Estado central, si bien era fuerte, no podía evitar por completo cierto grado de comercio de particulares.

José Stalin, secretario general del PCUS, veía que este tipo de actividades de los campesinos y comerciantes eran una amenaza para el comunismo y para 1929 se reinstauraron las cuotas de producción agrícola y el comercio privado pasó a ser un delito.

Uno de los puntos esenciales de este período es la polémica Bujarin-Preobrazhensky, que se daban en torno a la relación entre el campo y la industria, donde el equilibrio entre el agro y la ciudad sólo puede permanecer durante un período corto, por lo que se debía optar por un camino progresivo para los trabajadores industriales.

Preobrazhensky, parte de un proceso de transición en que debía darse la acumulación socialista originaria, en la que debía suprimirse la ley de valor. Como no podía actuarse en el marco que lo hacía un país capitalista, recurriendo a empréstitos externos, colonialismo, etc., “las fuentes de acumulación deben buscarse dentro del país pero fuera de la economía estatal”[9]. Para ello se debe romper con los equivalentes y el sector socialista debe dominar al no socialista, donde primaba la toma de excedente agrario del campesinado y especialmente de los grandes terratenientes para reinvertirlo en el desarrollo industrial. Esta Oposición de Izquierda señalaba que el camino a la industrialización era hacerla a expensas de la agricultura, elevando los precios de los productos industriales, especialmente en la producción de bienes de capital, para hacerlo de modo acelerado.

Por otro lado, Bujarin y otros economistas defendían la vigencia de la ley de valor y sostenían que había que mantener la alianza de clases y atar el crecimiento de la economía soviética, en primera instancia, al crecimiento del sector agrícola, relegando entonces el desarrollo industrial que avanzaría lentamente, mientras se daba un intercambio de equivalentes con una producción de bienes de consumo.

La Crisis de las Tijeras, había jaqueado a Preobrazhensky, cuando los productores agrícolas se retiraron del mercado ante el aumento de los productos industriales, a lo que Azqueta Oyarzun señala, Trostky y Preobrazhensky insistieron en elevar aún más los precios para reforzar la industria, especialmente la de producción de bienes de capital.

La NEP finalmente había fortalecido a los sectores que se proponía terminar, y la radicalización de la vía industrialista, cuando se proponía desarrollar primero la industria y desde allí asistir al desarrollo del agro y no a la inversa. Finalmente se optó por la baja de las manufacturas incentivando la industrialización para bienes de consumo y no de capital, mientras que aumentaron los granos, hasta que previo al Primer Plan Quinquenal el sistema volvió a colapsar dado que el control de granos por parte del gobierno no garantizaba la estabilidad, y para cuando este comenzó en 1928, Stalin ya se había desecho de la Oposición de Izquierda encabezada por Trostky y fue recién en 1930 cuando el comercio privado (que generaba el ingreso o retirada del mercado por parte de los kulaks) en delito de especulación, como así la contratación de mano de obra para obtener ganancia privada.

El mantenimiento de cierta parte del mercado era la condena de la NEP. La Oposición de Izquierda proponía aumentar el precio de las manufacturas respecto a la producción del campesinado para garantizar la acumulación en ahorro por parte del Estado, pero el costo político era más alto y Stalin desechó esto. Igualmente Stalin, que prefería la baja de los precios manufacturados, tampoco había optado completamente por la “Desviación de derecha” encabezada por Bujarin, que empujaba a una suba en el precio del grano, dado un fuerte debate en el seno del PCUS, que en febrero de 1927 reafirmó “la necesidad de mantener bajos todos los precios”[10]. La salida hacia los planes quinquenales fueron la victoria política de Stalin, con un fuerte y centralizado control del Estado.

Stalin había definido la relación con el campesinado ante el XV Congreso del Partido, en 1927, exponiendo como solución “en unir las minúsculas parcealas de los campesinos en un modo gradual pero firme, no por la presión sino por el ejemplo y la persuasión, en grandes fincas fundamentadas en el cultivo común, cooperativo y colectivo de la tierra”[11].

Parte II

La planificación centralizada y el salto a la superpotencia mundial. Stalin y la burocratización del Estado. La "desestalinización" de la URSS. Características internas del colpapso del modelo soviético y la restauración del capitalismo.

Luego del agotamiento de la NEP y la inicial estabilización de Stalin en el poder, comenzó en la URSS una industrialización acelerada y la colectivización compulsiva del campo, estabilizándose la planificación centralizada hacia el 2º y 3er Plan Quinquenal. Esto significaba que el grueso de la producción era absolutamente estatal, siendo el Estado Central quien definía políticamente la inversión y asignación de recursos a realizar en la producción.

Para la década del ’30, tanto teóricos como el propio Stalin consideraban que estaban en un socialismo maduro, y dadas las condiciones para la siguiente fase: el comunismo[1]. En tal sentido, la decisión política marchó hacia la conformación de estamentos centralizados y desde el Estado aplicar los cambios para imponer el interés general.

El modelo económico sobre el que trabajaron las instituciones, a diferencia del capitalismo occidental, sería con arreglo a la oferta de bienes, no a la demanda, según las orientaciones políticas. El mercado, en rigor no existe aunque persisten sobre la mesa el mercado de bienes de consumo y el mercado de trabajo.

La principal institución del Estado Centralizado era el Politburó, quien fijaba las metas de producción, siendo el Gosplan la oficina que traducía los objetivos y haría tres tipos de planes operativos: de largo plazo, con metas de desarrollo a 15 años; los planes quinquenales; planes operativos, de plazo anual para corregir y ajustar las variables. Al mismo tiempo el Gosnab era la polea del Gosplan que liberaba las órdenes de compra para las empresas.

De este modo se conformó la Economía de mando vertical, donde la dirigencia política del Politburó fijaba metas que bajaban al Gosplan y Gosnab, pasando luego a cada Ministerio y estos a las empresas estatales que dependen de dicha cartera, y a la inversa comienzan a elevarse los requerimientos, dándose en lo formal una comunicación sólo vertical, aunque informalmente habría intercambio de información de modo horizontal.

Este modelo de desarrollo generaría una competencia empresarial por los recursos a asignar, por lo que el Politburó elevará las metas de desarrollo como respuesta. Los directores de empresa eran conservadores en sus informes sobre las metas que puedan alcanzar, a fines de asegurarse el cumplimiento de la cuota, porque eran penalizados ante la subproducción, y si demostraban mayor capacidad productiva el centro les elevaría las metas para el siguiente año.

“Toda la lógica del sistema soviético se basa en la proposición de que todos los directores de empresa subordinados tienen el deber de obedecer la instrucción del plan elaborado por el centro, porque estas encarnan supuestamente las necesidades de la sociedad”[2], afirma Nove. La función del director de empresa es la organización de la producción en la planta fabril. El salario total del director era independiente de la utilidad bruta de la empresa que dirigía, y dependía más de su posición jerárquica en el aparato burocrático, más allá de su eficiencia: “el director de un gran complejo industrial monopolista que sufre constantes y cuantiosas pérdidas ganará mucho más que el director de una fábrica pequeña que dé muchas utilidades”[3].

El funcionamiento de este modelo, si bien tuvo sus fallas y requería, por su carácter centralizado, de un alto costo de información para lograr una producción coordinada, logró ubicar a la URSS como segunda economía mundial en poco tiempo. La plusvalía, en el caso soviético es tomada casi en su totalidad por el Estado, su distribución era definida por la jerarquía política más alta, y el desarrollo de cada empresa era “ordenada, como norma, por las fuentes centrales presupuestarias”[4].

De todos modos, al igual que la teoría del control político absoluto por parte de Stalin, este modelo tampoco era controlado absolutamente por el Estado: “La demanda planificada de bienes de producción es superior a la oferta real. Esto provocaría un aumento de los precios si estos tuviesen la libertad para ello (…) puesto que no es este el caso, hay insuficiencia, y esto no sólo da lugar a los retrasos (problemas de calidad, retraso tecnológico, etc.) sino también a formas semilegales de trueque, cohecho y otros fenómenos no planificados o claramente ilegales”[5]. Había una segunda economía en las sombras que escapaba al control estatal, como “la producción de alimentos y provisión de servicios”[6], como actividad económica privada relativamente tolerada.

Otro campo que consumía un alto costo informativo era la necesidad del Estado para la fijación de precios sobre los bienes de consumo. Se veía limitada la Ley de Valor a transacciones donde había una compra y una venta (comercio al por menor, o compra de grano por Estado a una granja colectiva), pero en cuanto a la producción no había una verdadera venta ya que el Estado era el propietario de ambos sectores (minería y acería) y se fijaba un precio de transferencia[7]. Pero los bienes de consumo traían la dificultad de poder establecer precios bajos: al no haber vinculación entre oferta y demanda, políticamente el Estado necesitaba mantener los precios bajos, particularmente en los bienes de primera necesidad.

Al mismo tiempo, la planificación centralizada debía encontrar una solución a la cuestión campesina. Para esto no puede dejarse de lado la caracterización de un partido fundamentalmente urbano y proletario en una sociedad de abrumadora mayoría campesina. Las funciones de la NEP habían fracasado ante las crisis de las tijeras. Todo retroceso del campo impactaba en la ciudad, y para llevar adelante la planificación de desarrollo industrial el Estado debía controlar la situación. Ante la insistencia de Bujarin de mantener la alianza obrero-campesina, Stalin decide la avanzada socialista para no perder el apoyo obrero (base del partido) y se inicia la colectivización, en primera instancia para acabar con los kulaks.

Durante la revolución, la alianza obrero-campesina había sido forjada por necesidades coyunturales, pero con diferentes objetivos. El campesinado era el actor social mayoritario y participó en la Revolución ante el miedo de la restauración zarista, pero luego el partido bolchevique, proletario en esencia, no lograría tener una base campesina considerable.

De todos modos, la alianza de clases sería más una cuestión ideológica, ya que en lo práctico sería el proletariado, y por ende la ciudad, la clase que estaría por encima de la agraria.

“Una rebelión campesina podía significar la muerte del Estado Soviético”[8], señala Lynne sobre las apreciaciones de Stalin en 1928, ante el riesgo de escasez de granos en caso de guerra.

Para 1930, el 90% de la tierra estaba en manos de la comuna y ésta decidía el ritmo de la producción, por lo que la colectivización llevada adelante por el Estado divide a la tierra en dos tipos de unidades productivas: la granja colectiva y la granja estatal.

En noviembre de 1929, el CC resolvió la colectivización total: el bajo y medio Volga junto al Cáucaso septentrional serían afectados a la colectivización con un plazo máximo a la primavera de 1931, mientras que el resto de las regiones debían ser colectivizadas a mediados de 1932[9].

Esta colectivización compulsiva a corto plazo era necesaria para la industrialización acelerada, y el centro con Stalin, ante la debilidad del partido en el campo, para reafirmar su autoridad movilizó a cuadros confiables del proletariado hacia el campo, para frenar el peligro kulak y mantener a los obreros como apoyo del partido ante un posible desabastecimiento de granos por parte del agro. Con esto buscaba resolver la necesidad política ante la base del partido, la forma de asegurar el suministro agrario a la ciudad era mediante una reforma hacia granjas colectivas de gran escala.

Este proceso desnudaba una serie de dificultades de gran relevancia. Según cuenta Viola, la presencia del partido en el campo era, en 1930, de apenas de 339.000 campesinos comunistas, por lo que la dictadura del proletariado era en las formas sólo una cuestión urbana y era preciso reafirmarla en el campo.

Para reafirmar la autoridad del Centro, los soviets rurales resultaban de desconfianza por su origen de clase y fueron acusados de desviacionismo de derecha o extremismo de izquierda, según el momento. La solución era que cuadros del proletariado lideraran el proceso contra cualquiera de estas desviaciones que arrojaba el Estado Central: “Stalin mantenía que la clase trabajadora, bajo la guía del partido, serviría como agente histórico de concientización de los campesinos para la construcción del socialismo en el campo”[10].

En la búsqueda de llevar la conciencia de clase al campo, el centro reclutó y envió a 25.000 obreros para la campaña de colectivización, aunque en la práctica este movimiento era una gota en el océano, donde siguió predominando el caos y el centro reconoció que la campaña se le podía escapar de las manos.

En realidad, la decisión de Stalin y el partido era reforzar la alianza con el proletariado en esta revolución desde arriba. Desde el reclutamiento por parte de Lenin en 1924, el PC se había terminado por conformar como partido obrero, y la alianza obrero-campesina ya estaba rota. Esta alianza entre el partido y el proletariado, para la dirigencia “constituía el punto de apoyo para la instrumentación de su política y permitía al Estado dar los primeros pasos en la transformación socialista del país”, a la par que “el partido y las burocracias estatales, tanto en las ciudades como en el campo, fueron objeto de transformación, siendo purgado el personal y reemplazado por cuadros de mayor confiabilidad política”[11]. Al mismo tiempo que se realiza la colectivización, Stalin aprovechó para eliminar a los dirigentes bujarinistas y extendiendo la presión sobre el agro.

Uno de los mecanismos que aplicó el Estado para reafirmarse en el campo, mientras se decía que las metas agrarias del 1er. Plan Quinquenal habían sido rebasadas, fue la creación de fábricas de máquinas y tractores para el campo: “Un medio a través del cual se podía intervenir ampliamente sobre la producción agraria (…) y con una celeridad notablemente mayor se desarrolló un proceso en virtud del cual los campesinos perdieron su independencia”[12].

No obstante Reiman señala que dichas metas de producción agrícola no fueron cumplidas como anunciaba el Partido. El plan quinquenal pretendía ser un salto adelante según Stalin, estableciendo altas metas de crecimiento anual, que consagraba ritmos elevados de trabajo elevando el nivel de explotación de los obreros. Sobre el Estado, Ríkov había propuesto una descentralización de la economía, descargando del centro funciones operativas “a órganos locales y a las empresas a fin de dejar manos libres a los órganos directivos para la solución de las cuestiones fundamentales” pero “chocaron con la resistencia activa de Stalin y sus partidarios”[13]. Finalmente Ríkov, junto a Bujarin y Tomsky serían acusados en 1929 de ser la oposición de derechas en el partido, del cual serían expulsados. En realidad, esta campaña que instaló el concepto de antipartido “adquirió un contenido extraordinariamente amplio” siendo el sentido de la campaña darle a entender al pueblo “que no iba a haber indulgencia y que el partido se iba a mantener inexorablemente duro”[14] y expulsar a los tildados de desviación de derecha o de izquierda. Stalin y su buró difundieron así el “nuevo concepto de la doble cara, con el que se quería aludir a la actividad, supuestamente practicada por algunos miembros del partido, consistente en mostrar públicamente adhesión a la política oficial y promover subterráneamente la lucha contra la dirección”[15].

Stalin y la alta jerarquía burocrática también iniciaron una campaña para incentivar el alcance de las metas económicas acentuando el eje de la voluntad partidaria. Los medios tildaban a los obreros de vagos, pendencieros y bebedores. El disciplinamiento laboral se consiguió así con la amenaza de apartidario, mientras que la llegada de los campesinos a la ciudad impactaba a los viejos obreros, y gracias a esto Stalin pudo avanzar sobre una serie de conquistas de la Revolución, haciendo retroceder a los sindicatos al mismo tiempo que el Consejo General de éstos dirigió a todos los órganos sindicales la instrucción de acatar todas las medidas de incremento de la disciplina laboral, incluyendo la semana ininterrumpida.

La situación en el campo se agravaba en la medida que los campesinos eran condenados al régimen de hambre, con el consecuente aumento en la desorganización productiva. Se impuso, ante la escasez de alimentos las cartillas de aprovisionamiento, con lo que Stalin y el Partido, luego de rehusarse a comprar grano en el extranjero, privilegiaron el aprovisionamiento de las ciudades y las fuerzas armadas, donde residía su base de apoyo, y “amplias capas de la población y en primer término el campesinado y los elementos no obreros, se vieron absolutamente marginados del abastecimiento de víveres por el Estado”[16], poniendo a amplios sectores del campesinado al borde la muerte en el inverno de 1932-1933.

Hasta entonces, Stalin era el dirigente más alto y un pragmático aunque debía supeditarse a las líneas políticas del buró, pero luego la situación cambiaría radicalmente y, mientras se lanzaban dardos contra las desviaciones de izquierda y derecha, Stalin asumió como máxima autoridad ideológica, respaldado por el Comité Central que “envolvió a Stalin con el aura del teórico y político infalible del partido”[17]. Comenzarían así los juicios, destituciones y purgas en el partido contra los trotskistas (izquierdistas) y derechistas. El terror se habría impuesto así hacia dentro del partido y por la vaguedad de las etiquetas acusatorias, se harían peligrosas las relaciones con miembros del partido.

De todos modos no puede admitirse que solo Stalin pudo aplicar un terror absoluto, ni que este fuera posible de implementarse en situaciones de caóticos cambios. En todo caso, Stalin era la expresión de un sector dirigente y “requería la formación de una capa social dominante separada del pueblo”[18], con un cambio en las relaciones sociales una vez purgado el partido, donde la sociedad de iguales pasó a regirse por el escalafón de pertenencia a la Nomenklatura, marcando una pronunciada ruptura con la Revolución de Octubre.

A medida que fue tomando con el tiempo mayor conciencia de sí misma, más se escindió del resto de la sociedad y la Nomenklatura fue gozando cada vez de mayor poder, prestigio y privilegios. Inclusive, la Nomenklatura terminó “por convertirse en un nombre colectivo referido al estrato gobernante del propio partido”[19].

El Partido era el Estado y la clase burócrata que lo controlaba detentaba el monopolio en la decisión de la política económica y social, el ejército, la policía, los tribunales y la prensa, con lo que se blindaba a sí mismo y era capaz de aplicar “medidas políticas que desorganizaron el régimen, fracturaron a la sociedad y destruyeron al propio partido”[20], aunque era el mismo partido que pudo haber detenido el terror. El partido era el único terrateniente, industrial, gendarme, rector político, económico, social y religión.

Getty y Naumov dan una clara caracterización de la relación entre la Nomenklatura y Stalin. La primera debía preservar el régimen para no perder sus privilegios y para ello debían mostrarse autoritarios, comenzando así a explicar la capacidad de aplicar el terror. Al mismo tiempo el culto a Stalin no era otra cosa que estrechar filas tras una figura para ocultar sus privilegios, errores y conflictos. Por su parte, Stalin “fue el creador, el producto y el símbolo de la nomenklatura”[21], y representante de esta clase burocrática escindida, que respaldó su figura en tanto Stalin la respaldaba. No obstante, Getty y Naumov destacan que esto no implica que en la Nomenklatura no existiesen verdaderos creyentes en el comunismo.

El proceso de centralización del poder de la URSS en Rusia fue determinante en cuanto el partido se fortalecía junto a su burocracia. Esto no quiere decir que en las regiones y países integrantes de la URSS no existiesen miembros de la Nomenklatura, pero “entraban a menudo en conflicto con otros elementos (de la Nomenklatura)” ya que “los intentos de la elite moscovita y de Stalin de centralizar los elementos de la vida política y social enemistó a los líderes de la capital con sus homólogos de las provincias, ansiosos de de proteger sus prebendas locales y redes de poder”[22], más allá de las intenciones del partido de dar una imagen de cohesión absoluta. En tal sentido actuaban Stalin y el Politburó que impulsaba junto a la Nomenklatura la centralización del poder en la elite, y si bien en ocasiones tejían alianzas con los jefes regionales, “Stalin y el Politburó formaban parte del estrato gobernante más amplio y casi siempre cerraron filas con dicho estrato y no con las bases del partido”[23].

Esta elite burocrática cuidaba meticulosamente, señalan Getty y Naumov, el discurso que bajaban a la sociedad soviética, manejando los aparatos de prensa y propaganda, no sólo para exaltar con eslóganes el socialismo como lo concebían sino para legitimar su posición y disparar contra los trotskistas y los kulaks.

Entre 1928 y 1941, los cambios sociales se aceleraron junto a una profunda crisis social. El crecimiento industrial y el nacimiento de empresas generó “un fenómeno de superposición de etapas (...) la fuerza de trabajo rural semiletrada debió ser arrancada hacia el mundo industrial (…) y familiarizada con una organización compleja que les era poco conocida”[24], esto es que los nuevos proletarios debían ser reeducados no sólo ante las máquinas sino cuestiones más profundas como la vida urbana, el uso del tiempo y el respeto a la autoridad.

Lewin señala que a partir de 1928 se producen tres oleadas de conflictos sociales. La primera es el proceso de shakhty, donde se enjuicia a cincuenta ingenieros por presunto sabotaje, como avanzada contra la intelligentzia burguesa impactando sobre el mundo industrial. Mientras se perseguía a los técnicos decayó la disciplina laboral. La segunda guerra que marca Lewin “es una respuesta del régimen con una serie de medidas draconianas”[25]: despidos de obreros y privación de tarjetas de aprovisionamiento. Por último, la tercera guerra fue contra los cuadros del partido, barridos con las purgas realizadas entre 1936-1938.

El caos general se había corporizado en 1932 cuando las políticas de colectivización e industrialización cambiaron la sociedad. La propiedad privada y el mercado habían sido abolidos para implementar un socialismo nuevo que se experimentaba en la práctica, y a la confusión popular se le sumaba la de los gestores, que tampoco sabían cómo debía funcionar. La elite burocrática se replegó pero “todo se desmoronó en 1937” cuando “después de una serie de conatos infructuosos de controlar a la elite de la nomenklatura y plegarla a su voluntad, Stalin se volvió contra ella, esta se volvió contra sí misma y ambos se confabularon para inventar la existencia de diversos enemigos en el interior del país”[26]. Las alianzas se reorganizaron en 1938 y la política era una guerra de todos contra todos. Se negó a la política en nombre de la fidelidad al partido.

Esta conformación de la cúpula y Stalin no responden a un orden y organización del terror como describe cierta narrativa atribuyendo todas las culpas a la fuerza coercitiva de Stalin. En todo caso el temor no era sólo de las bases sino que se había apoderado de la misma elite y provocó su autodestrucción. La revolución stalinista iniciada en 1929 causó pánico en la cúspide de la Nomenklatura que reaccionaron para no perder su rango y situación de privilegio. El terror arrojado hacia afuera también se volvió contra el partido durante las purgas y el que un día era miembro ejemplar al otro era ejecutado por antipartido. Así la elite y Stalin buscaron montar un Estado uniforme, y a pesar de los avances que lograron, “el carácter suspicaz de Stalin y el temor de la elite a perder posiciones se conjugaron, conduciéndolos a una asociación mutua natural en pro de la centralización”[27], por lo que se apoyaron y respaldaron ante el mundo exterior, que era el pueblo soviético, y frente a las bases del partido. La elite luchó por sobrevivir ante lo que creían la existencia de elementos capitalistas. Tras la muerte de Stalin en 1953, se renunció al terror y se fue formando una vida política más distendida entre grupos de la burocracia no pertenecientes a la cúspide de la elite.

En cuanto a lo social, vimos como ante la escasez, Stalin privilegió el racionamiento a las ciudades para garantizarse el apoyo del proletariado y el ejército aunque, esto llevara a la inanición a millones de campesinos. Durante la NEP, los obreros habían sido también los favoritos del régimen, señala Lewin: “Disfrutaban de acceso preferencial a las escuelas, a los altos cargos y al partido”[28]. A partir de estos años comienzaron a migrar gran cantidad de campesinos a las ciudades para incorporarse en las fábricas, profundizando la estratificación dentro de la clase obrera, que durante las requisas y crisis de alimento veían a estos campesinos como parte responsable.

El campesinado proletarizado era despreciado por la original clase obrera, pasaban a cumplir, junto a las mujeres, los trabajos de menor calificación y más pesados de la fábrica y no gozaban de protección sindical. “Por sobre estos grupos, estaba la gran capa de obreros no especializados; más arriba los calificados y, más arriba aún los altamente calificados, llamados aristócratas o reyes por los obreros mismos”[29].

Durante el estalinismo, se generan dos fenómenos que influyeron en las relaciones dentro de la fábrica: “El cambio de 1) la estructura de autoridad, y 2) la pirámide social completa”[30]. El director de empresa era un hombre de determinado escalafón dentro del partido, y por su escaso entrenamiento técnico dependía de los ingenieros jefe y encargados para planificar el ritmo de producción en la planta, y este director se enfrentaba además con un triángulo que le ponía freno a su libertad de acción, completado por el sindicato y la célula del partido. Pero a partir de 1932 el director recibe mayor apoyo del partido y obtiene más libertades: el sindicato se repliega a la burocratización y puede sancionar, despedir y privar de las libretas de racionamiento a los obreros por indisciplina.

Los movimientos sociales que permiten el ascenso de Stalin se generan en gran parte gracias a los huecos producidos por las grandes purgas, junto con la guerra contra los burgueses, campañas a favor de poder de los señores de las empresas y el control de la mano de obra.

La clase obrera profundiza su fragmentación entre los viejos obreros y los nuevos llegados del campo. La mano de obra se rejuvenece y las jerarquías tanto en la fábrica como en los salarios: en los ’20 la brecha salarial era de 1 a 4, y para el ’30 era de 1 a 20. El trato diferencial se reimplanta en las relaciones sociales según el escalón y se manifiesta concientemente el nosotros-obreros y ellos-burocracia.

El crecimiento económico abre canales de ascenso social rápido: los praktiki son hombres sin especialización que aprenden sobre la marcha y van accediendo a cargos mayores en la fábrica, los capataces eran miembros del partido y esto ofrecía mejores posibilidades de ascenso laboral.

La jerarquía que poseía el poder político y económico de la URSS era una pirámide donde en la cúspide está la elite y sus amplios privilegios, “y una extendida base de millones de miembros ordinarios del partido a quienes se les garantiza una modesta participación en los beneficios del sistema, así como la expectativa de ascenso en la escala”[31].

El apoyo que tendría el estalinismo y la burocracia estaría basado en un pacto social implícito entre aquella conciencia del nosotros-ellos. Además de los privilegios a las Fuerzas Armadas, la clase social predilecta era el proletariado urbano que, más allá de protestas ante abusos de los directores de empresa, dejaría a la burocracia en tanto esta asegurara las conquistas sociales de la Revolución. Sobre esto ya daba cuenta Reiman durante la escasez, las cartillas de aprovisionamiento priorizarían a la ciudad y las FF.AA. dejando de lado al campesinado[32].

Hasta 1982, “el modelo de acumulación de la URSS presenta las mismas características que el implementado por Stalin desde el final de la NEP”[33], esto es, la planificación centralizada del Estado por parte de una burocracia.

El crecimiento de la producción soviética se fundamentó en su carácter extensivo por la apertura de más unidades de producción, no por elevar la productividad de las existentes. A mediados de los ’60 hay signos de agotamiento y estancamiento del crecimiento económico, crisis de sobreinversión y sobreproducción, con una mano de obra escasamente calificada y, privilegiando la planificación centralizada hay una menor modernización tecnológica en comparación al Occidente capitalista, que ensanchará la brecha con el salto de la III Revolución Industrial.

En cuanto a la modernización de la producción, “la barrera más importante reside en las relaciones sociales que estructuran las operaciones internas de la empresa (…) resistentes al cambio”[34]. El director de empresa, luego de recibir la orden de producción y la asignación de recursos, debía negociar y persuadir a la fuerza de trabajo el ritmo para alcanzar la meta exigida, siendo primordial entonces la relación social entre el director y los trabajadores. Este supuesto poder de los trabajadores se tornaba en debilidad debido a la escasa posibilidad de resistencia colectiva organizada, pero el contrato de las bases que recibía ciertas concesiones, y la burocracia como elite, se reproducía en un paternalismo autoritario que fragmentaba a los trabajadores con premios y castigos discrecionales[35].

El derroche generaba alto descontento entre los trabajadores. La meta productiva como fin en sí mismo no tenía en cuenta el aspecto cualitativo de la producción, dado que era una orden impartida desde el centro y esto hubiese implicado una mayor democratización con los obreros incidiendo en la producción, pero la elite no podía avanzar en este relajamiento sino que se reafirmaba como autoridad.

Los ’70 trajeron cambios sociales, constituyéndose finalmente como sociedad industrial y la ciudad, en términos demográficos y laborales, sobrepasó al campo, con una nueva generación urbana con demandas de estilo europeo. En estos años la clase obrera se vuelve más homogénea y se reduce la movilidad social. Los niveles de vida se elevaron con Breznev y el aumento de las demandas de la clase obrera fue percibido como un peligro por la burocracia.

En este período, la clase obrera se dividía entre los obreros calificados y los semicalificados, que pretendían alcanzar los niveles superiores. Los obreros calificados tenían estabilidad social y para reafirmarse “persiguen los valores y condiciones de vida de los estratos más altos de los trabajadores, persiguen una serie de cambios para fortalecer su posición (…) y el principal interés de este bloque es la reforma económica y el slogan de socialismo de mercado encuentra muchos partidarios”[36], y la conciencia de la inutilidad de la producción genera descontento en ambas capas de trabajadores.

Así como las nuevas generaciones de trabajadores tenían mayor nivel educativo, en la elite burocrática se presenta un escenario similar ante el recambio generacional de cuadros partidarios, del que forma parte Gorbachov. Los jóvenes expresan su conciencia y descontento rehusándose a trabajar más tiempo, junto al estancamiento económico y casi nula movilidad social hacia fines de la era Breznev.

La elite que asciende con Breznev, luego con Gorbachov a la cabeza inicia reformas dentro del marco del socialismo a fines de revitalizarlo, desplegando medidas de mercado e iniciando la descentralización de la producción y fin de la economía de mando. Se buscó racionalizar la producción y la Perestroika no resolvió los problemas de inflación, baja tasa de crecimiento y escasez de bienes de consumo, ya que “no ha habido una reforma general (sino) el viejo mecanismo económico fue finalmente reajustado y parcialmente desmantelado (...) pero no reemplazado”[37]. Los bienes estratégicos seguían en manos del Estado pero ciertos precios se liberaron junto a una autonomía mayor de las empresas libradas muchas de ellas a su suerte, caotizando aún más el panorama. La Perestroika sería sentenciada con la liberalización total de los precios, restaurando los mecanismos de mercado ante la disolución de la URSS.

Gabriel Martin
Periodista,
Buenos Aires, mayo de 2007.

Gabriel Martin

Parte I

[1] Perry Anderson, El Estado Absolutista, trad. Por Santos Juliá (Siglo XXI, s/f), p. 195.

[2] Ibidem, p. 209.

[3] Claudio Sergio Ingerflom, “¿Olvidar el Estado para comprender a Rusia?”, Prehistoria 1 (1997), p.54.

[4] Vladimir I. Lenin, “La Reforma campesina y la Revolución Proletario-Campesina, Sotsial-Demockat 21-22 (1911), p. 111.

[5] Black, en Teodor Shanin, La clase incómoda. Sociología política del campesinado en una sociedad en desarrollo (Rusia 1910-1925) (Madrid, Alianza. 1083), p. 50.

[6] Vittorio Strada, La polémica entre bolcheviques y mencheviques sobre la revolución de 1905 en Historia del Marxismo, 5 vol., (Barcelona, Bruguera, 1981), p. 134.

[7] David Lane, Las raíces del comunismo ruso. Un estudio social e histórico de la socialdemocracia rusa (1898-1907),trad. Por Jorge Ferreiro, Siglo XXI, s/f, p. 34.

[8] Acta de la Reunión del Comité Central del POSRD. 16-29 de octubre de1917, en Vlardimir Lenin, Obras Escogidas Vol. II, Moscú, Ediciones Lenguas Extranjeras (1960), p. 483.

[9] Azqueta Oyarzun, Teoría económica de la acumulación socialista, (Blume, 1983), p. 55.

[10] A. Nove, Historia económica de la Unión Soviética (Madrid, Alianza, 1973), p. 147.

[11] José Stalin en A. Nove, op. cit. p. 154.

Parte II

[1] Alec Nove, La economía del socialismo factible, trad. por Fernando Valero (Siglo XXI, Madrid, 1987), p. 102.

[2] Ibidem, p.111.

[3] Fereng Fehér, Agnes Héller y György Márkus, Dictaduras y cuestiones sociales, trad. por Agustín Bárcena, (Fondo de Cultura Económica, México, 1986), p. 67.

[4] Ibidem, p. 68.

[5] Alec Nove, op. cit., p. 149.

[6] F. J. M. Feldbrudge, Gobierno y economía en la sombra en la Unión soviética, (Ficha de Cátedra), p. 2.

[7] Ibidem, p. 150-154.

[8] Lyne Viola, Los mejores hijos de la patria: los obreros en la vanguardia de la colectivización soviética, trad. por Elsa Pereyra, (Oxford University Press, New York & Oxford, 1987), p. 23.

[9] Ibidem, p. 24.

[10] Ibidem, p. 27.

[11] Ibidem, p. 29.

[12] Michal Reiman, El nacimiento del estalinismo, trad. por Gustau Muñoz (Editorial Crítica, Barcelona, 1982), p. 201.

[13] Ibidem, p. 190, 191.

[14] Ibidem, p. 192, 193.

[15] Ibidem, p. 195.

[16] Ibidem, p. 191-197.

[17] Ibidem, p. 195.

[18] Ibidem, p. 212.

[19] J. Arch Getty y Oleg V. Naumov, La lógica del terror: Stalin y la autodestrucción de los bolcheviques, 1932-1939, trad. por Santiago Jordán (Editorial Crítica, Barcelona, 2001), p. 31

[20] Ibidem, p. 29.

[21] Ibidem, p. 32.

[22] Ibidem, p. 33.

[23] Ibidem.

[24] Moshe Lewin, The making of the soviet system, trad. por Ezequiel Adamovsky (Ficha de cátedra), p. 1.

[25] Ibidem, p. 2.

[26] J. Arch Getty y Oleg V. Naumov, op. cit., p. 460.

[27] Ibidem, p. 459.

[28] Moshe Lewin, op. cit., p. 4.

[29] Ibidem, p. 5.

[30] Ibidem, p. 6.

[31] F. J. M. Feldbrudge, op. cit., p. 5.

[32] Michal Reiman, op. cit., 191-197.

[33] Danièle Leborgne, 1930-1980: 50 años de crecimiento extensivo en URSS, trad. por Bernardo Capdevielle (Ficha de cátedra), p. 1.

[34] Simon Clarke, Peter Fairbrother, Vadim Borisov y Petr Bizyukov, La privatización de empresas industriales en Rusia: cuatro estudios de caso, trad. por Elsa Pereyra (Ficha de cátedra), p. 1.

[35] Ibidem, p. 3.

[36] Boris Kagarlitsky, The dialectic of change, (Verso, Londres, 1990), p. 3.

[37] Ibidem, p. 8.


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